lo hara.

Se me llenaron los ojos de lagrimas. Me temblo la barbilla. No nos habian olvidado. Existia un lider, alguien que aun creia en Francia. ?Resistir? Por supuesto que yo resistiria, ?hasta mi ultimo aliento! Pero ?como? ?Como podria encontrar a esa gente que todavia queria luchar por Francia?

Sali del metro en Solferino, tan optimista por la alegria que casi corri escaleras arriba. «No nos han olvidado -me dije a mi misma-. Nada esta perdido para Francia».

– ?Mademoiselle Fleurier! -me llamo una voz masculina.

Me detuve, sin saber si habia oido mi nombre realmente. El acento era aleman. Me volvi. De pie, detras de mi, estaban los dos oficiales que se habian sentado cerca de mi en el tren. Tenian entre las manos una camara de fotos.

– Por favor -dijo el mas alto de los dos-, nos gustaria tomarnos una fotografia con la famosa mademoiselle Fleurier.

Me maldije a mi misma pensando que, por supuesto, los alemanes sabrian quien era. Me habia negado a actuar en Berlin despues de enterarme de las historias sobre el maltrato al pueblo judio que me habian contado Renoir y el conde Kessler, pero los alemanes seguramente me conocian por las peliculas y los discos.

Una multitud de gente se reunio a nuestro alrededor, ansiosa por saber que estaba pasando. El oficial repitio su peticion.

– Por favor, mademoiselle Fleurier. Una foto con usted.

No queria que me tomaran una foto con los soldados alemanes. Dejando a un lado mis opiniones personales, ?que sucederia si aparecia en uno de sus periodicos propagandisticos? «Simone Fleurier da la bienvenida a Paris al oficial Berlekamp y al oficial Patz.» Utilice el consabido truco parisino de hacer como que no les entendia, a pesar de que el oficial hablaba frances razonablemente bien. Desgraciadamente, una mujer entre la multitud decidio prestarles su ayuda.

– Quieren hacerse una foto con usted -me aclaro.

El oficial levanto en alto la camara, con una sonrisa provocativa en los labios. Yo eleve la barbilla.

– ?Quiere usted una fotografia de Simone Fleurier? -le espete-. Pues entonces tome una foto de esto.

Le di la espalda y camine hacia la multitud. Un par de personas profirieron un grito ahogado y el resto permanecio en silencio y se aparto para dejarme pasar. A medida que me aproximaba a la esquina, percibi la presencia de un hombre apoyado en un poste que tenia un boletin de noticias en la mano. Me dirigio una mirada penetrante durante unos segundos antes de darse media vuelta. ?Habia interpretado su mensaje correctamente? Parecia estar diciendome: «Bravo, mademoiselle Fleurier. Bravo».

Aquel fue un estupido acto de resistencia que no cambiaria nada y, si las autoridades alemanas se enteraban, lo unico que podia reportarme seria problemas. Y, a pesar de todo, me producia satisfaccion cada vez que pensaba en ello. Cuando saque a pasear a los perros unos dias mas tarde, todavia me sentia animada por el recuerdo de mi pequeno desafio. Tambien me alegre al descubrir que monsieur Etienne no habia regresado a Paris. Quiza el y los demas se habian marchado a la finca despues de todo. Desde alli, confiaba en que Bernard los ayudaria a abandonar el pais.

Desde la capitulacion de Petain en nuestro nombre, Francia se habia dividido en dos zonas. La zona norte, dentro de la cual se encontraba Paris, estaba gestionada por los alemanes. Alegaban que la necesitaban para iniciar el ataque contra Gran Bretana. La parte sur se suponia que la iba a administrar Petain y su gobierno de Vichy. Aunque el sur era tecnicamente «la Francia no ocupada», estaba claro que Petain no era mas que una marioneta de Hitler. La correspondencia estaba limitada en la linea de demarcacion. No habia manera de que pudiera explicarle a Bernard la situacion de monsieur Etienne y su familia. Desde Paris solo podian enviarse formularios en los que se marcaban casillas con respuestas fijas: «Me encuentro perfectamente», «Me va bien», «Estoy regular». Lo unico que podia hacer era rezar por que todo fuera bien.

Cogi mi camino habitual hacia el Sena. Me dio un brinco el corazon cuando vi que alguien habia garabateado sobre el cartel del soldado aleman con los ninos el siguiente mensaje:

?Cuidado, nazis asesinos! ?Os vamos a vencer!

– Por supuesto que lo haremos -le susurre a mi alma gemela invisible-. Claro que si.

Regrese al bloque de apartamentos de buen humor, sintiendo mas fuerza de la que habia experimentado en semanas. Estaba a punto de correr escaleras arriba con los perros cuando madame Goux surgio de su oficina. Estaba ruborizada y sus pupilas eran dos puntos negros en el centro de sus ojos grises. Al principio pense que era porque se sentia emocionada por la tarea que le habia encomendado de copiar el discurso del general De Gaulle. Pretendia introducir las notas en los boletines de noticias y en otros lugares para que los encontraran los franceses. Pero cuando se me acerco vi que estaba palida y temblorosa.

– Mademoiselle Fleurier -me susurro con voz ronca-. Hay dos hombres en su apartamento. He tratado de que se quedaran abajo, pero se han negado a esperarla en el portal. No han querido decirme quienes eran.

Trate de pensar quien podria venir a visitarme, pero no parecia haber ninguna razon por la que nadie que yo conociera no quisiera identificarse ante la portera.

– ?Son franceses o alemanes? -le pregunte.

– Son franceses, pero tienen un aspecto siniestro -me respondio-. Yo no me fiaria de ellos.

Parecia una visita seria. Pero si se trataba de que los alemanes se sentian disgustados por el trato que les habia conferido a sus oficiales o porque no me habia registrado en la Propagandastaffel, ?no habrian enviado a sus propios hombres?

– Voy a dejar a Princesse y a Charlot con usted -le dije a madame Goux-, pero me llevo a Bruno.

La puerta de mi apartamento estaba abierta y cuando me acerque vi a los dos hombres sentados en el sofa. Uno era bajito y con aspecto paliducho; el otro era mayor y tenia bolsas bajo los ojos y el pelo gris alisado hacia atras.

Tan pronto como me vio, el mas joven de los dos se puso en pie de un salto y avanzo hacia mi. Madame Goux tenia razon: su rostro huesudo tenia un aire despiadado. Miro a Bruno con los ojos entrecerrados.

– Puede usted dejar el perro fuera -me dijo.

Se me acelero el pulso. No me iban a ordenar que tenia que hacer dentro de mi propia casa.

– Nunca dejo a Bruno fuera -replique, sorprendida de la tranquilidad que percibi en mi propia voz-. Se pone nervioso si se separa de mi.

En la cara del hombre aparecio un gesto de irritacion. El mayor se puso en pie.

– Esta bien -dijo-, pero sostengalo de la correa.

Algo en el tono clinico de su voz me provoco un estremecimiento. El mas joven cerro la puerta detras de mi. Oi como encajaba el pestillo. El mayor se volvio a sentar en un sillon, pero no aparto los ojos de mi.

– Nos ha enviado la Propagandastaffel para averiguar por que no se ha registrado usted -anuncio el joven, yendo hacia el sofa para sacar unos papeles de un maletin que habia apoyado sobre el mueble-. Entonces su portera nos ha explicado que ha estado usted enferma. No importa, le hemos traido todos los impresos necesarios para que los rellene.

Como ninguno de los dos hombres se presento, me invente sus

Вы читаете
Добавить отзыв
ВСЕ ОТЗЫВЫ О КНИГЕ В ИЗБРАННОЕ

0

Вы можете отметить интересные вам фрагменты текста, которые будут доступны по уникальной ссылке в адресной строке браузера.

Отметить Добавить цитату