– Necesitamos llegar al sur para abandonar Francia por barco o a traves de los Pirineos. Podemos pertrecharnos de papeles falsos y tambien cambiar nuestra identidad, pero, aun asi, nos resultara dificil cruzar la linea de demarcacion, especialmente acompanados de nuestros «paquetes». Sin embargo, si viajaramos empleados por alguien que tuviera una buena razon para ir al sur de Francia, como por ejemplo, para actuar alli, seria mas facil.

Le imprimio a la palabra «paquetes» un enfasis especial, pero mi cabeza estaba funcionando demasiado deprisa como para concentrarme en los detalles de lo que me estaba diciendo.

– ?Quiere usted decir que podria contratarles a ambos como mi representante y mi director artistico, por ejemplo? -sugeri.

Raton sonrio de oreja a oreja.

– Exacto.

Despues de discutirlo, convinimos en que yo organizaria un viaje a Marsella con la perspectiva de buscar locales para representar un espectaculo alli. Tendria que registrarme en la Propagandastaffel y dar la sensacion de que cooperaba con los alemanes de otro modo. Pero ahora que iba a trabajar para salvar a Francia, todas aquellas cosas no me importaban. El Juez me explico que lo organizaria todo para el miercoles siguiente. Lo unico que yo tenia que hacer seria obtener el permiso para viajar, cosa que el esperaba que me concedieran, ahora que habia sustituido mi archivo por uno mas aceptable.

Antes de marcharse, el Juez se volvio hacia mi:

– Mademoiselle Fleurier -me dijo-, tengo que advertirle que los alemanes fusilaran a cualquiera que ayude a la Resistencia. Sin embargo, el gobierno de Vichy tiene un metodo disuasorio aun mas truculento. Decapitan a todos aquellos a los que descubren envueltos en actividades subversivas. Y lo hacen con un hacha.

Estaba poniendo a prueba mi determinacion, tratando de calibrar mi nivel de miedo. Mas tarde, cuando llegue a conocerle mejor, comprenderia que tambien se estaba asegurando de que yo entendia a que precio me estaba comprometiendo. No obstante, no me asusto; me notaba la mente despejada y tranquila. Pense en los grandes momentos de mi vida: mi primera aparicion en el escenario, mi primer papel principal en el Adriana, el exito de mi primera pelicula… Ninguno de ellos se podia comparar a aquello. Esto no era una actuacion. Era algo mucho mas importante.

– Estoy dispuesta a hacer lo que haga falta para liberar a Francia -le asegure-. Incluso aunque signifique sacrificar mi vida. No descansare ni me dare por vencida hasta que no logremos expulsar por completo al enemigo de nuestro pais.

Capitulo 2 9

Raton y el Juez regresaron el miercoles siguiente por la noche. Me sorprendio ver que habian traido a dos hombres mas. Uno de ellos media aproximadamente uno noventa y tenia una mata de pelo negro cayendole sobre la frente desde un ligero pico de viuda. El otro era menudo con el pelo rubio tan rizado que parecia cosido a su cuero cabelludo. El alto me dirigio un saludo con la cabeza antes de hundirse en una silla. Tenia un aire de tranquila autoridad y seguridad en si mismo. El mas joven sonrio y se le formaron unas arruguitas en el rabillo de los ojos. Supuse que eran tambien hombres provenientes del Deuxieme Bureau, pero habia algo en ellos que no me cuadraba. Llevaban trajes y los sombreros en la mano, pero la manera en la que se movian me llamo la atencion. El de la silla se sento con sus largas piernas abiertas; el otro se mantuvo de pie, con la barbilla metida hacia el cuello.

– Estos son nuestros «paquetes» -susurro Raton, con cierto tono de orgullo en su voz-. Dos pilotos de la RAF que fueron derribados en Dunkerque. Uno es australiano y otro es escoces. Vamos a llevarlos de vuelta a Inglaterra con nosotros.

«?Pues claro! -pense-. No son franceses». Pero si yo habia notado la rigidez de su modo de andar y su falta de gesticulacion, ?no lo notarian tambien los alemanes?

– Mademoiselle Fleurier -exclamo Raton-, tenemos preocupaciones mas serias que esa. El australiano habla bien frances, pero con un ligero acento. El escoces no habla ni una palabra. -Raton debio de ver la alarma pintada en mi rostro, porque rapidamente anadio-:

Pero tenemos historias de tapadera adecuadas para cada uno de los dos. El australiano ahora sera un frances nacido en Argelia y el escoces sera un compositor checo, aunque no hable checo. La mayoria de los alemanes tampoco lo hablan.

– Espero que al menos sepa tocar el piano -comente, tratando de conservar mi sentido del humor.

Si no fuera porque corria peligro de acabar con mi cabeza sobre un cadalso, probablemente habria encontrado la situacion extremadamente comica.

– Si, de hecho, si que sabe -replico Raton-, y toca maravillosamente bien. Era estudiante en la Real Escuela de Musica cuando estallo la guerra.

– ?Tiene usted miedo, mademoiselle Fleurier? -me pregunto el Juez-. ?Quiere usted echarse atras? Es mejor que lo diga ahora si es asi.

El australiano me observo fijamente. Tenia un rostro intenso y delgado con unos dulces ojos verdes. Supuse que tenia aproximadamente la misma edad que yo, treinta y pocos, mientras que el escoces era mas joven, no podia tener mas de veintitres o veinticuatro.

– No tengo miedo -asegure-. Estoy decidida a ayudarles a pasar la linea de demarcacion.

– Lo mejor sera que nos pongamos en marcha si queremos coger el tren -anuncio Raton, senalandose el reloj.

Me puso al corriente rapidamente de los nombres y las historias de tapadera de todo el mundo. El seria Pierrot Vinet, mi representante. El Juez se llamaria Henri Bacque, y seria mi director artistico. El australiano se haria llamar Roger Delpierre, el director de escena, y el escoces ahora seria un compositor checo llamado Eduard Novacek.

Cuando terminamos con las formalidades, senale a una linea de maletas y cajas de sombreros que estaban junto a la puerta. Ibamos a viajar en primera clase y Raton me habia indicado que tenia que hacer las maletas como las haria cualquier artista famosa. Cherie ya estaba en su jaula, asi que abri la puerta del dormitorio y llame a los perros. El rostro de Raton palidecio cuando vio aparecer a Princesse, Charlot y Bruno dirigiendose hacia el.

– ?Oh, no! -exclamo-. Ellos no pueden venir.

– ?Por que no? -le pregunte, agachandome para colocarles las correas.

Raton arqueo las cejas.

– Nos disponemos a iniciar una peligrosa mision, mademoiselle Fleurier. No podemos andar preocupandonos por un zoologico de animales.

– Bueno, pues aqui no se van a quedar -insisti mientras ataba las correas a los collares de los perros y me volvia a erguir-. Ya les han abandonado antes. Yo no voy a volver a hacerlo.

– ?No podria pedirle a su portera que cuidara de ellos? -sugirio el Juez-. Hasta que usted regrese.

– No estare de vuelta hasta dentro de bastante tiempo -le respondi-. Y mi portera es el tipo de mujer que se los comeria si los dejara a su cargo.

Tenia otra razon mas para llevarme a los animales. Habia decidido que si me iba a exponer al peligro de cruzar la frontera, una vez que hubiera logrado que los hombres del Deuxieme Bureau y sus «paquetes» estuvieran a salvo, iria a ver que tal estaba mi familia y a comprobar si los demas habian

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