estuvieran recien pintadas. Las hebillas y botones de su uniforme relucian, uniforme que no tenia ni una sola arruga ni ningun pliegue donde no debiera tenerlo. Aunque sus colegas tambien iban muy bien vestidos, tenian un aspecto mustio por el calor. Sin embargo, este oficial estaba tan cuidadosamente afeitado y lucia un aspecto tan fresco como si acabara de empezar a trabajar en ese mismo instante. Nos hizo un gesto para que nos aproximaramos. El corazon me latia con tanta fuerza que estaba segura de que el oficial podria oirlo.
– ?Viaja usted en el tren con todos esos perros? -me pregunto en un perfecto frances-. Es antihigienico.
Parecia el tipo de hombre al que le resultaria «asqueroso» encontrar un pelo de perro sobre sus pantalones.
– Son perros muy limpios, se lo puedo asegurar. No tienen pulgas ni lombrices -le respondi. En ese mismo momento,
– ?Parte de su espectaculo? -El oficial contemplo a
Jean Renoir me aconsejo una vez que la mejor manera de calmar los nervios era comportarse de la manera contraria a como uno se sentia en ese momento.
– ?Me ha visto usted actuar? -le pregunte, sacudiendo coqueta la cabeza y sonriendole-. ?Donde fue?
– En Paris, en 1930. Fui a ver su espectaculo dieciseis veces.
– Bueno -le respondi, echandome a reir-. Supongo que eso significa que le gusto.
– Vamos a Marsella a disenar un nuevo espectaculo para mademoiselle Fleurier -le explico Raton, con tanta labia como cualquier representante parisino-. Tiene usted que venir a verla actuar alli.
El oficial observo de reojo a los dos soldados que estaban detras de el y les dijo en aleman:
– ?Pueden creerse que tengo a Simone Fleurier ante mi? Y su representante me ha invitado a asistir a su espectaculo en Marsella.
– Deberia usted cachearla -le respondio uno de ellos, pasandose la lengua por los labios-. No tendria que dejar pasar una oportunidad asi.
Senti que me ponia palida. No llevaba nada encima que pudiera delatar a los demas, pero el mero pensamiento de que me cachearan aquellos hombres me resulto aterrador. Entonces, la imagen de mi madre se me aparecio en la mente. La recorde mirando altiva a Guillemette en el Pare de Monceau cuando esta trato de intimidarla. De repente, me vi a mi misma dedicandole la misma mirada al oficial. Se revolvio en su asiento aunque habia dado por hecho que yo no entendia el aleman. No obstante, se volvio a los otros y les dijo:
– No puedo cachear a una ciudadana francesa de su categoria sin una buena razon. Ademas, ?realmente piensan que a un espia se le ocurriria viajar con semejante zoologico? Quiero decir, mirenlos. Especialmente la anciana. Tiene la cara como el trasero de un asno.
Los dos soldados se echaron a reir y el oficial hojeo nuestros papeles. Los sello y me los entrego.
– La vere en Marsella entonces, mademoiselle Fleurier -me dijo, contemplandome con la admiracion de un hombre, no de un militar.
Me meti los papeles en el bolso y me volvi hacia el vagon, llamando a los perros para que me siguieran. Los hombres y madame Goux hicieron lo propio, pero no nos dirigimos la palabra hasta que inspeccionaron a todos los pasajeros y los devolvieron a sus asientos. De alguna manera senti que, aunque viajabamos juntos, cada uno de nosotros estaba realizando tambien aquel peligroso viaje en solitario.
Gracias a algun tipo de milagro, llegamos a Marsella a tiempo y sin mas incidentes. Me resultaba extrano volver a la ciudad en la que habia sonado por primera vez en convertirme en una estrella. El olor a sal y los gritos de las gaviotas me recordaron a la casa de tia Augustine. Habia recorrido un largo camino desde entonces.
Habia reservado una suite de cuatro habitaciones en el hotel de Noailles. Despues de que un camarero nos sirviera un desayuno compuesto por tortillas, queso,
– ?Por haber logrado salir de la Francia ocupada! -brindo el Juez.
– Me habria conformado con unos huevos con beicon -comento Eduard, contemplando el festin que teniamos ante nosotros-. ?Pero esto es realmente magnifico!
Era la primera vez que le oia hablar y no parecia en absoluto checo. Tenia una voz aguda y cantarina.
– Debia de estar usted deseando decir algo -le comente-. Yo no creo que hubiera sido capaz de estar tanto tiempo sin decir ni una palabra.
Roger se echo a reir. Incluso Raton y el Juez se permitieron sonreir. Madame Goux quiso saber de que estabamos hablando y Raton le tradujo nuestra conversacion.
– Estoy impresionado por su sangre fria, mademoiselle Fleurier -me confeso el Juez, untandose un poco de mantequilla sobre un trozo de pan-. Es usted una mujer extraordinaria.
Me volvi hacia Raton, deseando restregarle lo que el oficial habia comentado sobre los animales.
– Finalmente,
– De acuerdo -dijo el Juez, echandose a reir-. Brindaremos tambien por sus animales. Y, sin embargo, no tenia ni idea de que ademas supiera usted aleman. ?Donde ha aprendido?
Le hable sobre la temporada que pase en Berlin y sobre las clases que tome alli. Hice reir a todos de nuevo cuando les relate las clases del doctor Daniel, que solia hacerme saltar sobre las sillas mientras cantaba «res» agudos.
– Usted tambien debio de tener unos profesores curiosos en su epoca, ?verdad? -le pregunto Roger a Eduard.
El escoces dejo el cuchillo y el tenedor sobre la mesa.
– Ninguno se igualaba a ese -replico-. Al menos, con el piano nadie espera que seas capaz de correr y tocarlo al mismo tiempo.
– Espero poder oirle tocar antes de que se marchen -le dije-. Tengo curiosidad por saber como ha terminado un concertista de piano en la RAF.
– Preguntele al capitan del escuadron -me contesto, haciendo un gesto hacia Roger-. Yo solo soy un simple oficial. El es el heroe de guerra. Logro derribar a varios aviones de la Luftwaffe antes de que le dieran a el.
Roger se ruborizo y, al sentirse avergonzado, bajo la guardia.
– He volado bastante en Tasmania -respondio-. Mi abuela me conto que la primera palabra que dije fue «avion»…
Raton emitio una tos significativa y nos sumimos en un incomodo silencio. Me di cuenta de que se suponia que no debiamos llegar tan lejos. Me resultaba dificil acostumbrarme a tanto misterio. Todavia nos encontrabamos en los albores de la guerra y aun nos sentiamos alegres. La idea de acabar con nuestros huesos en la carcel y de que nos torturaran, y menos que nos ejecutaran, no parecia real. Pero entonces ninguno de nosotros conocia a nadie que hubiera muerto de aquella manera.
– ?Cual es la siguiente fase del plan? -pregunto madame Goux.
