llegado a la finca. Estaba empezando a tener problemas para conseguir suficiente comida para los animales en Paris y sabia que los perros y Cherie serian bienvenidos alli.

El escoces se habia dedicado a pasear por la sala de estar, examinando mis fotografias y los adornos situados sobre la repisa de la chimenea. Sin embargo, el australiano no habia apartado la mirada de mi rostro durante todo ese tiempo.

– Bueno -dijo Raton, estirandose la chaqueta-, pues como responsable de esta mision le ordeno que deje a estos animales exactamente donde estan.

Senti un picor en la parte de atras del cuello. Podria haberle dicho a Raton que, como capitalista de la mision y voluntaria del general De Gaulle, los animales se venian conmigo o el y su mision podian irse al infierno. Pero no queria decirle aquello. Deseaba ayudar a aquellos hombres a llegar a Inglaterra. Queria que el general De Gaulle recuperara Francia para nosotros. Sin embargo, cuando contemple la expresion confiada de los animales, supe que no podia traicionarles.

– Dejare mi equipaje -le dije-, pero a ellos debo llevarmelos.

– Eso no funcionara -replico el Juez-. Una artista sin equipaje si que levantara sospechas.

Aquella negociacion no me estaba llevando a ninguna parte y senti la tentacion de recurrir a mis artimanas femeninas. Pero estaba demasiado enfadada como para que de mis ojos salieran unas lagrimas de cocodrilo convincentes. Me parecia inconcebible dejar a los perros y a Cherie en Paris, donde no podia confiar en que nadie los fuera a cuidar. Y no tenia intencion de abandonarlos a su suerte, tal y como habian hecho sus anteriores duenos.

Pero me di cuenta por la manera en la que Raton habia colocado los pies en el suelo de que se estaba aprestando para una fuerte discusion.

Estaba a punto de decirme algo cuando Roger, el australiano, se levanto de la silla.

– Creo que vamos a perder el tren si continuamos con esta discusion -dijo en un frances cuidadosamente acompasado. Durante un instante, me quede hipnotizada por su voz. Era rica y fluida, como la de un actor sobre el escenario-. Si mademoiselle Fleurier esta preparada para arriesgar su vida por cuatro hombres a los que no conoce ni lo mas minimo, creo que le podemos permitir que se lleve a sus animales -continuo.

El rostro de Raton paso de blanco a carmesi. Sin embargo, no hubiera podido decir si era por la verguenza de que le hubieran superado en caballerosidad o porque estuvieran cuestionando su autoridad.

– Vamos, vamos -dijo el Juez-. Cada uno llevara dos maletas de mademoiselle Fleurier.

Raton, molesto y a reganadientes, fue el primero en salir por la puerta. Roger y yo fuimos a coger la misma maleta. Me sonrio. La expresion de su rostro se transformo: de repente, me parecio mas atractivo que hosco. Comprendi que probablemente se habria comportado de un modo totalmente distinto si no fuera un piloto derribado, atrapado en las lineas enemigas. Note que el corazon me revoloteaba dentro del pecho. Me sorprendio. Solamente habia experimentado aquella sensacion una vez antes, hacia muchos anos. La sangre me coloreo la superficie de la piel y note que se me ruborizaban las mejillas.

– Yo creci entre perros. Tenia cuatro -me dijo Roger. Alargo la mano para recoger la jaula de Cherie con el brazo que tenia libre-. Nunca he tenido un gato, pero sospecho que ella me caera bien.

Su manera de hablar demostraba seguridad en si mismo, pero su sonrisa era timida. Se me enternecio el corazon.

– Creo que una persona que es buena con los animales tiene que ser buena en general -le confese, tratando de recuperar la compostura.

Me estaba comportando como si volviera a tener dieciseis anos, ?y estabamos en mitad de una guerra!

– Estoy de acuerdo -respondio, dejandome paso para que pudiera salir por la puerta primero-. Y creo que una mujer que es leal a sus animales no traicionara a sus amigos -anadio en ingles.

La voz de Roger era calida y resonaba como un temblor de tierra. «Seria un buen cantante», pense. El encanto de su voz provoco que yo deseara aprender… el idioma que se hablara en Australia, fuera el que fuera. ?Australiano, quiza?

Habiamos elegido el dia en el que madame Goux normalmente visitaba a su hermano, asi que nos quedamos patidifusos cuando la encontramos de pie en el vestibulo. Llevaba un traje de viaje y tenia una maleta junto a ella. El Juez me dirigio una mirada penetrante y Raton me propino un codazo. Por lo visto, iba a tener que empezar a relatar la historia de tapadera antes de lo esperado.

– Buenas noches, madame Goux -la salude-. Quiero presentarle a mi representante, Pierrot Vinet…

– ?Y un comino! -me espeto, arqueando las cejas hacia mi de manera acusadora-. Se quienes son. Lo he oido a traves de la rejilla de la ventilacion. No son tan buenos espias como pensaban, ?eh?

Me sentia demasiado sorprendida como para decir nada. Le habia contado que los visitantes de la semana anterior eran de la Propagandastaffel y no habia dado muestras de no creerme.

– Madame, ?puede decirnos cual es su intencion? -le pregunto el Juez.

Su voz adquirio una escalofriante tranquilidad y percibi que se habia metido la mano en el bolsillo en busca de un arma. Temia que si madame Goux afirmaba que nos iba a denunciar la matara alli mismo.

– Como ve -le respondio ella, senalando su maleta-, me voy con ustedes.

– ?Perdone? -le pregunto Raton.

– Que me voy con ustedes -le repitio madame Goux-. A luchar por Francia.

– ?Oh! -exclamo el Juez, cambiando a un tono mas cortes-. Tambien puede hacerlo desde aqui, madame. Necesitamos un coordinador en Paris.

– ?No me venga con esa mandanga! -ladro madame Goux-. Tengo mi documentacion en regla. Puede usted comprarme un billete en la estacion. Voy con ustedes como asistente personal de mademoiselle Fleurier. ?No se les ha ocurrido que resultara extrano que una senorita viaje sola con tantos hombres?

A mi no se me habia ocurrido, pero probablemente llevaba razon. Mire a Raton, que se encogio de hombros hacia el Juez.

– Vamos, pues, madame -le dijo el Juez, poniendo los ojos en blanco-. Antes de que todo el resto del circulo social de mademoiselle Fleurier se quiera unir a nosotros.

Llegamos a la estacion para encontrarla atestada de soldados alemanes y de funcionarios franceses. Puesto que el vagon de equipaje iba lleno hasta la bandera, el revisor accedio a dejar que los animales viajaran con nosotros, aunque nos advirtio que tendriamos que movernos si los alemanes ponian alguna objecion o si los perros empezaban a ladrar. El hecho de que me hubieran concedido un compartimento en primera clase era claramente una excepcion: a los alemanes les daban los mejores asientos primero y despues los franceses tenian que colocarse en los sitios que quedaran. Habia seis asientos en nuestro compartimento y resulto que llevar a una persona mas en el grupo jugo a nuestro favor. Si madame Goux no hubiera venido con nosotros, cualquier soldado aleman o funcionario frances habria ocupado el asiento libre y quiza habria intentado entablar conversacion con nosotros.

Raton y yo nos sentamos el uno frente al otro en los asientos mas cercanos a la puerta. Roger se sento junto a mi, con Charlot descansando sobre los pies, y colocamos a Eduard junto a la ventanilla. El plan era que si la policia entraba a comprobar nuestros

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