– Lo han echado por debajo de la puerta -me dijo, dandome un sobre con mi nombre escrito en el.
Lo abri y encontre un panfleto dentro. Era una notificacion de los alemanes sobre la deportacion de judios. La frase: «Aquellos que ayuden a los judios sufriran el mismo destino que ellos» habia sido rodeada con un circulo rojo.
– ?Esto es una amenaza? -pregunte-. ?Nos estan espiando?
Cuando pense sobre ello con detenimiento, me di cuenta de que probablemente provenia de uno de los miembros de la red. Alguien estaba tratando de advertirme.
Odette y yo no tardamos ni un minuto en hacer las maletas y marcharnos directamente a la Gare de Lyon para coger un tren hacia el sur. Por suerte, la estacion no estaba mas llena que otras veces que habia viajado de agentes y soldados. Parecia que el exodo en masa de los judios con papeles falsos tratando de escapar de Paris no tenia lugar esa noche. Aunque no habiamos reservado asientos, logre conseguir plazas en primera clase.
– Disfrute de su viaje -me deseo el vendedor de billetes.
– Estoy segura de que asi lo hare -le conteste.
Le sonrei, a pesar de que el corazon me latia a mil por hora.
Este seria mi ultimo viaje de Paris al sur. En todos los demas viajes que habia hecho, habia tenido exito al cruzar la frontera con mis «paquetes». Odette y la pequena Simone tenian un aspecto menos sospechoso que los hombres que me habian acompanado anteriormente. Rece por que lograramos llegar a Lyon sin percances. Andre podria ayudarnos una vez que llegaramos alli.
Odette y su hija estaban sentadas en un banco esperandome. Les mostre los billetes. Admiraba a Odette por la tranquilidad con la que se habia embarcado en mi plan. Tenia una labor de costura sobre el regazo y se afanaba en ella como si no le importara nada mas en el mundo.
– Vamonos -les anuncie.
La pequena Simone deslizo su mano en el interior de la mia y me dijo:
– Te quiero, tia Simone.
– Yo tambien te quiero -le respondi, parandome un momento para besarla en las mejillas.
El revisor nos recibio sin sospechas cuando subimos a bordo del tren. Un oficial aleman comprobo nuestros papeles en el pasillo. Miro los mios rapidamente, pero se leyo los de Odette cuidadosamente y comprobo la fotografia.
– ?Es usted del sur? -le pregunto, observando la ropa de Odette.
Llevaba un traje de color azul marino con solapas blancas que yo le habia dado de mi armario. Tenia un aspecto muy parisino, pero esa era precisamente la idea.
– Si -respondio ella-. Pero he vivido en Paris la mayor parte de mi vida.
La pequena Simone le enseno su muneca Marie al aleman. Para mi sorpresa, el le sonrio. Le devolvio los papeles a Odette y nos hizo una senal con la mano para que avanzaramos.
Odette y yo tomamos asiento en el compartimento, colocando a la nina junto a la ventana. Estabamos tan aterrorizadas que no nos atreviamos ni a hablar. Tome de la mano a Odette y se la aprete. Tenia la piel congelada como el hielo. Cogio su labor y continuo tejiendo aunque le temblaban los dedos. Mire el reloj. Quedaban siete minutos para que el tren partiera. Habria mas controles durante el viaje, pero estaba segura de que si lograbamos salir de Paris todo acabaria por ir bien.
Subieron mas pasajeros a bordo del tren. Cada vez que alguien pasaba por el pasillo me daba un vuelco el corazon. Cerre los ojos y me recline hacia atras en el asiento, tratando de relajarme. Podia oir el silbido de la locomotora. Ya no faltaba mucho. La puerta de nuestro compartimento se abrio con un repiqueteo. Cuatro oficiales alemanes miraron hacia el interior y entonces se dieron cuenta de que se habian equivocado con los numeros de sus asientos. Se disculparon y continuaron su camino. Yo apenas me atrevi a respirar. Hubiera sido mas sencillo viajar en tercera clase, pero debido a mi reputacion resultaba imposible. Rece con toda mi alma para que no terminaramos rodeadas de alemanes. Me revolvi el bolsillo en busca de la pata de conejo que mi madre me habia dado, pero me di cuenta de que, con las prisas por salir del apartamento, la habia dejado sobre mi cama. Mire el reloj. Solo faltaban cuatro minutos.
Contemple el anden. Estaba casi vacio. Con un poco de suerte, quiza incluso tendriamos el compartimento para nosotras solas. Me relaje y me levante para sacar un libro de mi bolsa de viaje que estaba en el portaequipajes sobre mi cabeza. En ese momento se abrio la puerta. Una sombra fria me recorrio la espalda. Me di la vuelta. Al principio pense que mi aterrorizada mente me habia producido una alucinacion, pero cuanto mas miraba, mas reales se hacian aquel pelo negro y aquellos dientes puntiagudos. El coronel Von Loringhoven.
– ?Mademoiselle Fleurier! -exclamo-. ?Que sorpresa! Pense que iba a tener el compartimento para mi solo.
Sonrio a Odette y a la pequena Simone. Su sonrisa parecia estirarle la piel del rostro, como si hubiera otra persona debajo tratando de salir. Me senti orgullosa de la nina porque no grito, pues esa habria sido mi reaccion si hubiera tenido su edad.
– ?De verdad? -le respondi, recuperandome lo mas rapido que pude-. No deseamos importunarle. Podemos cambiarnos si necesita estar usted solo.
Tuve cuidado de imprimir a mis palabras un tono de generosidad mas que de condescendencia. Las estrellas nunca cedian sus compartimentos; de hecho, nunca cediamos nada. Pero en aquellas circunstancias hubiera sido un alivio sentarse en la carbonera en lugar de viajar con Von Loringhoven.
– Eso no sera necesario -me contesto-. De hecho, esta es una coincidencia maravillosa. Siempre he deseado que pudieramos llegar a conocernos mejor.
Paseo su mirada de mi rostro al de Odette y al de su hija; habia algo traicionero en aquellos ojos que no me gusto nada. Hice un esfuerzo por simular una sonrisa de satisfaccion, y le presente a Odette y a la pequena Simone. Le habiamos dicho a la pequena que si alguien se sentaba con nosotros en el tren tenia que quedarse muy callada y quietecita. Se me enternecio el corazon cuando vi que fruncia los labios firmemente.
– Encantado de conocerla -le dijo el coronel Von Loringhoven a Odette-. No sabia que mademoiselle Fleurier tuviera parientes en Paris.
Odette no cayo en la trampa.
– Somos parientes lejanas y siempre nos hemos considerado mas bien amigas. Solia ir a ver cantar a Simone cuando comenzo su carrera.
Los dedos de Odette ya no temblaban, pero se le formaron gotas de sudor en el nacimiento del pelo. ?Se daria cuenta Von Loringhoven?
Mire otra vez el reloj. Solo quedaban dos minutos. Una vez que estuvieramos en marcha, podia inventarme cualquier excusa para tomar una cena temprana en el coche restaurante y despues podiamos simular que dormiamos. El tren dejo escapar un silbido de vapor.
– Perdonenme un momento -se disculpo el coronel Von Loringhoven, poniendose en pie.
No proporciono ninguna explicacion sobre adonde iba, pero tan pronto como salio, Odette me miro fijamente. ?Habia averiguado algo el coronel Von Loringhoven? Pero si nos bajabamos del tren en ese momento resultaria sospechoso.
– ?Mira! -exclamo la pequena Simone, presionando su carita contra la ventanilla-. Ahi esta ese hombre.
Mire por la ventana y vi al coronel hablando con dos soldados alemanes y senalando en nuestra direccion. El silbato sono y el tren comenzo a avanzar.
– ?Gracias a Dios! -exclame y casi me eche a reir.
El coronel Von Loringhoven iba a perder el tren. Sin embargo, uno de
