se hubieran resistido a la invasion. ?Que sucedia con aquellos que se habian quedado de brazos cruzados, o peor, que habian colaborado con los alemanes activamente? Ya habia oido que a las mujeres que habian tenido amantes alemanes les rapaban la cabeza y las hacian pasear asi por las calles, y se habian encontrado los cuerpos de algunos colaboracionistas flotando cabeza abajo en las aguas del Sena.
Se esperaba que el general De Gaulle hiciera su primera comparecencia oficial en Paris unos dias despues de que los Aliados hubieran entrado en la ciudad. Nos enteramos por la policia que patrullaba en los alrededores del Arco del Triunfo de que el general desfilaria esa tarde por los Campos Eliseos. Me sentia impaciente por ver al hombre que no habia sido mas que una voz incorporea durante todos aquellos anos de guerra, una voz que me habia inspirado tanto que me habia sentido dispuesta a arriesgar mi vida por su llamamiento.
Como el comedor y el balcon de mi apartamento daban a la avenida, invite a Andre y a monsieur Dargent a que se nos unieran para el almuerzo. Madame Goux y yo nos esforzamos por preparar el mayor festin que pudimos: tomates, un poco de lechuga mustia, pan y queso de cabra. Colocamos la mesa cerca de las puertas del balcon y la engalanamos con servilletas rojas, blancas y azules. Despues de poner el champan en hielo, mire el reloj y constate con sorpresa que Andre y monsieur Dargent llegaban media hora tarde. Me sorprendio especialmente por parte de Andre, que normalmente era tan puntual.
– ?Mire esto! -exclamo madame Goux, llamandome desde el balcon.
Desplego una bandera tricolor que habia logrado tejer de alguna manera durante los ultimos dias. Me eche a reir al ver aquella bandera de lana, cuyas esquinas se rizaban sobre si mismas.
Estaba a punto de ofrecerle algo de beber cuando oimos unos violentos golpes en la puerta que nos sobresaltaron a ambas. Corri hacia el recibidor y pregunte:
– ?Quien es?
Sin embargo, el visitante respondio golpeando brutalmente de nuevo la puerta. Estaba claro que no podian ser ni Andre ni monsieur Dargent.
– Yo abrire -dijo madame Goux, quitando el pestillo antes de que pudiera detenerla.
Abrio la puerta y tres hombres armados se apresuraron a entrar: uno de ellos blandia una metralleta como si estuviera esperando encontrar un apartamento lleno de alemanes. Iban sin afeitar y despedian un olor a sudor rancio, pero llevaban pintado el orgullo en sus duras facciones. Contemple los brazaletes de las FFI que llevaban sobre las mangas de las camisas. Eran hombres de De Gaulle, pertenecientes a las Fuerzas Francesas del Interior.
– Pasen -les dije, suponiendo que debian de estar buscando lugares estrategicos en los que colocarse para detectar a posibles francotiradores sobre los Campos Eliseos. Algunas personas habian considerado prematuro que De Gaulle desfilara al aire libre cuando todavia habia grupos insurgentes resistiendo en la ciudad. Sin embargo, el general habia insistido en dar la enhorabuena a los ciudadanos de Paris por su contribucion en la liberacion.
– Por favor, utilicen los balcones o ventanas que necesiten. Y sirvanse la comida que quieran. No tenemos mucha, pero estan ustedes invitados.
Un destello de sorpresa se pinto en el rostro del soldado que estaba mas cerca de mi.
– ?Mademoiselle Fleurier? -ladro.
– Si, soy yo.
Me desconcerto la ferocidad de su voz.
– Por orden de la policia de Paris, queda usted detenida -anuncio-. Tiene usted que acompanarnos inmediatamente.
Me quede inmovil. Me senti demasiado estupefacta como para asimilar sus ordenes. El soldado me miro fijamente desde arriba, como si yo le estuviera desafiando.
– Se la acusa de colaboracionismo y por esa razon tiene que acompanarnos a la comisaria.
Observe a madame Goux, cuya expresion boquiabierta demostraba que estaba tan sorprendida como yo.
– Esta usted de broma, ?verdad? -exclamo-. Mademoiselle Fleurier no es una colaboracionista. Ella ha formado parte de la Resistencia. Ha estado oponiendose a los alemanes desde el momento en que ocuparon Paris. ?Por que si no la iban a tener bajo arresto domiciliario?
El soldado se encogio de hombros.
– Eso no es lo que dicen nuestros informes. Pero si es asi, entonces podra aclararlo todo en la comisaria.
Note la cabeza ligera. Trate de pensar con claridad. Lo mejor que podia hacer era cooperar. No podian encontrarme culpable de colaboracionismo aunque hubieran logrado acusarme de ello, ?verdad? Tenia que aclarar las cosas.
Cogi mi bolso del aparador y apoye la mano sobre el brazo de madame Goux.
– No se preocupe -la tranquilice-. Tiene que tratarse de algun error. Continue con la celebracion junto con los demas cuando lleguen. Estoy segura de que todo se aclarara y estare de vuelta para tomar el te de la tarde con ustedes.
La comisaria a la que me llevaron aquellos hombres tenia el aspecto del anden de una estacion ferroviaria. Los soldados marchaban arriba y abajo por el vestibulo con pistolas a un lado mientras la policia comprobaba los papeles de los detenidos de ojos leganosos, muchos de los cuales parecian haber sido arrancados de entre las sabanas. Me condujeron a una fila de sillas y me hicieron sentarme junto a una anciana que llevaba puesto un camison y unas pantuflas. Mire a mi alrededor la zona de espera y vi que Jacques Noir estaba sentado frente a mi, con la cabeza entre las manos. ?Acaso me iban a confundir a mi con alguien como el? Noir habia traspasado barreras: incluso habia actuado ante Hitler en Berlin. Mire la hora de mi reloj. Si todo este malentendido se aclaraba rapidamente, podria volver a tiempo para ver el desfile.
Despues de verificar mis papeles, me condujeron a una celda. Estaba llena a reventar con el grupo de mujeres mas heterogeneo que habia visto en mi vida. Al menos la mitad de ellas eran prostitutas, mientras que el resto tenian aspecto de tenderas y de amas de casa, excepto tres mujeres vestidas muy elegantes que se habian acurrucado juntas en un camastro.
– ?Que crees que van a hacernos? -gimoteo una de las mujeres, mesandose sus tirabuzones pelirrojos-. ?Oh, Dios mio! ?Que van a hacer con nosotras?
Me resultaba muy familiar y trate de ubicarla. Entonces me di cuenta de que era una de las mujeres contra las que habia competido en el
– Espero que te fusilen -le dijo una de las prostitutas-. A ver si nos dejas en paz de una vez.
Yo esperaba que la fusilaran por lo que habia hecho y me sorprendio la vehemencia con la que me hirvio la sangre al pensar en ello. No me creia capaz de sentir tanto odio. Mire el reloj: eran casi las tres. El general De Gaulle ya habria emprendido su desfile.
Algo mas tarde, un soldado abrio la puerta y dijo mi nombre. Por el modo en el que el resto de las mujeres temblo, bien podria estar llamandome para ponerme delante de un peloton de fusilamiento. El soldado me condujo dos pisos mas arriba hasta una sala de interrogatorios. Contemple a un teniente de mandibula firme sentado ante una mesa.
– Tome asiento -me indico.
Hice lo que me dijo y el teniente leyo la lista de acusaciones contra mi. Senti un cosquilleo en la piel ante las palabras: «Pasar informacion de la inteligencia al enemigo» y «traicion».
