terminado. Que equivocada estaba.

Todavia seguia en prision una semana mas tarde cuando recibi un mensaje del guardia informandome de que mi juicio tendria lugar en unos dias. Le pregunte si habian entrevistado a madame Goux; si le habian tomado declaracion a monsieur Dargent; si habian encontrado a los medicos que habian utilizado los apartamentos de nuestro edificio. El guardia no me dijo nada, pero pude contestar a todas aquellas preguntas por mi misma. Si habian tomado aquellas declaraciones, no habian sido lo suficientemente solidas como para que me exculparan del cargo de traicion.

El dia de mi juicio, hice lo que pude por asearme. No logre hacer nada con el vestido, que estaba arrugado y polvoriento. Pero me refresque con un trapo y un poco de agua y me lave los dientes con el dedo. Quiza si hubiera comprendido lo que estaba sucediendo en el mundo exterior mi dificil situacion habria estado mas clara. Tal y como me habia senalado el teniente, la Resistencia en Paris habia contado con muy pocos miembros activos y, sin embargo, desde la liberacion, mas de 120 000 personas habian solicitado el reconocimiento oficial por su labor en la Resistencia.

Septembrisards, asi es como oi que un soldado de las FFI los llamaba. Los septembrinos de la Resistencia, que se unieron a ella cuando vieron que los alemanes iban a perder la guerra. Los verdaderos miembros de la Resistencia se mostraban reacios a pronunciarse porque les avergonzaba toda aquella situacion. Pero ?donde me dejaba eso a mi?

El dia del juicio, unas horas antes de lo que suponia que acudirian a sacarme de la celda, llego el guardia y abrio la puerta de un empellon.

– Vite! Vite! -exclamo, entregandome mi bolso, que habia sido confiscado cuando me encarcelaron-. ?Rapido! ?Rapido! Pongase presentable.

Si no me hubiera quedado tan sorprendida por su repentina preocupacion por mi aseo personal, me habria preguntado que importaba que me empolvara el cutis y me pintara los labios, con la ropa tan sucia que llevaba. Pero hice lo que me dijo. Me eche eau de cologne detras de las orejas y me impregne un poco en las munecas. Solo cuando me empujo hacia el exterior de la celda, se me ocurrio que era lo que podia estar pasando. El juicio de Simone Fleurier seria todo un acontecimiento. Si parecia que me habian maltratado, la simpatia de la opinion publica se decantaria a mi favor. Sin embargo, para mi sorpresa, no me sacaron de la prision ni me llevaron apresuradamente a los tribunales escoltada por la policia, como yo me habia imaginado. En su lugar, me condujeron al piso de abajo, a la oficina del superintendente de Cherche-Midi.

El guardia se detuvo en el pasillo, que estaba flanqueado de soldados de las FFI en posicion de firmes.

– ?Aqui presento a mademoiselle Fleurier! -anuncio.

Uno de los soldados llamo a la puerta del superintendente y le indicaron que entrara. Se aparto a un lado y me hizo pasar a la habitacion. El superintendente era un hombre mayor de cabeza pelada que estaba hojeando unos papeles ante su escritorio y lucia una expresion de preocupacion. Habia otro hombre junto a la ventana. La luz que entraba por ella recortaba su silueta. Era el hombre mas alto y mas desgarbado que habia visto en mi vida. Se acerco a mi.

– Mademoiselle Fleurier -me dijo-, disculpeme, porque apenas me acabo de enterar ahora de la dificil situacion en la que se encontraba. La liberaremos inmediatamente.

Me recorrio un hormigueo por la espalda. Nunca antes habia visto a aquel hombre, pero conocia su voz. Era aquella voz la que me habia llamado a filas cuatro anos antes, la que me habia insistido en que nunca aceptara la derrota. Era el general De Gaulle.

– Cuando estaba en Londres, me entere de sus valerosos servicios para contribuir a que sus compatriotas se unieran a la Francia Libre -me explico-. Me inspiro enormemente el hecho de que no todas las luces de Paris se hubieran apagado, sino que hubiera una de ellas que siguiera brillando intensamente.

?El gran De Gaulle habia encontrado inspiracion en mi? Me olvide de mi aspecto desalinado y le agradeci su cumplido como si fueramos dos invitados a una fiesta a los que acabaran de presentar en un salon elegante. Por su parte, parecia tan absorbido por la victoria que aparentemente no se fijo en mis sucias ropas o en mi sorpresa. En su lugar, le hizo un gesto con la cabeza al superintendente, que nos ofrecio unas sillas al general y a mi, y se afano en servirnos el te con tanta prisa como una sirvienta complaciente.

– Es un gran honor para mi poder hacerle entrega de esto -anuncio De Gaulle, dandome una cajita. La abri y en su interior encontre una Cruz de Lorena dorada: el simbolo de De Gaulle en la Resistencia-. Le concederemos otros honores -anadio-. Pero tendra que conformarse con este obsequio por el momento.

La expresion «sentir el corazon henchido de orgullo» de repente tomo sentido para mi, porque fue eso exactamente lo que me sucedio. Se me hincho el pecho. El mundo parecia abrirse ante mi. Aquel fue el momento de mas orgullo de toda mi vida.

El general dejo su taza sobre la mesa y se levanto de la silla.

– Espero que cuando las cosas se calmen, mi esposa y yo podamos reunimos con usted de nuevo, mademoiselle Fleurier. Pero ahora tengo ciertos asuntos urgentes de los que debo encargarme.

Me puse en pie y contemple como el superintendente corria hacia la puerta para abrirsela al general. Antes de marcharse, De Gaulle se volvio hacia mi.

– El gobierno de Vichy tambien me inculpo a mi por traicion, cuando mi objetivo era servir a la verdadera Francia -me confeso-. Espero que se tome usted este terrible malentendido como otra medalla de honor mas.

Asenti, aunque si cualquier otra persona que no hubiera sido el general me hubiera sugerido algo asi, le habria saltado a la yugular.

– Vive la France! -me saludo.

Sin pensarlo, me puse firme y le devolvi el saludo.

– Vive la France!

Resultaba insolito que un militar saludara asi a un civil y seguramente aquel exhausto De Gaulle se habia dejado llevar por un impulso. Pero comprendi lo que sentia; era un hombre que respetaba a los luchadores por encima de todo.

Tras mi liberacion, lo primero que hice fue averiguar que le habia sucedido a Andre. Ahora que De Gaulle habia reconocido mis esfuerzos oficialmente, mi declaracion ganaria peso. Por lo visto, llegue justo a tiempo. El juicio de Andre estaba programado para el dia siguiente. Por alguna razon, le permitian comunicarse con su propio abogado, mientras que a mi no me habian concedido tal permiso. Pase por mi apartamento para darme un bano y cambiarme de ropa, y despues fui directamente al despacho de su abogado para prestar declaracion.

Monsieur Villeret era un hombre elegante de unos sesenta anos que conocia a Andre desde que era nino.

– No se imagina la alegria que me da volver a verla -me saludo, ofreciendome un asiento-. A Andre lo han acusado de colaboracionismo y traicion. Ahora dudo que siquiera lo lleven a juicio.

– ?Cuando podremos lograr que lo liberen?

– Probablemente hasta pasado manana, no. Las ejecuciones son rapidas, pero las liberaciones son mucho mas lentas.

– Le hare una visita esta misma tarde para decirselo -le anuncie-. Para que usted pueda comenzar a ocuparse de su liberacion.

– ?Sabia usted que Camille Casal tambien esta encerrada en la prision de Fresnes? -me pregunto monsieur Villeret.

Algo en su tono me resulto extrano, pero supuse que simplemente me estaba comunicando el destino de alguien con quien habia coprotagonizado una gran produccion teatral. Camille habia mostrado de manera publica su fraternizacion con el alto mando nazi. Aunque era improbable que la ejecutaran, habia mucho en su contra como para que pudiera librarse completamente de que la encarcelaran. Me

Вы читаете
Добавить отзыв
ВСЕ ОТЗЫВЫ О КНИГЕ В ИЗБРАННОЕ

0

Вы можете отметить интересные вам фрагменты текста, которые будут доступны по уникальной ссылке в адресной строке браузера.

Отметить Добавить цитату