Aquellos eran cargos graves, mucho mas que mero colaboracionismo, y estaban castigados con la muerte.
– ?Quien me ha denunciado? -pregunte-. Ha tenido que haber algun error.
Me dedico una mirada que indicaba que habia estado escuchando aquellas palabras durante todo el dia y que, por una vez, deseaba ver a alguien admitiendo su culpabilidad.
– No puedo darle nombres, pero usted actuo para los alemanes y los informes del Deuxieme Bureau apoyan los cargos de traicion.
– Yo trabaje para una red -le asegure al teniente, tratando de sonar lo mas tranquila y objetiva que pude, aunque su actitud habia mermado mi confianza-. Acompane a militares aliados y a soldados franceses a cruzar la linea de demarcacion. Ayudada por mi portera, madame Goux, y mi vecina, madame Ibert.
– ?Y donde estan ellas ahora? -me pregunto, anotando sus nombres en un trozo de papel.
Le conteste que madame Goux se encontraba en mi apartamento y que madame Ibert estaba en el sur.
– Todavia no podemos ponernos en contacto con el sur, pero hare que interroguen a madame Goux. ?Cual era el nombre de su contacto dentro de la red?
– Roger Clifton… Es decir, Roger Delpierre.
Deteste escuchar como me temblaba la voz. Comence a comprender que quiza no seria tan facil demostrar mi inocencia como yo habia creido. Habia asumido que Roger se habria puesto en contacto con el Ejecutivo de Operaciones Especiales o bien se habria unido a las Fuerzas Aereas Britanicas cuando regreso a Londres. Pero no le habia visto ni habia sabido nada de el durante casi dos anos. La guerra habia terminado en Francia, pero no era asi en todas partes. Puede que pasaran meses hasta que Roger pudiera llegar hasta mi. Y con De Gaulle y Churchill luchando desde campos distintos, puede que las FH no supieran ni quien era.
El teniente me contemplo evaluandome.
– ?La linea Garrow-O'Leary? ?Eso si que es una buena reivindicacion, mademoiselle Fleurier! Ademas de su portera, ?conoce usted a algun otro frances que ocupe algun cargo de responsabilidad y que pueda responder por usted?
– Me introduje en la red despues de que me lo pidieran dos miembros del Deuxieme Bureau.
– ?Y como se llaman?
Estaba a punto de decirle que Raton y el Juez, cuando me di cuenta de que aquellos no eran sus verdaderos nombres. No tenia ni la menor idea de como se llamaban en realidad. Trate de explicarselo al teniente. Dejo escapar un suspiro y se reclino en su silla.
– Si no sabe sus nombres, ?hay alguien mas?
– Si -respondi-. Andre Blanchard.
El teniente me contemplo fijamente.
– Andre Blanchard ha sido detenido y se le han imputado cargos muy graves. Suministro uniformes al ejercito aleman mientras su cunado fabricaba armas.
– Andre es un patriota -replique-. Dio dinero y ropa a la red. Sin su ayuda, no habriamos sido capaces de salvar a todos los militares a los que ayudamos.
Mi voz sono mucho mas convincente sobre la inocencia de Andre que sobre la mia propia. Aquello parecio impresionar al teniente.
– El tendra derecho a un juicio justo, igual que usted -declaro, poniendose en pie y abriendo la puerta.
Llamo a un soldado y se volvio hacia mi.
– Lo que me parece mas increible -comento, frotandose las manos- es que durante la guerra nunca fuimos en Paris mas de unos cientos de personas involucradas en la Resistencia. Pero en los dos ultimos dias, solamente en esta comisaria, hemos entrevistado a mas de quinientos colaboracionistas reconocidos que han insistido en que ellos realmente trabajaban para la Resistencia. ?Como puede ser eso posible?
Me llevaron a la prision Cherche-Midi, el mismo lugar en el que me habian internado los alemanes. Aunque en esta ocasion no me dieron una paliza y si me proporcionaron agua y comida adecuadas, me sentia mucho mas aterrorizada que cuando me encarcelo el enemigo. Esta vez era inocente y la gente que me estaba reteniendo era francesa. La nueva administracion parecia decidida a perseguir y castigar a los colaboracionistas antes de que pudieran escapar. Cuando oi el repiqueteo de las balas a la manana siguiente, me pregunte cuanto tiempo dedicaria la policia a reunir pruebas para apoyar la acusacion de los cargos que pesaban sobre mi.
Despues de un desayuno compuesto por pan y sucedaneo de cafe, un guardia me condujo al patio donde las internas hacian ejercicio. Habia cerca de diez mujeres mas aparte de mi alli, y al verlas se me revolvio el estomago. Les habian afeitado la cabeza y les habian tatuado esvasticas por todo el cuerpo.
Una muchacha temblorosa no llevaba puesta mas que una camisola. Trato de cubrir su desnudez haciendose un ovillo en una esquina. Yo todavia llevaba la ropa del dia anterior, asi que le di mi bufanda para que se hiciera una falda con ella. Me contemplo y comprobe que no tenia mas de quince anos. Acostarse con el enemigo no era nada honroso, pero no me parecia el peor crimen del colaboracionismo. Para muchas mujeres, esa habia sido la unica manera de alimentar a sus hijos. Empresarios, como Felix y Guillemette, que habian ayudado a los esfuerzos belicos de los alemanes, eran mucho peores. ?Y que pasaba con los politicos que habian abandonado la ciudad en primer lugar?
Habia un soldado haciendo guardia a la entrada del patio. Me volvi hacia el.
– ?Para esto es para lo que he arriesgado mi vida? -le grite, senalando a la muchacha-. ?Es esta mi amada Francia? Si lo es, ?entonces es que no somos mejores que los nazis!
– ?Callese! -me advirtio.
Pero no me iba a acallar tan facilmente.
– ?Por que estan estas mujeres aqui? -vocee-. ?Es porque no pueden ustedes ponerles la mano encima a los verdaderos colaboracionistas?
Note que me estaba poniendo verdaderamente frenetica y, a pesar de la pistola que sostenia en la mano, el soldado parecio alarmado. Otro de sus camaradas corrio hacia mi y me retorcio el brazo a la espalda.
– Si no aprecias el aire libre, entonces te devolveremos adentro.
Me arrastro del pelo hasta mi celda. Por primera vez, se me ocurrio que lo que les habia sucedido a aquellas mujeres podia pasarme a mi tambien. Simone Fleurier, afeitada y humillada, desfilando por las calles de Paris por haber cometido el crimen del colaboracionismo. El soldado le grito al guardia que abriera la puerta de mi celda y me empujo hacia el interior. Di un traspie sobre la rodilla mala, que no se me habia llegado a curar del todo. El soldado me recogio y me echo sobre el camastro de paja. Entonces, una vez hubo calmado su ira, se irguio y me dijo:
– Nosotros no les hemos hecho eso a esas mujeres. Fue la turba. Detestamos ese comportamiento y lo hemos declarado ilegal. Pero esas mujeres han sido denunciadas por otros y debemos investigar sus crimenes.
– Quiza los que estan denunciandolas tienen ellos mismos mucho que esconder -replique.
Me miro fijamente, juzgandome.
– Puede que si -admitio, antes de darse media vuelta y cerrar la puerta de la celda dando un portazo tras de si.
Apoye la cabeza en las rodillas. Y yo que pensaba que la guerra habia
