corriendo por la puerta. Me dio pena que se marchara; ella era mi corista favorita.
– Las cosas iban bien hasta que le dio a usted por introducir ese estupido numero -dijo otra mujer, alzando la voz-. Nos va a llevar a la ruina. ?El publico lo odia!
Subi las escaleras hasta el tercer piso y me sorprendi al encontrar a todo el reparto y al equipo tecnico, excepto Camille, reunidos alli, las coristas estaban todas cariacontecidas. Monsieur Dargent se reclinaba sobre la puerta del camerino de las coristas, con una mano apoyada firmemente en la cadera y el ceno tembloroso, tratando de hacer un esfuerzo de autocontrol. Albert miro por encima del hombro hacia donde yo me encontraba y me hizo un gesto para que me acercara. Nunca lo habia visto tan serio.
– Puede que tengamos que cancelar el espectaculo -me susurro-. La corista principal acaba de despedirse. Estamos registrando perdidas: al publico no le gusta el primer acto.
Cruce la mirada con madame Tarasova, que sostenia una guirnalda de flores entre las manos y estaba jugueteando con una de ellas. Me dirigio una sonrisa nerviosa.
– Podemos conseguir trabajo en el Alcazar -comento la corista hambrienta, que se llamaba Claire-. Ademas, las chicas estan constantemente recibiendo ofertas de Paris.
Sacudio su huesudo puno y se volvio hacia las otras coristas, tratando de lograr su apoyo. Un par de chicas asintieron con valentia, pero me di cuenta de que Claudine y Marie fruncian los labios. Ambas tenian hijos a su cargo y su opinion era mas realista. El Alcazar era el teatro de variedades mas importante de Marsella. Nadie en Le Chat Espiegle era lo bastante bueno como para trabajar alli.
– Lo que necesitamos -intervino el director de iluminacion- es un numero gracioso, humoristico. Como el ventrilocuo del ultimo espectaculo. El publico se lo paso bien. Se divirtio y se relajo.
– No puedo conseguir al ventrilocuo -repuso monsieur Dargent, con ojos suplicantes-. Se lo ha llevado un hotel de Vichy.
– Nada salvara el primer acto -gruno Claire-. ?Es una birria!
Un murmullo de asentimiento recorrio la estancia.
– ?Un numero de humor lo salvaria! -grito el director de iluminacion por encima de las voces.
Monsieur Dargent elevo los ojos al cielo como si estuviera rezando. Despues bajo la mirada y estudio uno por uno a todos los artistas. Me pregunte si se estaria sintiendo como Julio Cesar, a punto de ser traicionado por sus amigos. ?Acaso no le habia dado a toda aquella gente una oportunidad en el mundo del espectaculo? Madame Tarasova siempre decia que monsieur Dargent tenia un don para localizar el talento, que no solo era bueno dirigiendo el negocio. Rebusco en el bolsillo de su chaqueta y saco un cigarrillo. Trato de encenderlo, pero le temblaba la mano y el cigarrillo se le cayo al suelo. Se agacho para recogerlo y, mientras se incorporaba, se percato de mi presencia. Una expresion extrana se le paso por el rostro.
Se me atraganto la respiracion en la garganta. «Oh, Dios mio -pense-. Acaba de recordar la parodia que hice del numero de apertura. Ahora esta del suficiente mal humor como para despedirme». Trate de ocultarme detras de Albert, pero la habitacion estaba tan atestada de gente que, para mi desgracia, acabaron empujandome hacia delante, acercandome a monsieur Dargent.
– ?Humor? -murmuro monsieur Dargent, dando golpecitos en el suelo con el pie-. ?Humor!
Chasqueo los dedos y todos los presentes se sobresaltaron. Se acerco corriendo hacia mi, me cogio por los hombros y apreto su rostro contra el mio.
Yo estaba aterrorizada. ?Que diablos pretendia hacer?
– ?Aloja! ?Aloja! ?Aloja! -canturreo, mirandome a los ojos.
Madame Tarasova lo entendio antes que ninguno de los demas.
– ?Tenemos media hora! -exclamo.
– ?Rapido! ?Quitadle la ropa! -grito monsieur Dargent, empujandome hacia uno de los taburetes, junto a un espejo tocador. Nadie se atrevio a preguntarle. Su voz habia adquirido un tono impositivo tan napoleonico que todo el mundo se puso en marcha.
Madame Tarasova me cogio a
– ?Vaya a buscarle a Simone un traje de la planta de abajo! -le grito madame Tarasova-. El de Anne servira: ella ya no va a utilizarlo mas.
Madame Tarasova me quito de un tiron el vestido mientras Vera me sacaba los zapatos. Marie me coloreo el rostro con un lapiz de maquillaje teatral.
– No necesitamos maquillarle el resto del cuerpo -comento Claudine mientras me peinaba hacia atras el pelo-. Tiene la piel bronceaba como una nuez.
Finalmente, comprendi lo que pretendian hacer. Senti deseos de echarme a reir y de ponerme a gritar al mismo tiempo. Si no hubiera sido por la sensacion de vertigo que me abrumaba a medida que todos ellos me arrancaban prendas de ropa y me impregnaban de lociones aceitosas, me hubiera sentido mas avergonzada. El unico hombre que quedaba en la habitacion era monsieur Dargent, que estaba tan absorto tomando notas en la partitura que no parecio percatarse de que estaban dejando completamente desnuda a la ayudante de vestuario. Alguien me quito la camisola y me metio los pechos en un sujetador hecho con cocos con la misma delicadeza con la que un verdulero habria empaquetado sus productos en el mercado.
– ?Aloja! ?Aloja! ?Aloja! -canturreaba monsieur Dargent para si mismo.
– ?No podria dejar esto para manana? -le pregunto madame Tarasova-. ?Ni siquiera ha tenido tiempo de ensayar!
– No -respondio el, negando con la cabeza-. Hemos perdido a nuestra corista principal. Tenemos que salvar el espectaculo ahora o nunca.
Me temblaban tanto las piernas que apenas podia tenerme en pie cuando madame Tarasova me ajusto la falda. Todavia no acababa de entender lo que monsieur Dargent queria que hiciera.
Sono la campana de llamada a escena.
– ?Diez minutos para el espectaculo! -advirtio Vera.
Madame Tarasova me ajusto la peluca y Vera la sujeto con horquillas. Me contemple en el espejo con horror. Tenia el rostro maquillado de vivos colores: sobre los ojos me habian puesto unos arcos verdes y me habian pintado los labios de rojo rubi. Mis pestanas estaban tan rigidas por el rimel que parecian dos ciempies mellizos.
– Ahora -me dijo monsieur Dargent, inclinandose hacia mi-, cuando te haga una senal, quiero que salgas por el bastidor izquierdo y bailes y cantes sobre el monticulo exactamente igual que la otra noche en el camerino. Quiero que imites a las coristas. Tu vas a ser nuestra humorista.
Trague saliva para deshacer el nudo que se me habia formado en la garganta, pero no desaparecio. Las coristas se alinearon en las escaleras, esperando que les dieran el pie para entrar en escena. La musica de introduccion al espectaculo era una pequena melodia carnavalesca con acordeones y guitarras que me puso los nervios de punta. Madame Tarasova y Vera me acompanaron al bastidor izquierdo. El lugar desde el que yo presenciaba anteriormente las representaciones estaba despejado y desde el partian unos escalones de madera que llevaban al escenario, hacia el monticulo sobre el que supuestamente yo tenia que bailar.
– Espera en lo alto de las escaleras -me dijo madame Tarasova mientras le daba los ultimos toques a mi peluca-. ?Buena suerte!
El tono de su voz y la manera en la que me dio unas palmaditas en el hombro me hicieron sentir como si estuvieran a punto de echarme a los leones. Por supuesto, iba a hacer lo que teme cualquier artista, aunque entonces no tenia la menor idea de como llamarlo. Senti el frio en mi interior.
Subi las escaleras y espere en el ultimo peldano a la siguiente senal. Eche un vistazo al telon de fondo, decorado con volcanes humeantes y nubes bajas. A mis pies, donde iban a bailar las coristas, unas palmeras de goma y un tanque de agua sugerian la existencia de una laguna azul.
