-me susurro.

– ?Quien?

Se giro hacia una mesa situada en el extremo de la pista de baile. Levante la vista y vi al joven de los ojos negros mirandome. Sonrei, pero no me devolvio el saludo. Estaba cenando con la misma gente con la que lo habia visto en el Cafe des Singes. La mujer con aspecto de gato siames le toco el hombro y le susurro algo al oido. El me dedico otra mirada y se echo a reir antes de volverse. ?Acaso se estaban burlando de mi?

– ?Le conoces? -me pregunto Camille.

– Se me esta subiendo el champan a la cabeza -conteste, sintiendome demasiado tonta como para hablar de mi enamoramiento de las ultimas veinticuatro horas. ?Por que ni siquiera habia tenido la cortesia de devolverme la sonrisa? ?Acaso no habia elogiado mi actuacion la noche anterior?

Camille se encogio de hombros y se volvio para decirle algo a Bentley. Me comi el pescado con los ojos fijos en el plato. Obviamente, la gata siamesa ejercia una atraccion mayor de la que yo habia supuesto sobre el hombre de ojos negros. ?Y por que iba a ser de otra manera? Contaba con una mirada seductora enmarcada por unas espesas pestanas oscuras. Su complexion era menuda y tenia unas manos y unos pies minusculos. Incluso a cierta distancia consiguio hacerme sentir como una gigante. Deseaba dedicarle al objeto de mis fantasias una mirada fulminante que le indicara indiscutiblemente que no volveria a pensar en el. Pero para cuando habia reunido el valor suficiente para volverme, me encontre mirando el torso de alguien. Levante los ojos para hallar alli mismo al hombre de los ojos negros.

– Bonsoir. Espero que se encuentre bien esta noche -le dijo a Antoine. Llevaba a la gata siamesa colgada del brazo, que apoyaba su peso sobre el. Paseo la mirada entre Antoine y yo, y acabo mirandolo a el-. Esperaba que pudiera presentarnos a su amiga. La vimos actuar en el Cafe des Singes ayer por la noche. Fue una actuacion magnifica.

Aquellos ojos negros pertenecian a un llamativo rostro. Tenia unas mejillas angulosas y una nariz bastante grande pero muy recta. Pense que si fuera un animal seria un doberman, como los majestuosos canes que guardaban los portales de los Campos Eliseos.

Antoine fruncio el entrecejo.

– Mademoiselle Fleurier -me presento-, estos son mademoiselle Marielle Canier y monsieur Andre Blanchard.

– Encantado de conocerla -dijo Andre, cogiendome la mano para besarla.

Le devolvi el cumplido y mire a mademoiselle Canier. Murmuro un saludo mientras me miraba por encima del hombro. Claramente, aquella presentacion no habia sido idea suya. Volvi a notar el hormigueo recorriendome la piel.

– Nos preguntabamos si podria usted darnos clases de charleston - pregunto Andre, con los ojos fijos en mi-. A mademoiselle Canier y a mi nos han invitado a un crucero de jazz y parece que no somos capaces de bailarlo con estilo.

El hormigueo se esfumo como una mecha bajo la lluvia. La mano de mademoiselle Canier se deslizo por el brazo de Andre y desaparecio dentro de la palma de el. Hice lo que pude por ignorar que tenian los dedos entrelazados y desee ser invisible.

– ?Por que no acuden a Ada Bricktop para que les de clases? -sugirio Francois-. Si es lo bastante buena para el principe Eduardo, seguro que lo es para ustedes, ?no es asi? Mademoiselle Fleurier es artista, no instructora de baile.

Andre se echo a reir. Era una risa franca que provenia de lo mas hondo de su pecho. Hizo que sus ojos brillaran y mostro su recta dentadura.

– Eso es cierto. Lo siento, mademoiselle Fleurier. Es solo que cuando usted baila parece como si el mundo le perteneciera.

Percibi un cambio sutil en sus ojos: algo en ellos reflejaba la desilusion que yo misma sentia. Se quedo en suspenso un momento, mirandose los pies, antes de disculparse por interrumpir nuestra comida y guiar a mademoiselle Canier de vuelta a su propia mesa.

– ?Quien era ese? -le pregunto Camille a Antoine.

Espero hasta que Bentley se hubiera vuelto para llamar al camarero antes de contestar.

– Andre Blanchard, heredero de la fortuna Blanchard. Una de las familias que controlan la economia francesa. Pero ni siquiera pienses en ello, Camille. Es el unico heredero. Creeme, su padre no le dejara dar un paso en falso.

– ?Y ella?

– ?Mademoiselle Canier? Simplemente, es una chica de la alta sociedad. Mimada, consentida y malcriada. Nada especial excepto su aspecto.

Los ojos de Camille se movieron en direccion a la mesa de Andre antes de volverse hacia mi.

– La que lo enganche sera una chica con suerte -comento.

Fiel a su palabra, Camille me organizo una audicion en el Casino de Paris antes de que finalizara la semana. Ella iba a sustituir a una cantante britanica que habia roto su contrato para marcharse a hacer una pelicula en Estados Unidos y, debido a que tenian que cubrir el puesto de Camille rapidamente, no era una audicion abierta. En aquella ocasion contaba con los rostros amigos de monsieur Etienne y de Odette animandome desde la primera fila. Leon Volterra, el propietario del Casino de Paris, se sento junto a ellos. Era un curioso hombrecillo con un guino travieso en la mirada. Me pregunto si sabia bailar charleston y le explique que habia aprendido a bailarlo de forma autodidacta.

– ?Eso es exactamente lo que queremos! -exclamo, levantando los brazos hacia el techo. Volviendose a la coreografa, una mujer con el aspecto demacrado de una bailarina entrada en anos, anadio-: ?El Casino de Paris necesita bailarines teatrales, no robots tecnicos! ?No es cierto, madame Piege?

Madame Piege respondio que no podia estar mas de acuerdo y le dio unas palmaditas en el brazo. Daba la impresion de que estaba tratando de evitar que anadiera nada mas.

– ?Maravilloso! ?Maravilloso! -La voz de monsieur Volterra resono con estruendo en la oscuridad cuando termine mi baile y despues cante La bouteille est vide. Los encargados de iluminacion tambien aplaudieron desde bastidores. Mire a monsieur Etienne, que me dedico un movimiento de cabeza satisfecho.

Monsieur Volterra se levanto de su asiento y apoyo los codos en el borde delantero del escenario.

– Venga de nuevo hoy a las dos en punto para los ensayos -me dijo-. Esta usted contratada.

Cuando monsieur Etienne, Odette y yo salimos del teatro, apenas logre contener la emocion.

– ?No puedo creerlo! -exclame-. ?El Casino de Paris!

– ?Bien hecho! -me dijo monsieur Etienne-. Su voz mejora cada vez que la oigo.

– ?Y estas tan hermosa! -me elogio Odette, dedicandome una discreta sonrisa.

– Monsieur Volterra es todo un personaje, ?verdad? -comento monsieur Etienne, haciendole un gesto a un taxi-. ?Sabia usted que no sabe leer?

– ?No sabe leer? -repeti yo, montandome en el taxi cuando monsieur Etienne me abrio la portezuela-. ?No me dijo que era uno de los empresarios teatrales de mas exito de Paris?

Odette y monsieur Etienne se subieron al taxi tras de mi.

– No sabe leer ni una palabra. Su socio le ha ensenado a trazar su firma en los contratos -explico monsieur Etienne.

– Es dificil de creer, ?verdad? -comento Odette-. El hombre que, en un

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