un cambio de decorado.

Cuando sali al escenario y baile el charleston, sacudi las piernas y los brazos con entusiasmo, aunque no tuviera ninguna gana. Podia ver al publico claramente y, por suerte para mi, todos sonreian. Les respondi con una gran sonrisa, me movi y me contonee cuando correspondia y cante la cancion con la alegria pintada en la cara. Ellos, a su vez, se reian y aplaudian, y sali del escenario convencida de que los parisinos ricos eran mas faciles de contentar que la clase trabajadora marsellesa.

Sin embargo, una vez que entre en bastidores, no habia ninguna madame Tarasova, ni ningun monsieur Dargent o Albert para felicitarme por lo bien que lo habia hecho. Me cruce con monsieur Volterra en las escaleras y me dio unos golpecitos en el hombro, como si no lograra recordar quien era. Me hubiera gustado quedarme a ver la actuacion de Camille en la segunda parte del espectaculo, pero el director de escena me dijo que los artistas de «numeros menores» tenian prohibido quedarse en el teatro despues de que hubiera terminado su actuacion, asi que me encontre en mi heladora habitacion en Montparnasse a las nueve en punto sin tener a nadie con quien hablar. Asi fue mi debut en el Casino de Paris.

Capitulo 1 2

El espectaculo en el Casino de Paris era un exito y parecia que iba a prolongarse durante todo el verano. A Camille la catapulto al estrellato. Los criticos no paraban de alabarla sin descanso: «Camille Casal tiene una belleza tan vibrante que el espectador siente un hormigueo en la piel en el instante en que ella hace su aparicion en el escenario».

Logre ver la actuacion de Camille comprando una entrada para una matine y tomando asiento entre el publico despues de mi numero en el espectaculo. Camille resultaba mas sofisticada que en Marsella. En su numero habia conseguido atenuar sus contoneos y suspiros de caracter obviamente sexual y ahora mantenia una actitud mas remota… e incluso mas hermosa. El publico contuvo la respiracion cuando los focos cruzaron el escenario y comenzo a sonar la musica de su cancion estrella: Quand je reviens. Camille se deslizo a traves del telon, ataviada con un vestido ajustado al cuerpo adornado con perlas y lentejuelas que le acariciaban los pechos y las caderas, cubierta con una capa a juego ribeteada de plumas de avestruz. A medida que se aproximaba al publico, dejo caer la capa desde los hombros hasta el suelo, como si fuera una cascada de nieve. De pie sobre sus estilizadas piernas, examino al publico y no se movio hasta que todo el mundo quedo impresionado por lo sublime de su aspecto. Cuando se hizo un silencio sepulcral entre los asistentes, comenzo a cantar. Su voz seguia siendo fina, pero tras aquella memorable aparicion a nadie parecio importarle.

Mi numero no recibio ninguna mencion, salvo en un periodico sobre espectaculos poco conocido que decia: «El programa presenta algunos nuevos talentos, entre los que se incluye la vivaz Simone Fleurier, una encantadora morena que baila muy bien y cuya voz claramente tiene personalidad». Sin embargo, no deje que la falta de atencion me amargara. Envie rosas a Camille para felicitarla por su exito y para agradecerle que me hubiera conseguido la audicion.

A pesar de que habia comprado cortinas y alfombras, en mi habitacion en Montparnasse todavia hacia frio y Odette sugirio que me mudara a un hotel con una calefaccion mas fiable. Encontre uno en la Rue des Ecoles en el Barrio Latino. La encargada era madame Lombard, una viuda de guerra. Comprobo mi edad dos veces en la carta de referencia que monsieur Etienne me habia entregado. Yo tenia la edad media de cualquier corista parisina, pero sabia que parecia mas joven.

– Venga por aqui -me dijo, devolviendome la carta de referencia y guiandome por el pasillo.

La habitacion de la planta baja estaba amueblada con una cama individual, un escritorio y un perchero del que colgaban unas perchas de alambre torcido. Aunque las cortinas y paredes estaban desgastadas, habia una estufa de vapor bajo la ventana y un cuarto de bano compartido en el mismo piso. Lo unico que yo necesitaba era un lugar calido donde dormir y vestirme, y donde colgar mi creciente coleccion de ropa. El alquiler era solo de doscientos francos mas al mes que mi habitacion actual, y estaba a punto de aceptarlo cuando madame Lombard menciono que tenia una habitacion mas bonita en la planta de arriba.

La segunda habitacion tenia un techo abuhardillado que descendia hacia una lucerna que daba a la calle, y ademas de la cama y la estufa, tenia una comoda y un armario. A pesar de que el alquiler era el doble del de la habitacion de la planta baja -y estaba muy por encima de mi presupuesto-, le dije que me la quedaba.

– Muy bien -me contesto madame Lombard, complacida pero sin sonreir.

Su mirada recayo sobre mis zapatos de piel de cocodrilo y mis medias de seda.

– No esta permitido traer hombres en ningun momento. Las visitas hay que recibirlas en la recepcion.

– No -tartamudee. Siempre me sorprendia cuando la gente asumia que, por trabajar en el teatro de variedades, yo era una chica de moral relajada.

Una noche Camille me envio una nota: «Reunete con nosotros en la parte trasera del teatro despues del espectaculo. Bentley nos invita a cenar».

Aunque Camille me habia hecho algunos favores, no podia decir que la considerara una amiga demasiado carinosa. Y, sin embargo, siempre aceptaba sus invitaciones con la sumisa obediencia de una apocada hermana pequena. Me sentia fascinada por Camille y atraida hacia ella porque me daba cuenta de que poseia algo que yo nunca tendria: el poder de la belleza perfecta. Ademas de todo aquello, me sentia sola y a la deriva sin mi familia y estaba dispuesta a unirme a cualquiera que me proporcionara compania.

Llegue al Casino de Paris cuando Camille, Bentley y Francois salian por la puerta de artistas. Me sorprendio que Antoine no estuviera con ellos; la ultima vez que los vi me habia quedado con la impresion de que Francois y Antoine iban a todas partes juntos. El chofer de Bentley salio del Rolls-Royce aparcado para abrirnos las portezuelas. A diferencia del taxi, habia bastante espacio en la parte trasera.

Bentley habia reservado una mesa en Fouquet's en la avenida de los Campos Eliseos. Con solo ver la sonrisa del maitre vestido de esmoquin y las mesas, con sus niveos manteles banados por la luz ambarina de las lamparas de arana, me parecio ridiculo haber pensado que la Rotonde era un «restaurante elegante». La cadena de mando para el personal era como la coreografia de un ballet milimetricamente orquestado: la chica del guardarropa se llevo nuestros abrigos; el maitre se deslizo entre los demas comensales ataviados con trajes de gala y diamantes para mostrarnos nuestra mesa antes de leernos el menu que incluia ratatouille, terrine de salmon y jabali silvestre servido con salsa de pimienta; cuando se marcho, el sumiller llego para apuntar que bebidas queriamos tomar antes de la cena; el camarero esperaba, porque queria saber si ya habiamos decidido que ibamos a cenar; despues de que hicieramos nuestra seleccion, el ayudante de sala avanzo para rellenarnos los vasos de agua y para servirnos unos bollitos de pan; luego volvio el sumiller para recomendarnos los vinos que les irian bien a nuestros platos; cuando hubo terminado, reaparecio el camarero con nuevos cubiertos para anadirlos a la impresionante coleccion de cuchillos, tenedores y cucharas que ya rodeaban nuestros platos y despues el sumiller regreso con su ayudante para servirnos el champan. Y, sin embargo, a pesar de toda aquella actividad, aquel restaurante resultaba varios decibelios menos ruidoso que la Rotonde. El resto de los clientes charlaba en voz baja o no pronunciaba palabra.

Contemple fijamente el nuevo cuchillo que el camarero habia colocado junto a mi. Tenia el aspecto de un abrecartas y era tan misterioso para mi como el pequeno tenedor de mi izquierda. Supuse que las dos copas adicionales colocadas a mi derecha eran para el vino tinto y el vino blanco. Me hubiera confundido ver cuatro copas a mi derecha, si dos de ellas no hubieran estado llenas de agua y de champan. La vez que cenamos en Le Boeuf sur le Toit, gracias a que me habia dedicado a observar a Francois y a

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