No conteste; me sentia demasiado sorprendida por el tono de su voz. La manera en la que escupia los nombres de Bentley y de monsieur Gosling sonaba como si le produjeran repugnancia. Sabia que los utilizaba, pero no comprendia que podia detestar tanto de ellos.
– A mi me descubrio un agente teatral. Vine a Paris por mi cuenta y ahora canto en dos lugares de prestigio -replique-. Y lo he hecho todo sin la ayuda de un hombre.
Camille encendio otro cigarrillo y me miro con seriedad.
– Si, pero tu solo tienes que preocuparte de ti misma -rezongo-. ?Crees que haria todo esto unicamente en beneficio propio? Tengo una hija en la que pensar.
Aquella informacion me dejo aturdida. Mire fijamente a Camille, esperando que me diera algun tipo de explicacion.
– Esta en un convento. En Aubagne -aclaro. Su voz estaba tan cargada de emocion contenida que a mi tambien se me formo un nudo en la garganta-. Si no consigo hacer fortuna, ella, por ser hija ilegitima, no tendra ni la mas minima oportunidad, igual que me ha pasado a mi.
De repente, adquiri una perspectiva totalmente diferente del modo de vida de Camille. Me ardieron las mejillas de verguenza al pensar que siempre la habia considerado una oportunista.
– Su padre era un comerciante de cafe que ni siquiera se quedo para el dia de su nacimiento.
– ?Y que pasa con Bentley? -pregunte-. Parece que esta impresionado contigo. ?No te hara su esposa?
Camille arqueo las cejas y se echo a reir. Parecia divertirle mi ingenuidad.
– Simone, ?los hombres no se casan con chicas como nosotras! Tenemos que obtener de ellos todo lo que podamos y vivir por nuestra cuenta. Ademas, no creo que su esposa aprobara que yo me casara con el.
?Bentley ya esta casado? -Me di cuenta de que habia supuesto que Bentley era un joven soltero buscando diversion y animacion en la ciudad. Y, posiblemente, amor.
– Por supuesto -respondio Camille, riendose entre dientes-. Su esposa esta en Londres, organizando bailes para asociaciones beneficas, reuniendose con las matronas de la alta sociedad londinense y haciendo todas las cosas que se le exigen a una buena mujer casada.
Iba a anadir algo mas cuando Bentley regreso con la sirvienta y una bandeja de bebidas. Francois llego arrastrando los pies tras ellos, se habia puesto un batin y un panuelo al cuello. Parecia que ya se le habian pasado los ardores amorosos y me sonrio antes de rebuscarse en el bolsillo y sacar una bolsita.
– Deje la bandeja -le ordeno a la sirvienta una vez que esta habia servido las bebidas.
Cuando la sirvienta se marcho, Francois aparto las botellas y paso por encima de la bandeja una servilleta limpia. Abrio la bolsita y vertio un monton de cocaina sobre la brillante superficie.
– Ah, ?unas rayas de nieve! -comento Bentley, echandose a reir-.:Eres mejor anfitrion de lo que yo pensaba, Francois!
Se metio la mano en el bolsillo y abrio un estuche metalico, del que saco una tarjeta de visita y se la entrego a Francois.
– ?Que oportuno! -comento Francois, empleando la tarjeta para dividir el polvo en cuatro lineas.
Cuando termino, volvio a meterse la mano en el bolsillo y saco cuatro pajitas, entregandonos una a cada uno.
Bentley empujo la bandeja hacia mi.
– El primero que salude al amanecer, gana -sentencio.
– Hazlo tu primero -le dijo Camille, devolviendole la bandeja a Bentley-. Estoy segura de que Simone no lo ha hecho nunca antes.
– ?Es eso cierto? -exclamo Bentley, agachando la cabeza sobre la bandeja-. Entonces no sabe lo que es la vida.
Se coloco la pajita en uno de los orificios de la nariz y, cerrandose el otro con un dedo, esnifo el polvo como un oso hormiguero aspirando los insectos con su trompa. Se echo hacia atras en la silla y parpadeo, con los ojos humedos. Camille fue la siguiente en hacerlo, seguida de Francois. Camille comenzo a reirse, pero apreto los punos con tanta fuerza que un hilo de sangre se le resbalo desde donde se habia clavado una de sus unas en la palma de su propia mano. Francois gimio y empujo la bandeja hacia mi, pero en lo unico en lo que yo podia pensar era en aquel hombre en el exterior de Le Chat Espiegle que gritaba que tenia miles de cucarachas bajo la piel recorriendole todo el cuerpo. Me levante suavemente de la silla y abri la puerta que conducia al salon.
La sirvienta me ayudo a ponerme el chal y los guantes en el recibidor.
– ?Desea la senorita dejar algun mensaje a monsieur Duvernoy? -me pregunto.
Negue con la cabeza.
Fuera, en la avenida, la manana estaba despuntando. El sol brillaba detras de los tejados de los edificios y de las ramas de los arboles mas altos. No habia ningun taxi a la vista, asi que continue caminando hacia el Arco del Triunfo, en busca de una estacion de
Capitulo 1 3
Cuando monsieur Volterra comenzo a planear el siguiente espectaculo, monsieur Etienne negocio para que me dieran un numero mejor con baile y cancion: moderno en lugar de comico. La mayoria de los teatros en Paris, incluido el Casino, cerraban en agosto a causa de los ensayos de los nuevos espectaculos que se estrenaban en septiembre. Podria haberme unido a alguna de las companias que se iban de gira por las provincias en verano o podria haber actuado mas noches en el Cafe des Singes. Opte por no hacer ninguna de las dos cosas y deje el trabajo en el club nocturno de madame Baquet. Queria volver a la finca durante el verano. Me sentia sola. Debido a mi edad y a mi ocupacion, estaba aislada de la vida normal y tambien del resto de artistas que me rodeaban. Las coristas no tenian interes en conocerme y no era lo bastante famosa como para codearme con las estrellas. Tal y como habia quedado claro la noche en el apartamento de Francois, Camille y yo perteneciamos a mundos totalmente diferentes. Odette era mi unica verdadera amiga, pero entre su trabajo y sus clases de pintura, y mis extranas horas laborales, apenas nos veiamos. Me encantaba Paris, pero habia llegado la hora de hacer una visita a mi hogar.
Cogi el tren nocturno a Pays de Sault, haciendo un derroche al pagar un compartimento en coche cama de segunda clase para no tener que soportar la incomodidad de viajar sentada toda la noche. Me encontre con Bernard en la estacion, pero no traia un automovil deportivo, sino una camioneta.
Bernard cargo mi equipaje en la parte trasera de la camioneta y me abrio la puerta del copiloto antes de tomar asiento al volante y poner en marcha el motor. El sol meridional entraba a raudales a traves del parabrisas. Me resultaba deslumbrante, despues de haberme acostumbrado a la
