entranas. Mire a mi madre y a tia Yvette. Estaban troceando los tomates y los dientes de ajo como si no pasara nada. ?Como era posible que no las trastornara semejante sonido lastimero?
– No te disgustes, Simone -me susurro Bernard-. Tu tio no es desgraciado. El medico dice que es normal que los pacientes que han sufrido un infarto lloren sin motivo aparente.
Hice un gesto de dolor. Tanto Bernard como yo sabiamos que aquello no era cierto. Estabamos escuchando los gemidos de un hombre que se encontraba enterrado en vida, atrapado en el ataud de su propio cuerpo. Lo que tio Gerome sufria era peor que la muerte. No podia disfrutar de la paz de perder el conocimiento. Era consciente de todos sus remordimientos, todos ellos desfilaban por su cabeza cada dia y el tenia que contemplarlos con la impotencia de no poder hacer nada al respecto.
Mi madre y tia Yvette sirvieron la comida. Tia Yvette le metia la sopa a cucharadas a tio Gerome en la boca y asi logro que se calmara. Despues de la cena, tio Gerome se quedo con la mirada fija en sus propias manos y no volvio a decir nada mas durante el resto de la velada. Bernard trato de levantarnos el animo preguntandome por que habia traido tres maletas de Paris.
– ?Acaso piensas que vamos a ir a bailar al Zelli's todas las noches?
Me eche a reir.
– Cuando retiremos la mesa os ensenare lo que hay dentro de las maletas.
Mi madre y tia Yvette se negaron a que las ayudara a limpiar despues de la cena. Pero cuando terminaron, saque los regalos que les habia comprado antes de dejar Paris.
– Esto es la ultima moda -les dije, entregandoles unos paquetes blancos y negros a mi madre y a tia Yvette.
Mi madre abrio la caja de perfume y examino la botella cuadrada y las llamativas letras de la etiqueta: Chanel N° 5. Aquel diseno representaba todo lo que era chic en Paris: elegante, sencillo y moderno. Desenrosco el tapon, aspiro el olor del liquido ambarino y se echo para atras. Arrugo la nariz y se le llenaron los ojos de lagrimas como si acabara de aspirar el acre olor de una cebolla. Estornudo tan fuerte que la caja vacia salio volando por encima de la mesa.
Tia Yvette se humedecio una muneca con un poco de perfume y se la paso bajo las aletas de la nariz.
– Si, es muy especial, ?verdad?
Bernard, gracias a su habilidad para distinguir las fragancias, fue el que mas elogio mi eleccion de su colonia.
– Esencia de neroli y
– Tambien contiene productos sinteticos. Hacen que la fragancia dure mas -le explique.
Pense en los regalos de perfumes de una sola flor que Bernard habia traido de Grasse a lo largo de los anos, con sus botellas de cristal esmerilado, cuello estrecho y tapones decorados con flores o pajaros de porcelana; y tambien en las bolsitas de hierbas aromaticas y esas velas a las que mi madre les aplicaba aceite de lavanda o de romero para los dias especiales del ano. Puede que el Chanel N° 5 estuviera de moda en Paris, pero comprendi que las cosas sofisticadas podian llegar a ser incongruentes en el sur. A Bernard le sentaba bien la corbata color esmeralda que le habia comprado, pero el chaleco de color amarillo mostaza que le habia traido a tio Gerome resultaba demasiado chillon en comparacion con el color apagado de su ropa y le conferia el aspecto de un tetrico payaso.
Tia Yvette se envolvio en el kimono que le habia comprado en las Galerias Lafayette por encima de su rural atuendo y sirvio el cafe con el puesto. La seda carmesi ondeando a su alrededor a medida que se movia de la encimera a la mesa la hacia parecer una de las prostitutas que se paseaban a lo largo de la Rue Pigalle. Pero fue mi madre la que logro adquirir el aspecto mas estrambotico. Me habia gastado el sueldo de una semana en una estola de zorro plateado que, a pesar del calor, se puso alrededor del cuello. En contraste con su piel bronceada y su cabello enmaranado, aquel accesorio perdia toda la elegancia y parecia exactamente lo que era en realidad: un animal muerto enrollado en torno al cuello de una mujer. Mi equivocacion me demostro lo diferentes que se habian vuelto nuestras vidas y aquello me entristecio. ?Aquel era el resultado de salir al mundo exterior y de labrarme una vida propia? Desde la muerte de mi padre me habia sentido de repente muy cercana a mi madre, pero ahora habiamos tomado caminos distintos. Me pregunte si lograriamos reconocernos dentro de unos anos.
Mis dos semanas en Pays de Sault transcurrieron lentamente al principio, pero cuando la quincena llego a su fin senti que el tiempo habia volado sin que yo me diera cuenta. Al principio, lejos de todo el bullicio y las distracciones de Paris, tuve que readaptarme a la costumbre de hacer las cosas lentamente y con un proposito concreto. Era necesario ir a buscar agua del pozo todos los dias, habia que recoger las verduras del huerto y las distancias se recorrian a pie o en bicicleta, y no en taxi. Mi cuerpo tuvo que adaptarse de nuevo al ritmo de la vida en el campo: levantarse temprano e irse a la cama despues de que anocheciera. Colaboraba en la cocina y con los animales, pero siempre que me ofrecia para ayudar en las tareas agricolas todos se reian.
– Antes se te daba mal -me dijo Bernard, dandome unos golpecitos en la espalda-, asi que no imagino que la cosa haya mejorado ni lo mas minimo en Paris.
Teniendo en cuenta su milagrosa adaptacion a la vida rural, ?como podia llevarle la contraria?
Todos los dias visitaba la tumba de mi padre a la caida del sol.
Decidi que iba a asumir riesgos y lograria mantenerme por mi cuenta o fracasaria. No dependeria de los hombres, como hacia Camille. Me vino a la mente el rostro de Andre Blanchard. Si iba a estar con un hombre, lo haria porque le amara.
Cuando llego la manana en la que Bernard tenia que llevarme de vuelta a Carpentras para coger el tren de regreso a Paris, me di cuenta de que mi visita habia significado algo mas que un descanso de las exigencias de mi vida en la capital. Me habia permitido tomarme un respiro antes de ascender la montana del exito.
Tia Yvette y mi madre sentaron a tio Gerome en una silla junto a la puerta para que pudiera contemplarnos a Bernard y a mi yendo y viniendo con las maletas escaleras abajo y verme a mi corriendo de vuelta a mi habitacion en busca de las cosas que habia olvidado meter en la maleta. Cuando hubimos cargado todo en la camioneta, bese a tio Gerome en las mejillas.
– Bueno -dijo, fijando su ojo sano en mi antes de volver a perderse en sus propios pensamientos.
Tia Yvette me echo un brazo por los hombros, me dio un beso y me llevo hasta la camioneta.
– Date prisa -me advirtio- o perderas el tren. No quiero que Bernard conduzca por esa carretera como un piloto de carreras.
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