Si la candidata pasaba la prueba del abrazo, Rivarola bailaba el paso de tango con ella, propulsando a la chica por el escenario y cambiando con frecuencia de direccion. Me percate de que no desechaba a las bailarinas por confundirse con los pasos; no parecia estar buscando la perfeccion. Me intrigaba el modo en el que guiaba a sus diferentes parejas -cerniendose sobre ellas, retrayendose de ellas e incluso olfateando sus coronillas-, como si estuviera eligiendo flores en un mercado por su fragancia. Sin embargo, tras mas de una hora de audicion, ninguna de las chicas le complacia.

– ?Esto es como bailar con troncos! -bufo Rivarola en espanol justo antes de que monsieur Volterra me ordenara subir al escenario.

No tenia ni la menor idea de que acababa de decir, pero por su tono sabia que no era nada bueno. Sus insultos eran injustificados: tenia a su disposicion a algunas de las mejores coristas de Paris, muchas de las cuales contaban con formacion como bailarinas de ballet. Me puse en posicion frente a el y me prepare para la prueba mientras me imaginaba el bollito de crema banado en chocolate que pensaba devorar en cuanto saliera de la audicion.

Rivarola contemplo mis tobillos y se agacho para acariciarlos como un hombre que estuviera eligiendo un caballo de carreras. Parecia intrigado por la forma que tenian, aunque nadie me habia hecho nunca ningun comentario sobre mis tobillos antes. Me rozo con las manos los puentes de los pies y deslizo los dedos por los empeines. Luche por contener la comezon que me irritaba la traquea; estaba decidida a no reirme. Queria aguantar por lo menos hasta la segunda prueba antes de que Rivarola me descartara. Tenia curiosidad por descubrir como tomaba sus decisiones.

El tramoyista coloco la aguja en el gramofono y Rivarola me apreto contra su pecho. Tuve que contener un grito. Algo parecido a un rayo salto de su pecho al mio. Me sacudi por la fuerza de la conmocion, pero no me movi del sitio. Rivarola me miro a los ojos. De alguna manera logre mantenerle la mirada. «Esto es lo que debe de sentirse cuando te seduce un gitano», pense, aunque Rivarola no lo era, por supuesto. Era argentino de pura cepa.

Rivarola me movio hacia atras, pero por la fuerza que brotaba desde sus piernas me dio la sensacion de que me estaba arrastrando una columna de aire. Me cogio por sorpresa, pero no me resisti. Entonces, la fuerza de la gravedad parecio disiparse alrededor de mi cuerpo, mis piernas revoloteaban como si estuvieran flotando. Aquello no era lo que yo esperaba del tango, mas bien me habia imaginado que seria un baile cargado de dramatismo y desesperacion. Maria siempre bailaba con los brazos alrededor del cuello de Rivarola, como la victima de un naufragio aferrandose a un madero. Ahora me preguntaba si lo que habia intentado era contener sus ganas de escaparse. Rivarola acometia cada paso como si estuviera probando el agua de un bano con la punta del pie. Y, sin embargo, todos sus movimientos eran fluidos. La musica se separaba en capas y Rivarola bailaba cada una de ellas. A veces seguiamos la melodia del piano; otras, la nostalgica voz del cantante; otras, los violines. Nunca habia prestado tanta atencion a los detalles de la musica mientras bailaba, solamente al ritmo y al compas en general. Hasta entonces, habia considerado la musica como el acompanamiento del baile, pero para Rivarola la musica era lo esencial.

De repente, se detuvo y me separo de el bruscamente. Me di cuenta de que mientras pensaba en la musica habia perdido la concentracion en los movimientos. El rostro de Rivarola se contrajo y se precipito sobre monsieur Volterra a tal velocidad que pense que le iba a propinar un punetazo en la cara. El empresario teatral debio de pensar lo mismo, porque se echo hacia atras en su asiento.

– ?Esta piba acaricia la musica como una diosa bailando sobre las nubes! -grito Rivarola.

Monsieur Volterra se quedo boquiabierto y miro consecutivamente a Rivarola y al tecnico de iluminacion. El rostro del muchacho empalidecio y le temblaron las piernas. La aguja del gramofono se salio del disco y la estancia se quedo en un silencio sepulcral. Todo el mundo parecia estar conteniendo el aliento, a la espera de que el tecnico interpretara lo que Rivarola habia dicho. El chico se deslizo hacia el borde del escenario.

– Rivarola dice que es perfecta -le aseguro a monsieur Volterra, que se habia puesto blanco como una sabana-. Dice que acaricia la musica como una diosa bailando sobre las nubes.

En un mismo dia, pase de no tener trabajo a ser parte de un duo con uno de los bailarines de tango mas famosos del mundo. Rivarola y yo incluso apareciamos en cartel, porque bailabamos en varias escenas y nuestro numero era la subtrama del tema del espectaculo sobre el amor prohibido. Era la primera vez que veia mi nombre entre luces desde Marsella, ?y esta vez era en el Casino de Paris! Pero lo cierto es que me gane a pulso todas y cada una de las letras que aparecian en cartel. A apenas tres semanas del estreno, el programa de ensayos resultaba extenuante: tres horas de clases de tango todas las mananas y un ensayo de verdad de dos a seis todas las tardes.

– ?Necesitas mas disciplina pa' ser una bailarina seria que pa' ser una cantante de comedia! -me gritaba Rivarola al menos tres o cuatro veces durante cada sesion.

Despues de haber aprendido algunas frases de ingles al trabajar en el Cafe des Singes, ahora empece a aprender espanol tambien -toda una necesidad, al pasar varias horas al dia con un argentino que se negaba a hablar en frances- y entendi lo que Rivarola queria decir mas de lo que el nunca llego a reconocer. Resultaba facil esconderme tras las letras de canciones graciosas; sacar de mi interior lo que estaba oculto a ojos de todos era mucho mas dificil. Sabia que si queria dejar atras las canciones pueriles y los trajes ridiculos para siempre, tenia que lograr que nuestro numero fuera un exito. ?Monsieur Volterra incluso mando que pintaran nuestro retrato para colocarlo en la pared contraria a donde estaban los carteles de Camille y Jacques Noir!

– ?Che, prestame mas atencion! ?No bailes pa' la gente!

El tecnico de iluminacion, que hacia las veces de interprete durante los ensayos, me habia escrito aquella frase y yo la pegue en el espejo de mi camerino. «Centrate en Rivarola. No actues para el publico.» Aquella consigna iba en contra de todo lo que me habian ensenado como cantante, pero era la unica manera de que un duo de bailarines cautivara al publico. La gente que nos veia actuar tenia que creer que estaban presenciando un romance en la vida real entre un hombre y una mujer.

Ignoraba si Rivarola comprendia la seriedad con la que me estaba tomando sus instrucciones. Nunca me quitaba las zapatillas de baile hasta que llegaba a mi habitacion en el hotel y, cuando lo hacia, tenia que despegarmelas de mis amoratados pies llenos de ampollas. Con un grito de alivio, los sumergia en una palangana de agua fria. A menudo, despues del ensayo examinaba mi rostro en el espejo. A causa de los constantes improperios de Rivarola, mis ojos estaban adquiriendo una mirada altanera y en la boca lucia una mueca rebelde. Las mejillas y la barbilla se me habian afilado desde que llegue a Paris. Era como si Rivarola me estuviera transfiriendo algo de si mismo. Normalmente bailabamos con las mejillas juntas, pero, a veces, durante los ensayos, presionaba su frente contra la mia.

– Asi podemos leer la mente del otro -me decia.

Me dio verguenza la primera vez que Rivarola presiono su pecho con tanta fuerza contra el mio que senti como si mis senos se aplastaran contra sus costillas, pero no proteste. Tampoco dije nada cuando durante algunos de los pasos del baile frotaba su pierna entre las mias mientras me echaba hacia atras. Me parecia quiza la mejor manera de deshacerme de mi virginidad y seguir siendo fiel a mi arte. Perder mi inocencia sobre el escenario era infinitamente mejor que venderla por dinero a hombres como Francois. La pureza no correspondia con el estilo del tango. Si queria resultar verosimil bailandolo, tenia que transmitir al menos un toque de lujuria y deseo carnal, y tambien en eso, al igual que con el baile en si, me estaba instruyendo Rivarola.

Cuando el publico y los columnistas de sociedad nos vieron actuando juntos sobre el escenario, asumieron que Rivarola y yo eramos amantes tambien en la vida real. Los que nos veian entre bastidores sabian que no era cierto. Durante los minutos que bailabamos juntos, Rivarola y yo ardiamos de deseo en brazos del otro. No obstante, tan pronto como caia el telon y corriamos entre bastidores, el se desembarazaba de mi como de la camisa sudada que le tiraba al ayudante de vestuario. Entre actos, se escondia en su camerino, bebiendo whisky y fumando cigarros. No estaba interesado en mi mas alla de lo que yo significaba para el en escena. Creo que ni siquiera se aprendio mi nombre hasta varias semanas despues del estreno. Y aun asi, desde la primera noche, nuestro baile hacia que el publico se pusiera en pie para ovacionarnos y recibieramos criticas cargadas de admiracion. En el Paris Soir, el critico escribio: «El

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