anemica luz de Paris. Los pinos brillaban bajo el cielo azul y los ruisenores cantaban. La carretera estaba tan llena de baches que me imagine que el vaso de leche que me habia bebido en el tren se me estaria convirtiendo en mantequilla dentro del estomago.
Le hable a Bernard sobre Montparnasse, el Cafe des Singes, mi numero en el Casino de Paris y mi cena en Fouquet's.
– Nos hemos intercambiado las vidas -comento mientras esbozaba una sonrisa en su bronceado rostro-. Tu te has civilizado y yo me he asilvestrado.
Pasee la mirada desde sus botas con tachuelas hasta su gorra. Una fina pelicula de transpiracion hacia que le brillaran las mejillas y la frente. Se habia convertido en un autentico agricultor, pero no tenia nada de silvestre. Sus pantalones de trabajo lucian una raya perfectamente planchada que le recorria cada una de las perneras y el hedor a piel requemada reinante en la cabina de la camioneta desaparecia gracias al toque de colonia que provenia del cuello de su camisa.
Ya habia terminado la temporada de cosecha de lavanda. Bernard me conto que habia sido todo un exito y que estaban pensando en adquirir otro alambique para el ano siguiente. Tambien esperaban poder comprar la finca abandonada de los Rucart al unico heredero, que vivia en Digne. No habia posibilidad alguna de restaurar el antiguo caserio, pero querian utilizar el huerto y preparar el resto de los campos para plantar lavanda.
– Tengo un contacto en Grasse que asegura que sus cientificos estan desarrollando un hibrido que es mas resistente que la lavanda silvestre y que produce diez veces mas aceite -me explico Bernard, que sonaba como mi padre cuando tenia uno de sus arrebatos empresariales-. Si funciona, necesitaremos mas terreno.
Llegamos a la finca por la tarde. Los cipreses proyectaban su sombra sobre el ardiente camino. Mi madre estaba de pie en el patio, haciendose visera con la mano y con
Ya de lejos pude ver que la perrita habia ganado peso; sin duda, la habian malcriado con las comidas de tia Yvette. Recorrimos la arboleda y mi madre nos llamo. Tia Yvette surgio por detras de la cortina de cuentas de la cocina, con una sarten en la mano.
Bernard aparco en el patio. No espere a que me abriera la puerta; salte de la camioneta y corri hacia mi madre. Ella tambien se apresuro hacia mi y me cogio la cabeza entre las manos, besandome repetidas veces en las mejillas. La ternura le brillaba en los ojos, ademas de una ligera sorpresa, como si yo fuera una aparicion que hubiera surgido del bosque.
– Me alegro de verte, Simone. Pero no te vas a quedar mucho tiempo, ?verdad? Aun no -me dijo, contestandose a si misma y dedicandome una de sus misteriosas sonrisas.
– ?Simone! ?Eres tu? -exclamo tia Yvette, dejando la sarten sobre el alfeizar de la ventana y rebuscandose en el bolsillo las gafas. Se las puso y me miro con ojos entrecerrados-. ?Pero mira que pelo llevas! -grito-. ?Que has hecho con el?
Se me habia olvidado que las iba a impresionar. Las mujeres de nuestra aldea mantenian el pelo largo desde que nacian hasta que se morian, y lo llevaban siempre recogido.
– Asi que la cosecha de lavanda ha vuelto a ser buena, ?eh? -pregunte, tratando de desviar la atencion de mi pelo.
– Incluso mejor que la del ano pasado -contesto tia Yvette, sonriendo de oreja a oreja.
– ?Donde esta Gerome? -pregunto Bernard, sacando mis maletas de la camioneta y colocandolas en el umbral de la puerta-. Seguramente le gustara ver a Simone.
– Ahora mismo esta durmiendo -le contesto tia Yvette, y volviendose hacia mi aclaro-; Hemos convertido la sala de estar principal en una habitacion para el. Asi puede unirse a nosotros durante las comidas y ver el trabajo de la finca sin que tengamos que transportarlo arriba y abajo por las escaleras.
– ?Entonces esta mejor? -pregunte mientras cogia el vaso de vino helado que mi madre me estaba entregando y me sentaba junto a ella en un banco del patio.
El enrejado se habia combado por el peso de las flores de la glicinia, que colgaban sobre mi cabeza como racimos de uvas. Su aroma dulzon atraia a varios enjambres de abejas. Una se poso sobre mi falda, ebria por la dulzura del nectar. Deambulo sobre la tela durante unos instantes, sacudiendo las alas y las patas, antes de elevarse de nuevo en el aire.
– Ha mejorado -me explico tia Yvette, acercando una silla-. Se puede sentar sin ayuda e incluso dice alguna que otra palabra de vez en cuando. Al final no hemos necesitado contratar a nadie que nos ayude con el. Entre tu madre y yo logramos ocuparnos de el.
Mi madre me paso una raja de melon y me miro a los ojos.
– Ve y echate un rato antes de la cena -me dijo-. Pareces cansada. Podemos hablar mas despues de que te repongas.
Me tumbe en uno de los dormitorios de casa de tia Yvette y me senti tan agotada por el viaje que no me moleste ni siquiera en quitarme el vestido.
– ?Simone! -me llamo la voz de mi madre desde la planta de abajo.
Me incorpore de un salto, con el corazon latiendome con fuerza en el pecho y la espalda humeda de sudor.
Baje las escaleras siguiendo el sonido de los platos que estaban poniendo a la mesa y el aroma del pollo al romero. Cuando abri la puerta de la cocina, la llama de la lampara a prueba de viento me hizo parpadear. Tio Gerome se hallaba sentado en la cabecera de la mesa. La expresion de su rostro estaba menos desfigurada que la ultima vez que lo habia visto, pero uno de los ojos se le habia quedado firmemente cerrado y su pelo, que siempre habia sido canoso, ahora estaba completamente blanco.
Mi madre trincho el pollo sobre la encimera. Tia Yvette, que estaba sirviendo la sopa en cuencos, dejo el cucharon suspendido en el aire y se quedo mirandome fijamente.
– Simone, ?te encuentras bien? Estas muy palida.
– Estoy bien -le respondi-. Es el calor. Me habia olvidado de como era.
Bernard sirvio un vaso de vino y se lo puso en los labios a tio Gerome para que pudiera beber. Me aclare la garganta.
– Hola -le salude.
Me habia pasado casi toda la vida temiendo u odiando a tio Gerome, pero verle con aquel cuerpo retorcido me producia mucha confusion. Me entraron ganas de llorar.
Tio Gerome inclino la cabeza. Un hilo de vino se le resbalo por la barbilla. La expresion de sus ojos era vidriosa y parecia imposible asegurar si me habia entendido.
– ?Por que lleva el brazo en cabestrillo? -le pregunte a Bernard mientras tomaba asiento a la mesa.
– No lo siente -me contesto Bernard, limpiandole la barbilla a tio Gerome con una servilleta-. A veces olvida que esta ahi, asi que hay que atarselo para evitar que se lo pille o que se retuerza la articulacion.
Tio Gerome emitio un gemido y murmuro:
– ?Pierre?
– No, es Simone -le corrigio Bernard-. Tu sobrina.
– ?Pierre? -repitio tio Gerome-. ?Pierre?
Comenzo a sollozar. El tono suplicante de su voz me desgarro las
