– Agradezco de verdad ese favor -dije exhibiendo mi mejor sonrisa-, pero estoy convencida de que Siena es un lugar muy seguro.
Alessandro acepto el cumplido con un leve cabeceo.
– ?Que la trae por aqui? ?Negocios o placer?
– Pues… placer, supongo.
Eva Maria batio palmas emocionada.
– ?Entonces nos encargaremos de que Siena no te desilusione! Alessandro conoce todos los secretos de la ciudad, ?verdad, caro? El te llevara a sitios, a lugares maravillosos que jamas encontrarias tu sola. ?Ay, que bien lo vas a pasar!
Abri la boca para hablar, pero no se me ocurrio que decir, asi que volvi a cerrarla. A juzgar por lo cenudo de su gesto, resultaba bastante obvio que pasearme por Siena era lo ultimo que a Alessandro le apetecia hacer esa semana.
– ?Sandro! -prosiguio Eva Maria con mayor severidad-. Te vas a encargar de que Giulietta se divierta, ?no?
– No puedo imaginar una dicha mayor -respondio Alessandro encendiendo la radio.
– ?Ves? -espeto Eva Maria pellizcando mi sonrosada mejilla-. ?Que sabria Shakespeare? Ahora somos amigos.
Fuera, el mundo era un vinedo, y el cielo se suspendia sobre el paisaje a modo de azulado manto protector. Yo habia nacido alli y, sin embargo, me sentia como una extrana, una intrusa que se habia colado por la puerta de atras para reclamar algo que jamas le habia pertenecido.
Cuando al fin nos detuvimos a la puerta del hotel Chiusarelli, me senti aliviada. Eva Maria habia sido muy amable durante todo el viaje, contandome esto y aquello de Siena, pero me costaba mantener una conversacion civilizada despues de haber pasado la noche en vela y haber perdido el equipaje.
Todo cuanto tenia estaba en esas maletas. Basicamente habia empaquetado mi infancia entera tras el funeral de tia Rose y habia dejado la casa a medianoche, en un taxi, con la risa triunfante de Janice resonandome aun en los oidos. En ellas habia toda clase de ropa, libros y trastos, pero ahora todo eso estaba en Verona, y yo estaba atrapada en Siena con poco mas que un cepillo de dientes, media barrita de cereales y un par de tapones para los oidos.
Tras aparcar sobre la acera a la entrada del hotel y abrirme la puerta del coche, Alessandro me acompano hasta el vestibulo. Obviamente no le apetecia hacerlo, y a mi no me hizo gracia, pero Eva Maria nos observaba desde el asiento trasero del coche, y yo ya habia descubierto que era de esas mujeres a las que les gusta salirse con la suya.
– Pase, por favor -dijo Alessandro, sujetandome la puerta.
No podia hacer otra cosa mas que entrar en el hotel Chiusarelli. El edificio me recibio con una fria serenidad, con su techo alto sostenido por columnas de marmol y, muy tenuemente, desde algun lugar bajo nuestros pies, el sonido de alguien que cantaba y el entrechocar de cazuelas y sartenes.
Apoye las manos en el marmol verde y esboce una sonrisa cautivadora, o eso esperaba.
– Hola. Me llamo Giulietta Tolomei. Tengo una reserva. Perdone un segundo… -Me volvi hacia Alessandro-. Ya esta. Aqui estoy a salvo.
– Lo lamento mucho,
– Oh, pero si estoy segura de… ?Es eso un problema?
– ?Es el Palio! -exclamo alzando los brazos desesperado-. ?El hotel esta completo! Pero… -dio unos golpecitos en la pantalla del ordenador- aqui tengo anotada una reserva con tarjeta de credito a nombre de Juliet Jacobs. Una semana para una persona. Con llegada hoy de Estados Unidos. ?Podria ser usted?
Mire a Alessandro. El me devolvio la mirada con absoluta indiferencia.
– Si, soy yo -conteste.
El director Rossini se mostro sorprendido.
– ?Es usted Juliet Jacobs y Giulietta Tolomei?
– Bueno… si.
– Pero… -El director Rossini se hizo a un lado para ver mejor a Alessandro, arqueando las cejas a modo de cortes interrogante-.
El ahijado de Eva Maria desaparecio en un pispas y de pronto me vi a solas con el director Rossini y un incomodo silencio. Hasta que no hube rellenado todos y cada uno de los formularios que me puso delante, el director del hotel no se digno sonreir.
– ?Asi que es usted amiga del capitan Santini?
Mire a mi espalda.
– ?Se refiere al hombre que acaba de irse? No, no somos amigos. ?Es asi como se llama? ?Santini?
El director Rossini sin duda me consideraba lerda.
– Se llama
Debi de parecerle angustiada, porque el director Rossini se apresuro a tranquilizarme.
– No se preocupe, no hay delincuencia en Siena. Es una ciudad muy tranquila. Una vez tuvimos un delincuente… -rio para si mientras tocaba el timbre del botones-, ?pero ya nos ocupamos de el!
Llevaba horas deseando tirarme en la cama pero, cuando por fin pude hacerlo, en lugar de tumbarme, me sorprendi paseando nerviosa por la habitacion, rumiando la posibilidad de que Alessandro Santini hiciera una busqueda de mi nombre y destapara mi turbio pasado. Lo ultimo que necesitaba era que alguien de Siena sacara a relucir el viejo expediente de Juliet Jacobs, descubriese mi debacle romana y pusiera fin a mi busqueda del tesoro.
Poco despues, cuando llame a Umberto para decirle que habia llegado bien, debio de notarmelo en la voz, porque supo en seguida que algo habia ido mal.
– No es nada -lo tranquilice-. Solo que un tipo estirado vestido de Armani ha descubierto que tengo dos nombres.
– Pero es italiano -fue la respuesta sensata de Umberto-. A ellos les da igual que incumplas un poco la ley mientras lleves unos zapatos bonitos. ?Llevas unos zapatos bonitos? ?Los que te regale? ?Principessa…?
Me mire las chanclas.
– Creo que la he cagado.
Al meterme en la cama esa noche me asalto un sueno recurrente que no tenia desde hacia meses pero que habia formado parte de mi vida desde mi infancia. En el sueno, caminaba por un esplendido castillo con los suelos de mosaico y unos techos catedralicios sostenidos por inmensos pilares de marmol, abria una puerta dorada tras otra y me preguntaba donde estaba. La unica luz procedia de unas estrechas vidrieras situadas muy por encima de mi cabeza, y los rayos de luz coloreados apenas iluminaban los oscuros rincones a mi alrededor.
Mientras recorria las vastas estancias, me sentia como una nina perdida en el bosque, y me frustraba que, aunque percibia la presencia de otros, estos nunca se me mostraran. Si me paraba, los oia susurrar y pulular como fantasmas, pero, si de verdad eran seres etereos, estaban tan atrapados como yo, buscando una salida.
Hasta que no lei la obra en el instituto, no descubri que aquellos demonios invisibles susurraban fragmentos del
I. III
