– En cantidad se hacen reducciones. Sea razonable. Volvera usted a embarcar y al cabo de un mes me habra olvidado. – ?Le parezco de esos?
Dinny miro su faz bronceada. – Bueno, segun y como. -?Portese como una persona seria!
– No puedo. Veo continuamente a Jean cortando un mechon y diciendo: «Ahora, papa, dame tu bendicion, o te tonsurare», y al rector contestando: «Yo… ejem…, jamas», y Jean, dando otro tijeretazo: «Perfectamente. Aparte de eso, necesito un centenar de libras al ano, o te corto las cejas». – Jean es tremenda. De todos modos, Dinny, prometame que no se casara con otro.
– Pero suponga que encuentre a alguien que me guste terriblemente. En un caso asi, ?querria usted que yo dejara marchitar mi joven vida?
No es asi como contestan en las peliculas. – Usted haria blasfemar a un santo.
– ~ Pero no a un oficial de Marina. Lo cual me hace recordar los pasajes de la Escritura que encabezan la cuarta columna del
– Voy a aumentar la velocidad – anuncio Jean, mirando atras. El indicador subio rapidamente: setenta y cinco… ochenta… noventa… cien… La mano del marino paso debajo del brazo de Dinny.
– Esto no puede durar. El motor estallara. Pero es un trozo de carretera realmente tentador.
Dinny estaba sentada con una sonrisa firme; detestaba sentirse transportar con tanta rapidez. Cuando Jean disminuyo hasta llegar a los acostumbrados sesenta kilometros, dijo con voz planidera: '
– Jean, tengo un estomago que todavia pertenece al siglo diecinueve.
En Folwell se inclino de nuevo hacia adelante
– No quiero que me vean en Lippinghall. Por favor, dirigete directamente a la rectoria y escondeme en un lugar cualquiera mientras tu tratas con tu padre.
Refugiada en el comedor, frente al retrato del que Jean le hablara, Dinny lo estudiaba con curiosidad. Debajo se leian las palabras:
Encima de la lechuguilla que se veia alrededor del largo cuello, aquel rostro que el tiempo hiciera amarillento podia ser, en realidad, el de Jean de quince anos mas tarde: la misma forma alargada desde los pomulos a la barbilla, los mismos atractivos ojos de largas pestanas oscuras; incluso las manos, cruzadas sobre el pecho, eran exactamente identicas a las de lean. ?Cual habia sido la historia de aquel extrano prototipo? ?La conocian? ?Se repetiria en su descendiente?
– Se parece a Jean de modo sorprendente, ?verdad?
– ?Ninguna novedad en el frente?
– Jean ha entrado en el estudio con un numero atrasado del Times, unas tijeras y una toalla. Despues de lo cual, silencio.
– ?No hay un lugar desde donde les podamos ver cuando salgan?
– Nos podriamos sentar en las escaleras. No se daran cuenta de nuestra presencia, a menos que suban.
Salieron de la habitacion y se sentaron en un rincon oscuro de la escalera desde donde, a traves de los barrotes de la barandilla, podian ver la puerta del estudio. Con una especie de temblor infantil, Dinny miraba la puerta aguardando a que se abriera. Repentinamente, Jean salio, llevando en una mano una hoja de diario doblada en forma de saquito y en la otra unas tijeras. Le oyeron decir
– Acuerdate, querido, de no salir sin sombrero.
La contestacion inarticulada quedo sofocada por el rumor que produjo la puerta al cerrarse. Dinny se asomo por la baranda.
– ?Bien?
– A las mil maravillas. Esta algo malhumorado porque no sabe quien le cortara el pelo y le hara otras cosas por el estilo. Piensa que un permiso especial es casi una indecencia, pero me dara las cien libras al ano. Le he dejado llenando la pipa. – Se detuvo y miro el diario -. Habia mucho que contar. Almorzaremos dentro de un minuto, Dinny. Luego nos volveremos a marchar.
Durante el almuerzo los modales del rector estaban aun llenos de cortesia. Dinny le observaba con admiracion. He aqui a un hombre viudo y avanzado en anos que estaba a punto de verse privado de su unica hija, que se cuidaba de todos los menesteres de la parroquia y de la casa, e incluso del corte de sus cabellos. No obstante, en apariencia, se mantenia impasible. Ni una queja se escapo de sus labios. ?Era educacion, benevolencia o bien algo de alivio justificable? Dinny no podia saberlo con certeza y su corazon temblo un poco. Pronto Hubert se encontraria en su lugar. Miro a Jean. Poca duda cabia de que tambien ella seria capaz de dirigir los preparativos de su propio funeral, y puede que hasta del de los demas; sin embargo, no habria nada de chocante o de desagradable en su tirania, ni ninguna familiaridad vulgar en su modo de meterse en todo. ?Si ella y Hubert tuviesen bastante sentido del humor!
Despues de haber comido, el rector la llevo aparte. -Mi querida Dinny, ?que piensa usted de todo esto? ?Y que piensa su madre?
– Ambas pensamos que es un poco como la cancioncita «La lechuza y el gato Miz se fueron a navegar».
– «En una hermosa barquita color verde guisante». Si, desde luego, pero no «con mucho dinero», me temo. No obstante – anadio, sonadoramente -, Jean es una buena chica; muy… ?ejem!… habil. Me alegro de que nuestras familias esten a punto de… ? ejem!… emparentar. Voy a encontrarla a faltar, pero no se debe ser… ?ejem!… egoista.
– Lo que perdemos en largo lo ganamos en ancho – murmuro Dinny.
Los ojos azules_ del rector hicieron un guino.
– Si, desde luego. La tempestad aliada con la suavidad. Jean no quiere que yo haga de testigo. Aqui esta su certificado de nacimiento por si… ?ejem!… les hacen preguntas. Es mayor de edad.
Extrajo una larga hoja amarillenta.
– ?Pobre de mi! – se lamento con sinceridad -. ?Pobre de mi!
Dinny no sabia a ciencia cierta si el rector lo sentia de verdad por si mismo. Inmediatamente despues continuaron el viaje:
CAPITULO XIV
Cuando hubieron dejado a Alan Tasburgh a la puerta de su club, las dos muchachas viraron el coche en direccion a Chelsea. Dinny no habia enviado telegrama alguno, confiando en su buena estrella. Al llegar ante la casa situada en Oakley Street se apeo y oprimio el timbre. Una anciana doncella, con expresion de espanto en el rostro, abrio la puerta.
– ?Esta la senora Ferse?
– No, senorita. Esta el capitan Ferse. – ?El capitan Ferse?
La doncella, mirando a derecha e izquierda, hablo en voz baja y excitada.
– Si, senorita. Estamos en un apuro terrible y no sabemos que hacer. El capitan Ferse ha entrado de repente, a la hora del almuerzo, sin que nadie nos hubiera avisado. La senora estaba fuera. Han traido un telegrama para ella, pero lo ha cogido el capitan Ferse; alguien la ha llamado por telefono, pero no ha querido dejar ningun recado.
Dinny buscaba palabras para descubrir en seguida lo peor. – ?Como… como esta?
– Bueno, senorita, no sabria decirselo. Se ha limitado a preguntar: a- ?Donde esta la senora?». Tiene buen aspecto, pero, a pesar de todo, tenemos miedo. Los ninos estan en casa y no sabemos donde se encuentra la
