senora.
– Aguarde un momento – dijo Dinny y volvio al coche. – ?Que sucede? – pregunto Jean, apeandose.
Las dos muchachas permanecieron en la acera consultandose, mientras la doncella las observaba desde el umbral.
– Debo ir a buscar a tio Adrian – dijo Dinny -. Hay que pensar en los ninos.
– Ve tu. Yo entrare y te esperare. Esa doncella parece estar muy amedrentada.
– Creo que solfa ser violento, Jean. Puede haberse escapado, ?comprendes?
– Coge el auto. Yo no tengo miedo. Dinny le estrecho una mano.
– Tomare un taxi. Asi dispondras del coche por si quieres irte.
– Bien. Dile a la doncella quien soy y luego date prisa. Son ya las cuatro.
Dinny levanto la vista hacia la casa y, repentinamente, vio una cara en la ventana del comedor. A pesar de que no habia visto a Ferse mas que dos veces, le reconocio al instante. Su – rostro no era de los que se olvidan. Daba la sensacion de un fuego tras unos barrotes: un rostro surcado, duro, con bigote cortado en forma de cepillo, pomulos anchos, cabello espeso, oscuro y ligeramente canoso, y aquellos brillantes e inquietos ojos de acero. En ese momento la estaban mirando con una especie de agitada intensidad que resultaba penosa. Ella desvio la vista.
– ?No mires hacia arriba! ? Alli esta! – le dijo a Jean – Si no fuera por los ojos pareceria absolutamente normal. Va bien vestido y arreglado. Vamos, jean, o quedemonos las dos.
– No, yo me quedare. Ve tu – y entro en la casa.
Dinny se apresuro a irse. Esta repentina reaparicion de un hombre a quien todos habian creido irremediablemente Toco, era trastornadora. Ignorando las circunstancias de la reclusion de Ferse, ignorandolo todo, excepto que habia hecho pasar a Diana momentos terribles antes de la catastrofe final. Pensaba en Adrian como en la unica persona que debia ser informada de lo acaecido. Fue una carrera larga y ansiosa. Encontro a su tio cuando estaba a punto de salir del museo. Le explico el caso apresuradamente, mientras la miraba con los ojos desorbitados por el horror.
– ?Sabes donde esta Diana? -concluyo Dinny.
– Esta noche tenia que cenar -con Fleur y Michael. Yo tambien debia ir, pero ahora no se donde puedo encontrarla. Volvamos a Oakley Street. -
Subieron al taxi.
– ?No podrias telefonear a la clinica mental, tio?
– No me atrevo sin antes ver a Diana. ?Dices que parecia normal?
– Si, salvo los ojos; pero recuerdo que siempre fueron asi. Adrian se llevo la mano a la cabeza.
– ? Es demasiado horrible! ? Pobre muchacha!
El corazon de Dinny comenzaba a sufrir, tanto por el como por Diana.
– Y tambien es horrible -anadio Adrian – que nos trastornemos porque ese pobre diablo ha regresado. ? Oh, Dios mio.! Dinny, es un mal asunto, un mal asunto.
Dinny le apreto un brazo.
– ?Que dice la ley a ese proposito, tio?
– ? Dios lo sabe! Jamas se le denuncio. Diana no quiso. Le acogieron como paciente particular.
– Pero, ? no puede haber salido cuando le haya venido en gana, sin que hayan advertido a la familia de antemano! – ? Quien sabe lo que ha pasado! Puede estar mas loco que nunca y haber salido aprovechando un descuido del personal. Pero, hagamos lo que hagamos – y Dinny se sintio conmovida por la expresion de su rostro -, debemos pensar no solo en nosotros, sino tambien en el. No hay que hacerle las cosas mas -duras de lo que son. ? Pobre Ferse! La pobreza, el vicio o el delito no pueden igualar a la alienacion mental por las tragicas consecuencias que caen sobre todos los que han de estar en contacto con ella.
– Tio -dijo Dinny -, ?y las noches? Adrian gimio
– De eso debemos salvarla, sea como fuere.
A1 final de Oakley Street despidieron al taxi y anduvieron hasta la puerta.
Al entrar, lean le habia dicho a la doncella
– Soy la senorita Tasburgh. La senorita Cherrell ha ido a buscar a la senora Ferse. ?Esta arriba la salita? Aguardare alli. ?Ha visto el senor a los ninos?
– No, senorita. No hace mas de media hora que esta aqui. Los ninos se hallan en su cuarto de estudio, con su institutriz.
– Entonces voy a verles – repuso Jean -. Acompaneme. – ?Tengo que esperar con usted, senorita?
– No. Atienda a ver si llega la senora Ferse y avisela en seguida.
La doncella la miro con admiracion y la dejo en la salita. Entreabriendo la puerta, Jean permanecio a la escucha. No se oia ruido alguno. Comenzo a pasearse de arriba abajo, de la puerta a la ventana. Si veia acercarse a Diana, correria abajo; y si Ferse subia, saldria para entretenerle. El corazon le latia un poco mas apresuradamente que de costumbre, pero no se sentia verdaderamente nerviosa. Estaba asi desde hacia un cuarto de hora, cuando oyo un rumor tras de si, se volvio y vio a Ferse, que acababa de cruzar el umbral.
– Oh – dijo -, estoy esperando a la senora Ferse. ? Usted es el capitan Ferse?
La figura se inclino. – ? Y usted?
– Jean Tasburgh. Creo que no me conoce usted. -?Y la persona que estaba con usted?
– Dinny Cherrell. – ?Adonde ha ido? – Me parece que a ver a uno de sus tios.
Ferse emitio un sonido extrano, que no era una risa, precisamente.
– ? Adrian? – Eso creo.
Se quedo mirando la amable habitacion, con sus ojos brillantes y agitados.
– Esta mas graciosa que nunca – dijo
– La conoci en casa de lady Mont.
– ?Y muy hermosa? – Mucho.
– Gracias.
Mirandolo por entre las largas pestanas, Jean no podia ver en el nada que diese la impresion de un desorden mental. Parecia lo que era: un soldado en traje de paisano, muy ordenado y reservado en todo, excepto los ojos.
– Hace cuatro anos que no veo a mi mujer – dijo -. Deseo verla a solas.
Jean se dirigio hacia la puerta. – Me voy – anuncio.
– ?No! – La palabra salio con una prontitud aterradora -. ?Quedese aqui! – Y bloqueo la salida.
– ?Por que?
– Deseo ser el primero en decirle que he regresado. – Naturalmente.
– ?Entonces quedese aqui! Jean fue a la ventana.
– ?Ha oido hablar de mi? – pregunto de repente.
– Muy poco. Se que no estuvo usted muy bien.
El se separo de la puerta.
– ?Ve usted en mi huellas de alguna enfermedad?
Jean le miro y mantuvo sus ojos fijos en los suyos hasta que los desvio.
– Ninguna. Parece estar en perfecta salud. – Lo estoy. ?Quiere sentarse?
– Gracias.
Jean tomo asiento.
– Pefectamente – dijo, el -. Mireme bien.
Jean se miro los
– Usted jamas ha estado enferma de la mente, claro esta. De haberlo estado, sabria que todos nos tienen los ojos encima, mientras nosotros tenemos los ojos encima de todos. Ahora he de bajar. Au revoir.
Se volvio rapidamente y al salir cerro la puerta tras de si. Jean continuo tranquilamente sentada, esperando a que volviese de nuevo. Experimentaba la sensacion de haber recibido la peor parte y sentia un extrano hormigueo por todo el cuerpo, como si hubiera estado demasiado cerca del fuego. El no volvio y Jean se puso en pie para abrir la puerta. Estaba cerrada con llave. Se quedo mirandola fijamente. ?Jamar con el timbre? ?Golpearla para
