– Paris, Francia; Habitat for Humanity, Honduras, y el lago Winnipesaukee en New Hampshire -enumero ella-. Tres chicos de veraneo. Igual que tu.
Ricky asintio.
– ?Ves lo vulnerables que son? ?Crees que costo demasiado sacarles esas fotos? ?Podria cambiar alguien la camara por un fusil de largo alcance? ?Seria facil arrancar a alguno de esos chicos del ambiente que estan disfrutando? ?Crees que alguno de ellos tiene idea de lo cerca que podria estar de la muerte? ?Imaginas que alguno tiene siquiera la mas remota sospecha de que su vida podria terminar de modo repentino y sangriento en siete breves dias?
– Virgil senalo las fotografias-. Echales otro vistazo, Ricky -pidio.
Espero a que el asimilara las imagenes y luego alargo la mano hacia las fotografias-. Creo que bastara con que conserves los retratos mentales, Ricky. Metete en la cabeza las sonrisas de esos chicos. Intenta imaginar las sonrisas que podrian esbozar en el futuro cuando crezcan y lleguen a ser adultos. ?Que clase de vida podrian tener? ?En que clase de personas se convertirian? ?Le robaras el futuro a uno de ellos, o a alguien como ellos, con tu empeno en aferrarte a los pocos y pateticos anos que te quedan?
– Hizo una pausa y luego, con la rapidez de una serpiente, le arrebato las fotografias de las manos-. Yo me las quedare -comento mientras volvia a guardarlas en el portafolios. Aparto la silla a la vez que dejaba caer un billete de cien dolares sobre el plato a medio comer-. Me has hecho perder el apetito -dijo-. Pero se que tu situacion financiera se ha deteriorado. Asi que invito yo.
Se volvio hacia la camarera, que estaba en una mesa cercana.
– ?Tienen pastel de chocolate? -pregunto.
– De queso con chocolate -respondio la mujer.
Virgil asintio.
– Traigale un trozo a mi amigo -pidio-. Su vida se ha vuelto amarga de repente y necesita algo dulce para superar los proximos dias.
Luego se giro y se marcho. Ricky se quedo solo. Cogio el vaso de agua y la mano le temblo, haciendo vibrar los cubitos.
Volvio a casa en la oscuridad creciente de la ciudad, en un aislamiento casi total.
El mundo a su alrededor parecia una desaprobacion llena de conexiones, un fastidio casi constante de gente que se encontraba con gente en la interaccion de la existencia. Sintio que era casi invisible a su paso por las calles de vuelta a casa. Casi transparente. Nadie que pasara a su lado a pie o en coche, ni una sola persona, repararia en el, en su vision del mundo. Su rostro, su aspecto, su ser, no significaban nada para nadie salvo para el hombre que lo acechaba. Y su muerte se habia convertido en algo de, y nunca mejor dicho, vital importancia para un familiar anonimo. Rumplestiltskin, y en su nombre Virgil y Merlin, y puede que otros personajes que todavia no conocia, eran puentes entre la vida y la muerte. Ricky tenia la impresion de haber entrado en el infierno que ocupaban las personas a las que un medico habia dado el peor diagnostico o a las que un juez habia fijado la fecha de su ejecucion, las pocas que conocian el dia de su muerte. Notaba una especie de nube de desesperacion suspendida sobre su cabeza. Recordo el famoso personaje de dibujos animados de su juventud, el fabuloso Joe Bilspk de Al Capp, condenado a caminar bajo una nube de lluvia personal de la que caian gotas de agua y relampagos alla donde fuera.
Las caras de los tres adolescentes de las fotografias eran como fantasmas para el: etereas, diafanas. sabia que tenia que rodearlos de sustancia para que le resultaran reales. Le hubiera gustado conocer sus nombres, y sabia tambien que tenia que tomar algunas medidas para protegerlos. Mientras fijaba sus caras en la memoria reciente, apreto el paso. Vio el aparato corrector en una sonrisa, la melena, el sudor del esfuerzo desinteresado, y a medida que veia cada fotografia con la misma claridad que cuando Virgil se las habia ensenado en el restaurante, sus musculos se tensaron y se dio mas prisa. Oia el repiqueteo de sus zapatos en la acera, casi como si el sonido procediera de algun lugar ajeno a su vida, hasta que reparo en que casi estaba corriendo. Algo se desato en su interior, y se dejo vencer por una sensacion que no reconocio, pero que para los que se apartaban a un lado para dejarlo pasar debia de parecer verdadero panico.
Ricky corrio, y el aire no le llegaba a los pulmones y le raspaba los labios. Una manzana despues de otra, sin detenerse para cruzar las calles y dejando a su paso un estallido de claxones de taxis y palabrotas, sin ver ni oir, con la cabeza llena solo de imagenes de muerte. No redujo la velocidad hasta que vio la entrada de su casa. Entonces se detuvo y se agacho para tomar aliento, con los ojos escocidos de sudor. Permanecio asi, intentando recobrarse durante lo que parecieron varios minutos, eliminandolo todo salvo el calor y el dolor muscular, sin oir otra cosa que su respiracion dificultosa.
«No estoy solo», penso cuando levanto por fin los ojos.
No era una sensacion distinta a la experimentada los ultimos dias al verse desbordado por esa misma ansiedad. Era casi previsible, basada solo en una brusca paranoia. Intento controlarse para no rendirse a la sensacion, casi como si no quisiera ceder a una pasion secreta, como el antojo de comer un dulce o las ganas de fumar. No fue capaz.
Se volvio rapidamente para descubrir a quien lo estuviera observando, aunque sabia que eso era inutil. Sus ojos volaron de los posibles sospechosos que paseaban sin prisas por la calle a las ventanas vacias de los edificios cercanos. Fue girando como si buscase algun movimiento delator que desenmascarase la persona encargada de vigilarlo, pero todas las posibilidades parecian remotas, escurridizas.
Observo su casa. Se le ocurrio que alguien la habia allanado en su ausencia. Virgil habia sido el cebo. Avanzo y se detuvo. Con un acopio de fuerza de voluntad, se obligo a controlar las emociones que se revolvian en su interior y se ordeno conservar la calma, concentrarse y estar atento. Inspiro hondo y se recordo que habia muchas probabilidades de que, en cuanto salia de su casa, con independencia del motivo, Rumplestiltskin o sus secuaces se colaran en ella. Esa vulnerabilidad no podia remediarse con una visita del cerrajero y habia quedado demostrada el otro dia, cuando se habia encontrado sin luces al llegar.
Tenia el estomago tenso, como un atleta al llegar a la meta.
Penso que todo lo que le habia pasado operaba a dos niveles.
Cada mensaje de Rumplestiltskin era a la vez simbolico y literal.
Su casa ya no era segura.
Inmovil en la calle, frente a la casa en que habia vivido la mayoria de su vida adulta, Ricky se sintio casi apabullado al darse cuenta de que quiza no quedara ningun rincon de su existencia en el que Rumplestiltskin no hubiera penetrado.
«Tengo que encontrar un lugar seguro», penso por primera vez.
Sin tener idea de donde podria descubrir tal sitio (si interna o externamente), subio los peldanos de la entrada.
Para su sorpresa, no habia ningun indicio de intrusion. La puerta no estaba entornada. Las luces iban bien. El aire acondicionado zumbaba de fondo. No tuvo la sensacion abrumadora de temor ni la intuicion de que hubiera entrado nadie. Cerro la puerta con llave con alivio. Sin embargo, el corazon le seguia palpitando y tenia el mismo temblor en las manos que habia notado antes en el restaurante, cuando Virgil se habia ido. Levanto una mano frente a la cara para comprobar la existencia de tics nerviosos, pero tenia el pulso enganosamente firme. Ya no se fiaba de eso; era casi como si pudiera notar que una flojedad se habia apoderado de sus musculos y tendones, y que en cualquier instante perderia el control.
El agotamiento alcanzaba hasta el ultimo rincon de su cuerpo con un martilleo terrible. Le costaba respirar, pero no entendia por que.
– Necesitas una buena noche de descanso -se dijo en voz alta, y reconocio el tono que usaria con un paciente dirigido a si mismo-. Tienes que dormir, pensar y avanzar.
Por primera vez se planteo coger el recetario y prescribirse algun medicamento que le ayudara a relajarse. Sabia que tenia que concentrarse y le parecia que eso le estaba resultando cada vez mas dificil. Detestaba las pastillas pero penso que, por esta vez, podia necesitarlas. Un antidepresivo. Un somnifero para descansar un poco. Y quizas unas anfetaminas para concentrarse por la manana y el resto de la semana hasta que se cumpliera el plazo de Rumplestiltskin.
Ricky tenia en el escritorio un vademecum que rara vez usaba y se dirigio hacia ahi con la idea de que la farmacia abierta veinticuatro horas que habia a un par de manzanas le mandara a casa lo que pidiera por telefono. Ni siquiera tendria que aventurarse a salir.
Sentado tras el escritorio, repaso con rapidez las entradas del vademecum y no tardo en decidir lo que
