llegue al centro de la ciudad. ?Entendido?

El tipo hizo un gesto de asentimiento y se subio a la furgoneta, Whitey y Sean se montaron en un coche patrulla y Whitey coloco el coche delante de la furgoneta. Empezaron a bajar la pendiente entre cintas policiales de color amarillo, y Sean se percato de que el sol empezaba a iniciar su descenso a traves de los arboles, revistiendo el parque de un color de orin dorado, y recubriendo las copas de los arboles de un tono rojizo brillante. Sean penso que si estuviera muerto esa seria una de las cosas que mas echaria de menos; los colores y el hecho de que pudieran surgir de la nada y causar sorpresa, a pesar de que tambien provocaban que uno se sintiera un poco triste, pequeno, como si no perteneciera a ese mundo.

La primera noche que Jimmy estuvo en la prision de Deer Island, se la paso toda la noche sentado, desde las nueve hasta las seis, preguntandose si su companero de celda querria ir a por el.

El tipo, llamado Woodrell Daniels, era un motorista de New Hampshire que una noche habia entrado en el estado de Massachusetts para traficar con metanfetamina; se habia detenido en varios bares a tomarse unos vasos de whisky antes de ir a dormir y habia acabado dejando ciego a un tipo con un palo de billar. Woodrell Daniels era un gran trozo de carne recubierto de tatuajes y de cicatrices de navaja, y, con los ojos puestos en Jimmy, solto una risa entre susurros que le atraveso el corazon como si fuera un tramo de tuberia.

– Ya te vere mas tarde -le dijo Woodrell cuando apagaron las luces-. Te vere mas tarde -repitio, y solto otra de sus risas susurrantes.

Asi pues, Jimmy permanecio despierto toda la noche, atento a cualquier crujido repentino en la litera que habia encima de el, a sabiendas de que tendria que lanzarse al cuello de Woodrell si llegaba el caso, y preguntandose si seria capaz de asestarle un buen punetazo sorteando los enormes brazos que tenia. «Golpeale en el cuello -se decia a si mismo-. Golpeale en el cuello, golpeale en el cuello, golpeale en el cuello… ?Dios mio, ahi viene!»

Pero solo era Woodrell dandose la vuelta mientras dormia, haciendo chirriar los muelles; el peso de su cuerpo hacia sobresalir el colchon hacia abajo, por encima de Jimmy, de tal manera que parecia la tripa de un elefante.

Esa noche Jimmy oyo todos los sonidos de la prision como si fuera una criatura viviente, un motor en marcha. Oyo como las ratas luchaban, masticaban y chirriaban con una desesperacion perturbada y estridente. Oyo susurros, lamentos, y los oscilantes chirridos de los muelles de los colchones, arriba y abajo, arriba y abajo. El agua goteaba, algunos hombres hablaban en suenos, y los zapatos de un guarda resonaban en un pasillo lejano. A las cuatro, oyo un grito, solo uno, que se apago con tanta rapidez que duro mas el eco y el recuerdo que el grito en si, y Jimmy, en aquel momento considero la posibilidad de coger su almohada de detras de la cabeza, subir a la litera de Woodrell Daniels y ahogarle, Sin embargo, tenia las manos demasiado humedas y pegajosas y, ademas, como iba el a saber si Woodrell estaba durmiendo de verdad o tan solo lo simulaba y quiza Jimmy no tuviera suficiente fuerza fisica para sujetar la almohada en el lugar adecuado mientras los robustos brazos de aquel hombre enorme se agitaban alrededor de su cabeza, le aranaban la cara, le arrancaban trozos de piel de las munecas y le hacian pedazos el cartilago del oido con punos de acero.

La ultima hora fue la peor. Una luz grisacea aparecio a traves de las gruesas y altas ventanas, y lleno el lugar de un frio metalico. Jimmy oyo que algunos hombres se despertaban y andaban con sigilo en sus celdas. Oyo toses roncas y asperas. Tuvo la sensacion de que la maquina estaba calentando motores, fria e impaciente por devorar, a sabiendas de que moriria sin violencia, sin el sabor a carne humana.

Woodrell bajo de la litera de un salto; el movimiento fue tan repentino que Jimmy ni siquiera tuvo tiempo de reaccionar. Cerro los ojos todo lo que pudo, intensifico el ritmo de su respiracion y espero a que Woodrell se acercara lo suficiente para poder darle un golpe en el cuello.

Sin embargo, Woodrell Daniels ni siquiera le miro. Cogio un libro de la estanteria de encima del fregadero, lo abrio mientras se ponia de rodillas y empezo a rezar.

Rezo y leyo pasajes de las cartas de Pablo y siguio rezando, y de vez en cuando aquella risa susurrante se le escapaba de la boca, pero sin IIegar a interrumpir el torrente de palabras, hasta que Jimmy se dio cuenta de que era una especie de emanacion incontrolable, parecida a Ios suspiros que la madre de Jimmy soltaba cuando el era mas joven. Con toda probabilidad Woodrell no se daba cuenta de que emitia los sonidos.

Cuando Woodrell se dio la vuelta y le pregunto si alguna vez habia considerado la posibilidad de aceptar a Cristo como su salvador personal, Jimmy supo que la noche mas larga de su vida habia llegado a su fin. El rostro de Woodrell emanaba la tipica luz de los condenados en busca de la salvacion, y era un resplandor tan evidente que Jimmy no comprendia como habia podido pasarlo por alto nada mas conocer al hombre.

Jimmy no podia creer la buena suerte que habia tenido; habia acabado en la guarida del leon, pero era un leon cristiano, y Jimmy aceptaria a Jesus, a Bob Hope, a Doris Day o a quienquiera que Woodrell adorara con su mente de devoto fervoroso, siempre que aquello significara que ese individuo extrano y musculoso no saliera de la cama en medio de la noche y se sentara junto a Jimmy durante las comidas.

– Una vez perdi el rumbo -le explico Woodrell Daniels a Jimmy-Pero, ahora, gracias a Dios, he encontrado el camino.

?Cuanta razon tienes, Woodrell!, estuvo a punto de decir en voz alta. Hasta ese dia, Jimmy consideraba la primera noche en Deer Island como punto de referencia para juzgar su grado de paciencia. Se decia a si mismo que podria seguir alli todo el tiempo que fuera necesario, un dia o dos, para obtener lo que deseaba, porque no habia nada que pudiera igualar esa primera noche tan larga en la que la maquinaria viviente de una prision retumbaba y jadeaba a su alrededor, mientras las ratas chillaban, los muelles de los colchones rechinaban, y los gritos morian tan pronto como nacian.

Hasta aquel dia.

Jimmy y Annabeth esperaban de pie junto a la entrada de la calle Roseclair del Pen Park. Se encontraban dentro del primer parapeto que los federales habian erigido en la carretera de acceso, pero fuera del segundo. Les ofrecieron tazas de cafe y sillas plegables para sentarse, y los agentes les trataron con amabilidad. Pero aun asi, tuvieron que esperar, y cada vez que pedian informacion, los rostros de los agentes se volvian petreos y tristes; se disculpaban y les aseguraban que no sabian nada mas de lo que sabia la gente que estaba en los alrededores.

Kevin Savage se habia llevado a Nadine y a Sara a casa, pero Annabeth se habia quedado alli. Estaba sentada junto a Jimmy con el vestido color lavanda que habia llevado en la ceremonia de Primera Comunion de Nadine, un acontecimiento que parecia haber sucedido semanas antes, y estaba tensa y en silencio desde la desesperacion de su esperanza. Esperanza de que lo visto por Jimmy en el rostro de Sean Devine fuera una mala interpretacion. Esperanza de que el coche abandonado de Katie y de que el hecho de que no hubiera aparecido en todo el dia no tuviera nada que ver con la presencia policial en Pen Park. Esperanza de que lo que ella tenia por cierto fuera, de algun modo, una mentira.

– ?Te traigo otro cafe? – le pregunto Jimmy.

No, estoy bien- le dedico una sonrisa fria y distante.

– ?Estas segura?

– Si.

Jimmy sabia que hasta que no viera el cuerpo, no la consideraria muerta. Asi era como habia racionalizado su propia esperanza en las horas que habian pasado desde que Chuck Savage y el fueran obligados a abandonar el lugar del crimen. Tal vez fuera una chica que se le pareciera. O existia la posibilidad de que estuviera en coma. O quiza estuviera atrapada en el espacio que habia detras de la pantalla y no pudieran sacarla de alli. Sufria, tal vez sufria mucho, pero estaba viva. Esa era la esperanza, tan fina como el pelo de un bebe, que albergaba, ante la falta de una confirmacion absoluta.

Y aunque sabia que era una tonteria, habia algo en Jimmy que le obligaba a aferrarse a esa esperanza.

– Lo que quiero decir es que nadie te ha comunicado nada en realidad -le habia dicho Annabeth al principio de su vigilia fuera del parque-, ?de acuerdo?

Nadie les habia dicho nada. Jimmy le acaricio la mano, sabiendo que el mero hecho de que les hubieran permitido pasar aquellas barreras policiales era toda la confirmacion que necesitaban.

Con todo, ese microbio de esperanza se negaba a morir hasta que no hubiera un cuerpo al que mirar y decir: «Si, es ella. Es Katie. Es mi hija».

Jimmy observo a los polis que se encontraban junto al arco de hierro forjado que cubria la entrada del parque. El arco era lo unico que quedaba de la carcel que habia existido en esos terrenos antes de que fuera un

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