– ?Hay una cafeteria en el deposito de cadaveres?

– Si, es un edificio muy grande.

– Me parece extrano -comento Jimmy, con un tono de voz carente de color-. ?Crees que cuando los patologos entran alli, todo el mundo va a sentarse al otro lado de la sala?

Sean se pregunto si Jimmy estaria en las fases iniciales de una conmocion y le respondio:

– No lo se, Jim.

– Senor Marcus -dijo Whitey-, teniamos la esperanza de poder hacerle algunas preguntas. Ya se que es un momento muy duro, pero…

Jimmy volvio a cubrir el rostro de su hija con la sabana, y a pesar de que movio los labios, de su boca no salio ningun sonido. Miro a Whitey como si le sorprendiera verlo en la sala, con el boligrafo sobre su libreta de notas. Volvio la cabeza y miro a Sean.

– ?Te has parado a pensar alguna vez como una decision sin importancia puede cambiar totalmente el rumbo de tu vida? -le pregunto Jimmy.

Sean sosteniendole la mirada, inquirio:

– ?En que sentido?

El rostro de Jimmy estaba palido e inexpresivo, con los ojos vueltos hacia arriba como si intentara recordar donde habia dejado las llaves del coche.

– Una vez me contaron que la madre de Hitler estuvo a punto de abortar, pero que cambio de opinion en el ultimo momento. Tambien me contaron que el se marcho de Viena porque no podia vender sus cuadros. Ya ves, Sean, si hubiera vendido un cuadro o su madre hubiera abortado, el mundo seria un lugar muy diferente, ?comprendes? O por ejemplo, digamos que pierdes el autobus por la manana y, mientras te tomas la segunda taza de cafe, te compras un boleto de rasca y gana, que va y sale premiado. De repente ya no tienes que coger el autobus. Puedes ir al trabajo en un Lincoln. Pero tienes un accidente de coche y te mueres. Y todo eso porque un dia perdiste el autobus.

Sean miro a Whitey y este se encogio de hombros.

– ?No! -exclamo Jimmy-. ?No lo hagas! No me mires como si pensaras que estoy loco. Ni estoy loco ni estoy en estado de shock.

– De acuerdo, Jimmy.

– Lo unico que quiero decir es que hay hilos, ?vale? Hay hilos en nuestras vidas. Si uno estira de uno de ellos, todo lo demas se ve afectado. Imaginemos que hubiera llovido en Dallas y que Kennedy no hubiese podido ir en su descapotable. O que Stalin hubiera seguido en el seminario. O que tu y yo, Sean, hubieramos subido a aquel coche con Dave Boyle.

– ?Que? -pregunto Whitey-. ?Que coche?

Sean hizo un gesto con la mano a Whitey para que le dejara proseguir y anadio:

– Ahi me he perdido, Jimmy.

– ?De verdad? Si hubieramos subido al coche, nuestra vida habria sido muy diferente. Marita, mi primera mujer y la madre de Katie, era una belleza. Parecia un miembro de la realeza. Ya sabes como son algunas mujeres Iatinas, maravillosas. Y ella lo sabia. Si un tipo se le queria acercar mas le valia tener un buen par de cojones. Y yo los tenia. A los dieciseis anos, era el rey del barrio. No le tenia miedo a nada. Asi pues me acerque a ella y la invite a salir. Un ano mas tarde, ?santo cielo, solo tenia diecisiete anos, era un nino!, nos casamos y ella ya estaba embarazada de Katie.

Jimmy caminaba alrededor del cuerpo de su hija, formando circulos lentos y regulares.

– La cuestion es, Sean, que si nos hubieramos subido a ese coche y se nos hubieran llevado quien sabe donde, y hubieramos tenido que aguantar durante cuatro dias todo lo que aquellos jodidos lunaticos hubieran deseado hacernos cuando tan solo teniamos… ?que, once anos?, no creo que hubiera sido tan osado a los dieciseis. Creo que habria acabado como un caso desahuciado y me habrian atiborrado de tranquilizantes. Se que nunca habria tenido lo que hacia falta para pedir relaciones a una mujer tan bella y tan arrogante como Marita. Y por lo tanto, nunca habriamos tenido a Katie. Y entonces nunca la habrian asesinado. Pero lo han hecho. Todo porque no nos subimos a aquel coche, Sean. ?Entiendes lo que te quiero decir?

Jimmy miro a Sean como si esperara una confirmacion, pero Sean no tenia ni idea del tipo de confirmacion que queria oir. Parecia necesitar que le perdonaran, que le absolvieran por no haber subido al coche cuando era nino y por haber engendrado a una criatura que habia sido asesinada.

A veces, mientras hacia footing, Sean se encontraba volviendo por la calle Gannon, y se quedaba de pie en el mismo trozo de calle en que el, Dave Boyle y Jimmy habian rodado por los suelos, antes de percatarse de que habia un coche esperandoles. De vez en cuando, Sean aun era capaz de recordar el olor de manzanas que emanaba de aquel coche. Y si volvia la cabeza con mucha rapidez, aun alcanzaba a ver a Dave Boyle en el asiento trasero de aquel coche, mientras que este alcanzaba la esquina, con la cabeza vuelta hacia ellos, atrapado y alejandose de su vista.

Hacia unos diez anos, un dia que habia salido de borrachera con unos amigos y que Sean tenia todo el cuerpo lleno de bourbon, se puso filosofico, y penso que tal vez habian subido realmente al coche. Los tres juntos. Y que lo que consideraban que en aquel momento era su vida era tan solo un sueno. Que todos ellos eran, en realidad, tres ninos, de once anos encerrados en un sotano, imaginandose en que se habrian convertido si hubieran conseguido escapar.

Lo importante de esa idea era que, aunque Sean se imaginaba que solo era consecuencia de una noche de borrachera, se le habia quedado clavada en el cerebro, como una piedra en la suela del zapato.

Por lo tanto, de vez en cuando se encontraba frente a su antigua casa de la calle Gannon, vislumbrando fugazmente por el rabillo del ojo al Dave Boyle que desaparecia de su vista, y con el olor a manzanas inundandole la nariz, y pensaba: «No. Vuelve».

Levanto los ojos y vio la mirada dolorida de Jimmy. Deseaba decirle algo. Queria contarle que el tambien habia pensado que habria sido de ellos si se hubieran subido al coche. Que el pensamiento de lo que podria haber sido su vida a veces le obsesionaba, girando a su alrededor, flotando en el aire como el eco de un nombre que se pronuncia desde una ventana. Queria decir a Jimmy que aquel sueno que habia tenido, en el que la calle le asia los pies y estiraba de el hacia la puerta abierta, aun le hacia sudar de tanto en tanto. Deseaba hacerle saber que en realidad aun no habia sabido que hacer con su vida desde aquel dia, que era un hombre que a menudo se sentia ligero con su propia ingravidez, con la naturaleza insustancial de su caracter.

Pero estaban en un deposito de cadaveres, con la hija de Jimmy tumbada en medio de ambos, en una camilla de metal, y el boligrafo de Whitey preparado sobre la libreta; asi pues, lo unico que Sean fue capaz de responder al suplicante rostro de Jimmy fue: «Venga, Jim. Vamos a tomarnos ese cafe».

Segun Sean, Annabeth Marcus era una mujer increiblemente fuerte. Estaba sentada alli, una tarde de domingo, en una fria cafeteria municipal, con ese caracteristico olor a celofan recalentado y empanado, siete plantas mas arriba de un deposito de cadaveres, hablando de su hijastra con unos distantes representantes de la ley; Sean se dio cuenta de que por muy dolorosa que le resultara la situacion, ella no se desmoronaria. Tenia los ojos rojos, pero a los pocos minutos, Sean tuvo la certeza de que no lloraria. Al menos delante de ellos. De ninguna de maneras.

Mientras hablaban, se quedo sin aliento varias veces. Se atragantaba a media frase, como si un puno le atravesase serpenteando por el pecho y le presionara los organos. Se colocaba la mano sobre el pecho, abria la boca un poco mas, y esperaba a tener suficiente oxigeno para continuar,

– El sabado despues de trabajar en la tienda, llego a casa a las cuatro y media.

– ?De que tienda se trata, senora Marcus?

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