mentiras cuatro veces seguidas;,despues Whitey llevo a Sean a su casa y le dijo que intentara dormir un poco, porque se tendrian que levantar temprano. Sean entro en su piso vacio, oyo el estruendo del silencio que la impregnaba, y sintio como el peso de demasiada cafeina y de comida rapida le bajaba por la columna vertebral. Abrio la nevera, saco una cerveza, y se sento en la encimera de la cocina a bebersela; el ruido y las luces de la noche le resonaban por todo el cerebro, y le hicieron preguntarse si ya se habia vuelto demasiado viejo para todo aquello, si ya estaba demasiado cansado de la muerte, de motivos tontos y de pervertidos estupidos, y de la sensacion de agobio que todo ello le producia.
Sin embargo, ultimamente, se habia sentido cansado en general. Cansado de la gente. Cansado de los libros, de la television, de las noticias de cada noche y de las canciones de la radio que ya habia oido anos atras y que ya ni siquiera entonces le habian gustado. Estaba cansado de su ropa y de su pelo, cansado de la ropa y del pelo de la otra gente. Estaba cansado de desear que las cosas adquirieran algun sentido. Cansado de la politica de oficina, y de quien jodia a quien, tanto en el sentido literal como en el figurado. Habia llegado a un punto en el que estaba convencido de que ya habia oido con anterioridad todo lo que la gente decia sobre cualquier tema; tenia la sensacion de pasar los dias escuchando antiguas versiones de cosas que, en su momento, ya no le habian parecido nuevas.
Tal vez solo estuviera cansado de la vida, del gran esfuerzo que le suponia levantarse cada maldita manana y empezar otro dia igual al anterior, sin que nada, a excepcion del tiempo y de la comida, cambiara. Demasiado cansado para preocuparse por una chica muerta, porque muy pronto habria otra. Y otra. Y mandar a los asesinos a la carcel, aunque uno consiguiera que les condenaran a cadena perpetua, ya no le producia el nivel adecuado de satisfaccion, pues al fin y al cabo, regresaban a sus hogares, al lugar al que habian encaminado sus vidas ridiculas y estupidas; aun asi, los muertos seguian estando muertos. y tampoco habia cambiado nada para la gente a la que habian robado y violado.
Se preguntaba si aquella apatia generalizada y la hastiada falta de esperanza serian los tipicos sintomas de una depresion clinica.
Si, Katie Marcus estaba muerta. Una tragedia. En teoria lo entendia, pero era incapaz de sentirlo. Solo era un cadaver mas, otra luz fundida.
Y su matrimonio, tambien. ?Que era sino un monton de cristales rotos? ?Por el amor de Dios! La amaba, pero eran lo mas opuesto que pueden llegar a ser dos personas que se consideren miembros de la misma especie. A Lauren le interesaban las obras de teatro, los libros y las peliculas que el no llegaba a entender, tuvieran o no subtitulos. Ella era locuaz, emotiva, y le encantaba ensartar palabras que formaban vertiginosas filas que se elevaban hasta formar una especie de torre de palabras que Sean solo llegaba a comprender a medias.
La habia visto por primera vez en el escenario de la universidad, representando el papel de una chica abandonada en una farsa adolescente; nadie en el publico ni por un segundo hubiera pensado que algun hombre pudiese renunciar a una chica tan llena de energia, tan apasionada por absolutamente todo: experiencias, anhelos, curiosidad. Ya entonces hacian una pareja muy rara. Sean era tranquilo, practico y reservado, a no ser que estuviera con ella; en cambio, Lauren era la hija unica de unos padres mayores liberales y progres que la habian paseado por todo el mundo mientras trabajaban para el Cuerpo de la Paz, y que le habian infundido la necesidad de ver, tocar y examinar lo mejor que habia en cada persona.
Encajaba muy bien en el mundo del teatro: primero, como actriz en la universidad; despues, como directora de teatros locales y alternativos y, al cabo de un tiempo, como directora de escena de espectaculos mas grandes e itinerantes. Pero no eran los viajes lo que hacia que su matrimonio no acabara de funcionar. ?Que caramba! Sean ni siquiera estaba seguro de las causas, aunque suponia que tenia algo que ver con sus silencios, con aquel desprecio que, poco a poco, todos los polis acababan por desarrollar: en realidad, era un desprecio hacia la gente, una incapacidad para creer en causas mas elevadas y en el altruismo.
Los amigos de Lauren, que tiempo atras le habian parecido fascinantes, empezaban a parecerle infantiles, inmersos en teorias artisticas y filosofias poco practicas, muy alejadas del mundo real. Sean pasaba muchas noches en ruedos de hormigon azul en los que la gente robaba, violaba y asesinaba sin otra razon que el deseo vehemente de hacerlo, para luego tener que soportar fiestas nocturnas de fin de semana y oir como todos aquellos modernos (su mujer incluida) se pasaban la noche hablando sobre los motivos que llevaban al ser humano a pecar. Los motivos eran bien sencillos: la gente era estupida. Chimpances. Mucho peor que los chimpances porque estos no se mataban entre ellos por un boleto de loteria.
Ella le decia que se estaba volviendo muy duro, intratable, limitado en su forma de pensar. y el no le respondia, porque no habia nada que discutir. Lo que realmente importaba no era si se habia convertido en todo aquello, sino saber si habia cambiado para bien o para mal.
Sin embargo, se habian amado. A su manera, lo seguian intentando: Sean intentaba romper su caparazon y Lauren hacia un esfuerzo por entrar en el. Fuera lo que fuera que hubiera entre dos personas, la necesidad absoluta y quimica de estar junto al otro nunca habia desaparecido. Jamas.
Con todo, tal vez deberia haberse dado cuenta de que ella tenia un lio. Quiza lo hizo. Pero no fue ese lio lo que realmente le preocupo, sino el embarazo que vino a continuacion.
?Mierda! Se sento en el suelo de la cocina, en la ausencia de su mujer, se cubrio la frente con las palmas de las manos y, por enesima vez en ese ano, intento ver con claridad por que su matrimonio se iba a pique. Lo unico que alcanzo a ver fueron los fragmentos y los cristales rotos, esparcidos a traves de las salas de su mente.
Cuando sono el telefono supo de algun modo (antes incluso de levantarlo de la encimera y apretar la tecla de «contestar») que era ella.
– Aqui Sean.
Al otro lado de la linea, oyo el estruendo apagado de un trailer que avanzaba poco a poco y el suave
– ?Lauren! -exclamo-. ?Ya se que eres tu!
Alguien que tintineaba unas llaves paso por delante de la cabina telefonica.
– Lauren, di alguna cosa.
El trailer puso la primera marcha y, a medida que atravesaba el aparcamiento, el ruido del motor fue cambiando.
«?Como esta? -estuvo a punto de decir Sean-. ?Como esta mi hija?», en ese momento aun no sabia si era suya. Solo tenia la certeza de que era de Lauren. Asi pues, repitio: «?Como esta?».
El camion puso la segunda marcha, y el crujido de los neumaticos sobre la grava se hizo cada vez mas distante a medida que se iba hacia la salida de la zona de servicios y hacia la carretera.
– Esto me hace demasiado dano -declaro Sean-. ? Podrias dignarte a hablarme?
Recordo lo que Whitey habia dicho a Brendan Harris sobre el amor, como a la mayoria de la gente ni siquiera le sucedia una vez, y se imagino a su mujer alli de pie, viendo alejarse el camion, con el telefono junto al oido, pero apartado de la boca. Era una mujer alta y delgada, con el pelo color rojo cereza. Cuando se reia, se tapaba la boca con los dedos. En la universidad, una vez habian cruzado el campus bajo la lluvia y se habian resguardado debajo de la arcada de la biblioteca, donde ella le habia besado por primera vez; cuando le habia tocado la nuca con su mano mojada, algo se habia aflojado en el pecho de Sean, algo que habia permanecido encerrado e inerte desde hacia tanto tiempo que ni siquiera lo recordaba. Ella le dijo que su voz era la mas bonita que habia oido, y que tenia la cadencia del whisky y del humo del bosque.
Desde que se habia marchado, el ritual habitual consistia en que el hablaba hasta que ella decidia colgar. Nunca habia pronunciado palabra alguna, ni una sola vez en todas aquellas llamadas telefonicas que habia recibido desde que ella le dejara; llamadas que hacia desde areas de descanso, moteles y polvorientas cabinas dispuestas a lo largo de los arcenes de las carreteras aridas que habia desde alli hasta la frontera con Mexico y de nuevo al volver hacia alli. y a pesar de que solo consistia en un suave zumbido de una linea silenciosa, siempre sabia que era ella la que llamaba. Podia sentirla a traves del telefono. A veces podia incluso olerla.
Las conversaciones, si se podian llamar asi, a veces duraban hasta quince minutos, dependiendo de las ganas que el tuviera de hablar; sin embargo, esa noche Sean tenia un agotamiento general y, ademas, estaba cansado de echar tanto de menos a una mujer que habia desaparecido una manana en la que estaba embarazada de siete meses, y harto de que sus sentimientos por ella fueran los unicos sentimientos que le quedaban por nada.
– Esta noche no puedo -confeso Sean-. Estoy cansado a mas no poder, sufro, y tu ni siquiera me dejas oir tu voz.
