en el rostro de Ferguson. Bajo los ojos hacia el arma como un nino pillado en plena travesura.

Brown advirtio que se habia caido al suelo, pues estaba cubierto de barro. Hinco una rodilla en el suelo y apunto con su revolver.

Ferguson hizo una mueca. Luego parecio encogerse de hombros. Despues levanto las manos en gesto de rendicion.

El teniente respiro hondo y en su cabeza oyo una cacofonia de voces que le pedian cosas contradictorias: voces que clamaban deber y responsabilidad y voces que exigian venganza. Alzo la mirada hacia Ferguson y recordo sus palabras: «Volvere a quedar libre otra vez.» Y esas palabras se unieron al tumulto y las turbulencias que oia en su interior, reverberando como un trueno en la distancia. La disonancia lo ensordecio tanto que apenas oyo la detonacion de su propio revolver y solo supo que habia disparado por el temblor que sintio en el puno.

Los disparos impactaron en Robert Earl Ferguson, lanzandolo contra unos matorrales espinosos. Por un instante su cuerpo se retorcio de dolor y confusion. La incredulidad cruzo su mirada y se dispuso a negar con la cabeza, pero el movimiento quedo interrumpido en el instante en que la muerte congelo la sorpresa de su rostro.

Los minutos transcurrian inexorables.

Brown permanecio de rodillas frente al cuerpo del asesino, tratando de recomponerse. Lucho contra una mareante sensacion de vertigo seguida de nauseas. Cuando se recupero, espero a que se le calmara el corazon e inspiro la primera bocanada de aire de la que fue consciente desde que habia comenzado la persecucion.

Miro los ojos ciegos de Ferguson.

– ?Ves? -le dijo con amargura-. Te equivocabas.

Los pensamientos se agolpaban en su mente mientras contemplaba absorto el cadaver y el revolver caido a su lado. Aquella arma le resultaba tan familiar como la voz y la risa de su companero. Sabia que Ferguson solo podia haber obtenido el revolver de un modo y eso le produjo tristeza y dolor.

– Querias matarme con el arma de mi companero, hijo de puta, pero ella se nego a hacerlo, ?verdad? -dijo en voz alta.

Se fijo en las manchas de sangre que el cadaver tenia en la pierna, que indicaban donde le habia dado el disparo fortuito de Cowart. No podria haber llegado muy lejos con esa herida, al menos no hasta la libertad. Aquel disparo al azar del periodista lo habia matado tanto como las dos balas de Brown.

El teniente se apoyo el revolver contra la frente, como quien se coloca un cubo de hielo para aliviar un dolor de cabeza. Su mente no le daba tregua; se volvio hacia Ferguson y le pregunto: «?Que clase de alimana eras tu?», como si el cadaver pudiera responder. Luego se dio la vuelta y emprendio el camino de regreso hacia donde habia dejado a Cowart y Shaeffer. Volvio la vista atras una vez, solo para cerciorarse de que Ferguson no se habia movido, para confirmar que continuaba muerto en los zarzales, como si no confiara en que la muerte fuera definitiva.

Camino despacio, consciente por primera vez de que el dia se habia aduenado del bosque. Los rayos de sol atravesaban la techumbre de ramas e iluminaban el camino. Eso le provoco una ligera incomodidad. De pronto preferia la penumbra.

Tardo unos minutos en llegar al pequeno claro donde Cowart se habia quedado con Shaeffer.

El periodista se habia quitado la chaqueta para cubrir a la detective, que habia palidecido y temblaba a pesar de que el calor apretaba cada vez mas. La sangre que le brotaba del codo herido habia empapado el torniquete. Estaba consciente y se esforzaba por no perder el conocimiento.

– He oido disparos -dijo Cowart-. ?Que ha pasado?

Brown suspiro.

– Ha escapado -respondio.

– Que ha… ?pero como! -exclamo Cowart.

– Hay que atraparlo -farfullo Shaeffer, removiendose de rabia y dolor, al borde de la inconsciencia.

– Se metio en el agua -respondio Brown-. Lo intente desde lejos, pero…

– Pero ?como que se escapo? -insistio Cowart con incredulidad.

– Desaparecio. Se adentro en la cienaga. Ya les dije lo que ocurriria si se metia ahi. Nunca lo encontraremos.

– Pero yo le di -replico Cowart-. Estoy seguro.

El teniente no respondio.

– Le di -insistio el periodista.

– Si, usted le dio -murmuro Brown.

– ?Como? ?Que? ?Como…? -empezo Cowart, pero se interrumpio y miro fijamente al policia.

Brown aparto la vista, incomodo ante el escrutinio del periodista. Luego se recompuso y dijo:

– Tiene que llevarse a Shaeffer de aqui. La herida no es muy grave, pero necesita atencion inmediata.

– ?Y usted?

– Yo voy a echar otro vistazo. Despues regresare con ustedes.

– Pero…

– Cuando lleguemos a Pachoula presentaremos cargos. Lo introduciremos en la base de datos nacional e implicaremos al FBI. Usted vayase a escribir su articulo.

Cowart continuaba mirandolo fijamente, tratando de leer entre lineas en sus palabras.

– Se ha escapado -repitio Brown con frialdad.

Y entonces Cowart lo comprendio. En su interior se desato una lucha entre el miedo y la ira. Miro enfurecido al policia.

– Lo ha matado -susurro-. Yo oi los disparos.

El teniente no dijo nada.

– Usted lo ha matado -repitio el periodista.

Brown nego con la cabeza, pero dijo:

– Debe entender una cosa, Cowart: si Ferguson aparece muerto en el pantano, nunca se sabra nada. Ni de Wilcox ni de los demas. Todo acabara aqui y nadie volvera a interesarse por Ferguson. Solo se preocuparan por usted y por mi: un policia que buscaba una venganza personal y un periodista que intentaba salvar su carrera. Nadie querra que le hablen de sospechas, ni de teorias o pruebas contaminadas. Lo unico que preguntaran es por que vinimos aqui y matamos a un hombre. Un hombre inocente, ?recuerda? Un hombre inocente. Pero si el se da a la fuga…

Cowart le clavo la mirada y penso: «Se ha acabado, pero en cierto modo nunca acabara.» Dio un hondo suspiro y acabo el razonamiento del teniente:

– El que huye siempre es culpable. Un hombre culpable.

– Exacto.

– Y entonces todo continuara. La gente seguira buscando respuestas…

– Y usted y yo se las daremos, ?no es asi? -Cowart cogio aire con un gesto dolorido-. Pero Ferguson esta muerto. Usted lo mato…

Brown lo miro.

– Y yo tambien lo mate… -continuo el periodista, y titubeo antes de anadir lo obvio-: Nosotros lo matamos. - Volvio a respirar hondo.

Un torbellino de pensamientos se agolpo en su cabeza. Vio a Ferguson y recordo la risa de Sullivan al preguntarle «?Acaso lo he matado a usted, Cowart?»; respondio «No» con la esperanza de estar en lo cierto; luego se le arremolinaron los recuerdos de su familia, de su hija, de la nina asesinada, de las ninas desaparecidas y de todo cuanto habia sucedido. Penso: «Esto es una pesadilla. Di la verdad y seras castigado; miente y se hara justicia.» Le parecia estar cayendo al vacio, como si sus manos se hubieran soltado de la escarpada pared de un acantilado; un acantilado que el mismo habia decidido escalar. Hizo acopio de fuerzas y se imagino que clavaba un piolet en la roca y lograba detener la caida. «Puedes vivir con ello, aunque solo», se dijo. Miro a Tanny Brown, que estaba agachado, examinando el vendaje ensangrentado de Andrea Shaeffer, y entonces se dio cuenta de que se equivocaba. La pesadilla seria compartida. Se fijo en Shaeffer y penso: «Al menos su herida cicatrizara.»

– Se ha escapado -dijo finalmente.

Tanny Brown se limito a mirarlo.

– Si, teniente, se ha escapado por la cienaga. Vuelva alli y eche un vistazo, pero no creo que lo encuentre. Lo

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