Una cosa mas. No solo soy inocente de los cargos que se me imputan, sino que ademas le puedo dar el nombre del asesino.

A la espera de su respuesta,

ROBERT EARL FERGUSON

N.° 212009

Prision estatal de Florida

Starke, Florida

Cowart tardo unos instantes en asimilar el contenido de la carta. La releyo varias veces, intentando ordenar sus impresiones. Era evidente que el hombre sabia expresarse, que era culto y educado, pero los presos que se declaraban inocentes, en especial los del corredor de la muerte, eran la norma mas que la excepcion. Siempre se habia preguntado por que la mayoria de los hombres, incluso en la hora de su muerte, se aferran a un halo de inocencia. Era comprensible en el caso de los peores psicopatas, asesinos en serie que respetan tan poco la vida humana que matarian a alguien antes de hablar con el, pero que, en un careo, mantendrian ese halo si no se les convence de que mas les vale confesar. Era como si la palabra tuviera un significado diferente para ellos, como si de la lista de horrores que habian provocado hicieran borron y cuenta nueva.

La idea le hizo recordar los ojos de un muchacho. Los ojos habian sido parte importante en muchas de sus pesadillas.

Se habia hecho tarde, y en Miami la noche daba lentamente paso a una sofocante madrugada de verano, cuando habia recibido aquella llamada que lo hizo ir a una casa a solo diez o doce manzanas de la suya. El redactor jefe, ronco por la hora intempestiva y harto del trabajo, lo enviaba a presenciar un espectaculo aterrador.

Aquello sucedio cuando todavia trabajaba en la seccion local como periodista de sucesos, lo cual implicaba cubrir sobre todo noticias de asesinatos. Habia llegado al lugar de los hechos y se habia pasado una hora merodeando fuera del cordon policial, esperando a que algo ocurriera, escrutando en la oscuridad un cuidado chalet de una sola planta con el cesped bien cortado y un BMW nuevo aparcado a la entrada del garaje. Era una casa de clase media, propiedad de un joven ejecutivo y su esposa. Veia a la policia cientifica, a varios detectives y personal medico forense dentro de la casa, pero no lograba dilucidar que habia ocurrido. Toda la zona estaba iluminada por las luces de la policia, que disparaban haces de rojo y azul en todas direcciones y parecian hacerse mas densas con la humedad. Los pocos vecinos que habian salido de sus casas coincidian al describir a la pareja que vivia en la casa: amables y simpaticos, pero reservados. Se trataba de una letania con la que todos los periodistas estaban familiarizados; de las victimas de asesinato siempre se decia que eran personas reservadas, lo fueran o no. Era como si los vecinos necesitaran desvincularse rapidamente de cualquier horror caido del cielo.

Por fin, vio que Vernon Hawkins abandonaba la casa por una puerta lateral. El viejo detective fue esquivando las luces de la policia y las camaras de television hasta arrimarse a un arbol, como si estuviera agotado.

Conocia a Hawkins desde hacia anos, gracias a docenas de noticias. El veterano detective siempre habia sentido especial simpatia por Cowart; le habia dado chivatazos en repetidas ocasiones, le habia revelado informacion confidencial y explicado detalles secretos, y tambien le habia dejado entrar en la vida inexorablemente peligrosa de un detective de homicidios. Cowart consiguio colarse por debajo de la cinta amarilla que acordonaba la zona y se acerco al detective. El hombre fruncio el entrecejo, luego se encogio de hombros y le indico que se sentara.

El detective encendio un cigarrillo. Despues, por un instante, clavo la mirada en el resplandeciente cielo.

– Esto es un crimen -dijo con una risa compungida-. Me estan matando. Solian hacerlo poco a poco, pero me hago viejo y el ritmo se va acelerando.

– ?Y por que no lo dejas? -pregunto Cowart.

– Porque es lo unico de este mundo que me saca el olor a decrepitud de las narices. -Dio una larga calada y la brasa ilumino las arrugas en su rostro. Tras un momento de silencio, se volvio hacia Cowart-: Bueno, Matty, ?que te trae por aqui una noche como esta? Deberias estar en casa con tu encantadora mujer.

– Vamos, Vernon.

El detective sonrio y recosto la cabeza en el arbol.

– Acabaras como yo, sin otra cosa que hacer por la noche que acudir a la escena del crimen.

– Vete al infierno, Vernon. ?Que puedes decirme del interior de la casa?

El detective solto una laconica risa.

– Un tipo desnudo y con el cuello cortado. Una mujer desnuda y con el cuello cortado. Ambos en la cama. Y sangre por toda la jodida casa.

– ?Y?

– Tenemos al sospechoso.

– ?Quien es?

– Un adolescente. Un fugitivo de Des Moines al que las victimas recogieron esta misma noche. Habian ido a dar una vuelta en coche hasta Fort Lauderdale, y alli lo encontraron. Luego se montaron un trio. El unico inconveniente fue que, despues de pasar un buen rato, el chico decidio que no tendria suficiente con sus cien pavos. Ya sabes, vio el coche, un buen vecindario y todo lo demas. Discutieron. El muchacho saco una navaja, un arma estupenda. El primer tajo atraveso la yugular del hombre… -De repente rasgo la oscuridad con un rapido movimiento-. Caes fulminado. La sangre borbotea un par de veces y ya esta; te mantienes vivo lo suficiente para ser consciente de que te mueres. Una manera cruel de morir. La mujer empezo a chillar, claro, y echo a correr. Pero el chico la agarro del pelo, la tumbo hacia atras, y ?bingo! Algo rapido, solo le dio tiempo a gritar una vez mas. Pero, mira por donde, esta vez alerto al vecino que nos llamo; un tipo con insomnio que habia salido a pasear con su perro. Detuvimos al chico cuando se disponia a marchar. Estaba cargando el coche con el equipo de musica, la television, ropa y todo lo que podia. Iba todo ensangrentado.

Echo un vistazo al otro lado del patio y anadio con expresion ausente:

– Matty, segun Hawkins, ?cual es el primer mandamiento de la calle?

Cowart sonrio en la oscuridad. A Hawkins le gustaba hablar con maximas.

– El primer mandamiento, Vernon, es nunca te busques problemas, porque los problemas llegan cuando quieren.

El detective asintio.

– Un muchacho encantador. Un muchacho psicopata realmente encantador. El dice que no tiene nada que ver.

– Joder.

– No es tan extrano -prosiguio el detective-. Quiero decir, que a lo mejor el chico culpa al senor ejecutivo y a su esposa por lo ocurrido. Si ellos no hubieran intentado enganarle, ya sabes a que me refiero.

– Pero…

– Ningun remordimiento. Ni una pizca de compasion, ni un atisbo de humanidad. Es solo un chico. Me ha contado lo ocurrido. Y anadio: «Yo no hice nada. Soy inocente. Quiero un abogado.» Estabamos alli de pie, con sangre por todas partes, y dice que no ha hecho nada. Supongo que es porque le trae sin cuidado, vaya. Por el amor de Dios…

Se echo hacia atras, abatido y exhausto.

– ?Sabes cuantos anos tiene el muchacho? -agrego-. Quince. Los cumplio hace un mes. Deberia estar en casa, pensando en el acne, las chicas y los deberes del cole. Seguro que tambien es un delincuente juvenil; me apuesto la casa. -Cerro los ojos y suspiro-. Yo no hice nada. Yo no hice nada… Mierda. -Le enseno la mano-. Mira esto. Tengo cincuenta y nueve putos anos, estoy a punto de jubilarme, y creia que ya habia visto y oido de todo.

La mano le temblaba. Cowart vio como se movia a la luz de las intermitentes luces de la policia.

– ?Sabes? -dijo Hawkins mientras se miraba la mano-, me estoy endureciendo tanto que ya no quiero oir nada mas. Casi preferiria emprenderla a tiros con un maldito chalado que oir a un solo tipo mas hablando de algo terrible como si no tuviera importancia. Como si no fuera una vida lo que ha segado, sino el envoltorio de un caramelo que ha arrugado y tirado al suelo. Como si en vez de culpable de asesinato en primer grado, lo fuera de arrojar basura. -Se volvio hacia Cowart-. ?Quieres verlo?

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