– Si, senoria. Solo un par de preguntas. Detective Wilcox, ?ha tenido ocasion de tomar declaracion a personas que hayan confesado haber cometido un crimen?

– Si, muchas veces.

– ?Y cuantas veces ha sido desechada como prueba?

– Ninguna.

– ?Protesto! ?Irrelevante!

– Ha lugar. Continue, por favor.

– Solo para asegurarme, detective Wilcox, ?afirma usted que el senor Ferguson acabo confesando veinticuatro horas despues de su detencion?

– Correcto.

– Y el abofeteo tuvo lugar…

– Tal vez en los cinco primeros minutos.

– ?Hubo algun otro maltrato fisico al senor Ferguson?

– Ninguno.

– ?Amenazas verbales?

– Tampoco.

– ?Otra clase de amenazas?

– No.

– Gracias. -El fiscal se sento.

Wilcox bajo del estrado y cruzo la sala con una furibunda mirada hasta pasada la camara, momento en el que sonrio.

El teniente Brown fue el siguiente en subir al estrado. Tomo asiento en silencio, relajado, con la calma aparente de alguien acostumbrado a ocupar aquel sitio.

Cowart escucho con atencion lo que el teniente explico sobre la dificultad que entranaba aquel caso, y lo de que el coche habia sido la primera y unica pista que pudieron seguir. Describio a Ferguson como un hombre nervioso, inquieto y evasivo cuando habian llegado a la cabana de su abuela. Dijo que sus movimientos habian sido bruscos y se habia negado a explicar por que estaba lavando el coche con tanto esmero, o a justificar razonablemente donde estaba el trozo de alfombrilla que faltaba. Anadio que su crispacion fisica le habia hecho sospechar que Ferguson ocultaba algo. Luego admitio que al detenido lo habian abofeteado dos veces. Nada mas.

Sus palabras fueron un calco de las de su colega.

– El detective Wilcox lo golpeo dos veces con la mano abierta y con suavidad -aseguro-. Despues el detenido le mostro mas respeto. Pero yo, personalmente, me disculpe con el, e insisti en que el detective Wilcox hiciera lo mismo.

– ?Y que efecto tuvieron esas disculpas?

– Parecio relajarse. No parecia que el senor Ferguson diera demasiada importancia a aquellas bofetadas.

– Ya. Pero ahora han cobrado importancia, ?no es asi, teniente?

Brown arrugo la frente antes de responder:

– Asi es, abogado. Ahora tienen importancia.

– Y huelga decir que usted nunca saco un arma durante el interrogatorio para encanonar a mi cliente, ?no?

– No, senor.

– ?Nunca lo amenazo de muerte?

– No, senor.

– Por lo que a usted respecta, ?su declaracion fue totalmente voluntaria?

– Correcto.

– Teniente, pongase en pie, por favor.

– ?Perdon, senor?

– Pongase en pie y de un paso al frente.

Brown lo hizo. El abogado cogio una silla de su mesa y se le acerco.

– Sientese, por favor -le pidio al teniente.

El fiscal se levanto.

– Senoria, no veo motivo para esta demostracion.

El juez dirigio la mirada hacia el camara de television, que se habia vuelto para enfocar al detective.

– De acuerdo. Pero empiece de una vez.

– Ahora pongase en pie, teniente.

Brown se incorporo con soltura en el centro de la sala, con las manos a la espalda, esperando.

Black se volvio hacia Ferguson y asintio.

Entonces este se puso en pie y salio de detras de la mesa de la defensa. Se acerco al teniente lo suficiente para que se apreciara la diferencia de tamano entre ambos. Luego volvio a su silla. El resultado fue inmediato: Brown parecia empequenecer a Ferguson.

– Al verle sentado en la sala de interrogatorios, solo y esposado, ?no penso que el senor Ferguson temia por su vida?

– No.

– ?No? Gracias. Por favor, vuelva al estrado.

Cowart sonrio. «Un poco de teatro para la prensa», penso. Esa era la escena que divulgarian todos los informativos: el corpulento detective al lado de un hombre menudo y de menor estatura. No ejerceria influencia alguna en la decision del juez, pero indicaba que Roy Black actuaba para otros publicos aparte del presente.

– Pasemos a otra cuestion, teniente.

– Muy bien.

– ?Recuerda la ocasion en que le entregaron un cuchillo que fue descubierto en una alcantarilla a cinco o seis kilometros de la escena del crimen?

– Si.

– ?Como llego hasta usted ese cuchillo?

– Lo encontro el senor Cowart, del Miami Journal.

– ?Y que revelo el examen de ese cuchillo?

– La hoja coincidia con algunos de los cortes profundos que presentaba el cadaver de la nina.

– ?Algo mas?

– Si. En el analisis microscopico de la hoja y el mango se hallaron pequenas particulas de sangre.

Cowart se irguio. Aquello era nuevo.

– ?Y cuales fueron los resultados de esos examenes?

– El grupo sanguineo coincidia con el de la victima.

– ?Quien realizo esas pruebas?

– Los laboratorios del FBI.

– ?Y a que conclusion llego usted?

– Ese cuchillo pudo haber sido el arma homicida.

Cowart tomo notas freneticamente, igual que el resto de periodistas.

– ?De quien era ese cuchillo, teniente?

– No hemos podido averiguarlo. No se encontraron huellas dactilares y tampoco marcas que lo identificaran.

– Bueno, ?y como supo el periodista donde localizarlo?

– Ni idea.

– ?Conoce usted a un hombre llamado Blair Sullivan?

– Si. Es un asesino en serie.

– ?Fue alguna vez sospechoso en este caso?

– No.

– ?Y ahora lo es?

– No.

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