– ?Algo mas, senor Black? -inquirio el juez.
– Si, senor. Un ultimo testigo. La defensa llama al estrado al senor Norman Sims.
Un hombre mas bien menudo de pelo color arena, con gafas y un traje poco favorecedor, cruzo la sala y tomo asiento en el banquillo de los testigos.
– Senor Sims -pregunto Black-, ?puede identificarse ante el tribunal, por favor?
– Me llamo Norman Sims. Soy ayudante de superintendencia en la prision estatal de Starke.
– ?Y cuales son sus funciones?
El hombre titubeo.
– ?Quiere que diga todo lo que hago alli?
Black nego con la cabeza.
– Perdone, senor Sims. Reformulare la pregunta: ?su trabajo incluye revisar y censurar el correo que entra y sale del corredor de la muerte?
– No me gusta esa palabra…
– ?Censurar?
– Si. Yo me ocupo de inspeccionar el correo, senor. De vez en cuando tenemos razones para interceptar algo. Suele ser contrabando. Dejo que todo el mundo escriba lo que quiera.
– Pero en el caso del senor Blair Sullivan…
– Ese es un caso especial, senor.
– ?Por que?
– Escribe cartas obscenas a los familiares de sus victimas.
– ?Y que hace usted con esas cartas?
– Bueno, intento ponerme en contacto con las personas a las que van dirigidas las cartas. Si lo logro, los pongo al corriente y les pregunto si quieren leerlas. Procuro hacerles saber lo que contienen. La mayoria no quiere ni verlas.
– Muy bien. Digno de admiracion, incluso. ?Sabe el senor Sullivan que usted le intercepta el correo?
– Lo desconozco. Es posible. Parece estar al tanto de todo lo que sucede en prision.
– Digame, ?ha interceptado alguna carta en las ultimas tres semanas?
– Si, senor.
– ?Y a quien iba dirigida esa carta?
– A un tal senor George Shriver de aqui, de Pachoula.
Black le enseno una hoja con el brazo en alto.
– ?Es esta la carta?
El superintendente la observo atentamente.
– Si, senor. En el margen superior lleva mis iniciales, y un sello. Tambien puse una nota que hace referencia a la conversacion que mantuve con los Shriver. Cuando les dije a grandes rasgos que ponia la carta, no quisieron saber nada de ella, senor.
Black entrego la carta al secretario del tribunal, que la marco como prueba, y luego se la devolvio. Se interrumpio cuando empezaba a formular una pregunta. Entonces volvio la espalda al juez y al testigo y se acerco a la balaustrada de la sala, donde los Shriver estaban sentados. Cowart lo oyo susurrar: «Voy a hacerle leer la carta en voz alta. Puede ser un golpe duro. Lo siento. Si desean irse, les guardaremos el sitio para cuando vuelvan.»
La sencillez de sus palabras, tan ajena al tono firme de sus preguntas, sorprendio a Cowart, que vio como los Shriver asentian.
Entonces el hombre se puso en pie y cogio a su mujer de la mano. Mientras se marchaban, la sala guardo silencio. Sus pasos resonaron levemente y las puertas chirriaron al cerrarse tras ellos. Black los siguio con la mirada y permanecio unos segundos mas en silencio. Luego asintio ligeramente con la cabeza y dijo.
– Por favor, senor Sims, leanos la carta.
El testigo se aclaro la garganta y se volvio hacia el juez.
– Es un poco desagradable, senoria. No se…
El juez lo interrumpio.
– No se preocupe. Leala.
El testigo inclino ligeramente la cabeza y se ajusto las gafas. Leyo con voz acelerada, llena de verguenza al pronunciar las obscenidades.
– «Senor y senora Shriver: siento no haberles escrito antes, pero he estado muy ocupado preparandome para morir. Solo queria que supieran lo maravilloso que fue follarme a su pequena. Meter y sacar la polla de su cono era como recoger cerezas una manana de verano. El suyo era el conito virginal mas sabroso que he probado. Pero aun mejor que follarmela fue verla morir: el cuchillo hundiendose en su tierna carne como si fuese un melon… Eso es exactamente lo que era, una fruta. Por desgracia, ahora esta podrida e incomible. Echarle un polvo ahora seria algo terriblemente pervertido, ?no? Estaria verdosa y llena de gusanos despues de tanto tiempo bajo tierra. Una lastima. Pero tengan la seguridad de que fue bonito mientras duro…» -Levanto la vista hacia la defensa-. Firmada: «Su buen amigo, Blair Sullivan.»
Black miro el techo para permitir que aquel espanto se desvaneciera un poco. Luego pregunto:
– ?Ha escrito a los familiares de otras victimas?
– Si, senor. A casi todos los parientes de todas las personas que asesino.
– ?Escribe con regularidad?
– No, senor. Solo cuando parece venirle la inspiracion. La mayoria de las cartas son incluso peores que esta. A veces es aun mas detallista.
– Me lo imagino.
– Si, senor.
– No hay mas preguntas.
El fiscal se puso lentamente en pie. Sacudio la cabeza.
– Veamos, senor Sims, ?en esa carta Blair Sullivan reconoce expresamente haber asesinado a Joanie Shriver?
– No, senor. Dice lo que he leido. No dice expresamente que la haya matado… no, senor; pero sin duda eso es lo que parece decir.
El fiscal sintio flaquear sus fuerzas. Fue a formular otra pregunta, pero cambio de idea.
– Nada mas -dijo.
Sims abandono la sala caminando a paso ligero. Los Shriver regresaron pasados un par de minutos. Cowart vio que tenian los ojos enrojecidos de llorar.
– Ahora oire los alegatos -dijo el juez Trench.
Ambos abogados fueron muy breves, lo cual sorprendio a Cowart. Sus argumentos eran previsibles. El periodista procuraba tomar notas, pero no podia evitar desviar la mirada hacia aquellos padres desolados en la primera fila. Se fijo en que no se giraban para observar a Ferguson, sino que mantenian la mirada al frente, clavada en el juez, con la espalda rigida y los hombros ligeramente inclinados hacia el, como si lucharan contra el embate de un vendaval.
Cuando los letrados hubieron terminado, el juez hablo severamente.
– Quiero ver citaciones de ambas partes. Me pronunciare despues de revisar la jurisprudencia. Se aplaza la vista hasta dentro de una semana. -Se levanto bruscamente y salio por una puerta en direccion a su despacho.
Cuando el publico se puso en pie, hubo un momento de confusion. Cowart vio que Ferguson le estrechaba la mano al abogado y luego seguia a los guardias hacia la puerta que conducia a los calabozos del juzgado. Se volvio y vio a los Shriver rodeados de periodistas, forcejeando para avanzar por el pasillo y salir de la sala. En el mismo instante vio que Roy Black hacia senas al fiscal, quejandose de los problemas que estaba teniendo la pareja. La senora Shriver levantaba el brazo como para protegerse del aluvion de preguntas que le llovia. George Shriver rodeaba a su esposa con un brazo y tenia la cara congestionada. Al cabo de un rato Boylan se acerco a ellos y, como un barco que cambiara de direccion en alta mar, los condujo en la direccion opuesta, rumbo a la puerta del despacho del juez. Cowart oyo decir a un fotografo que iba junto al fiscal: «No se preocupe, tengo la foto.» Cowart sintio un extrano malestar.
Oyo voces alrededor: un camara entrevistaba a Black, deslumbrandolo con el resplandor de un foco.
