– Pero ?no estaba en el condado de Escambia cuando se cometio el crimen?

Brown titubeo antes de responder:

– Si, estaba.

– ?Sabe usted que el senor Sullivan dijo al senor Cowart donde encontrar ese cuchillo?

– Lo lei en el periodico. Pero yo no lo se. No llevo el control de lo que publica la prensa.

– Por supuesto. ?Ha intentado entrevistarse con el senor Sullivan, en relacion con este caso?

– Si. Se nego a cooperar.

– ?Exactamente en que terminos se nego a cooperar?

– Se burlo de nosotros y no quiso prestar declaracion.

– Bien, ?y que dijo exactamente cuando se nego a declarar? ?Como fue eso?

El detective apreto los dientes y fulmino al abogado con la mirada.

– Responda a la pregunta, teniente.

– Lo entrevistamos en su celda de la prision estatal de Starke. El detective Wilcox y yo le explicamos por que estabamos alli y le leimos sus derechos. El se bajo los pantalones, nos enseno las nalgas y dijo: «Me niego a responder a sus preguntas, y me baso en que mis respuestas podrian resultar incriminatorias.»

– Quinta Enmienda de la Constitucion.

– Si, senor.

– ?Cuantas veces lo repitio?

– No lo se. Al menos una docena.

– ?Y lo decia con un tono normal?

Brown cambio de postura, mostrandose incomodo por primera vez. Cowart lo observo y vio que se debatia en su fuero interno.

– No, senor. No hablaba con tono normal.

– Entonces diganos como, teniente.

El detective fruncio el entrecejo.

– Canturreaba. Primero en una especie de tono cantarin, como un nino; despues, cuando nos ibamos, a grito pelado.

– ?Canturreaba?

– Asi es -respondio Brown-. Y se reia.

– Gracias, teniente.

Brown bajo del estrado con los punos apretados y toda la sala vio que estaba furioso. No obstante, la imagen que quedo flotando en la tensa atmosfera de la sala fue la del asesino en su celda, entonando su negativa a cooperar como un ruisenor enjaulado.

El ayudante del forense hizo una breve declaracion que corroboro los detalles del cuchillo ya mencionados por Brown. Luego le llego el turno a Ferguson. A Cowart le llamo la atencion la confianza con que el reo cruzo la sala, tomo asiento y se encorvo ligeramente, como al acecho. Ferguson hablaba en voz baja, y respondia firme pero a la vez quedamente, como intentando pasar inadvertido en el estrado. Se expresaba de manera correcta y pausada.

«Bien ensayado», penso Cowart.

Recordo la descripcion de Ferguson en el juicio condenatorio, moviendo los ojos nerviosamente como en busca de un lugar donde ocultarse de los hechos relatados por los testigos. Esta vez era distinto. Garrapateo una nota en su libreta para no olvidar senalar esa diferencia.

Presto atencion a la pericia con que Black conducia a Ferguson por el crucial capitulo de la confesion forzada. Ferguson relato la paliza que habia recibido y la amenaza con pistola. Luego paso a describir su encierro en la celda del corredor de la muerte y la posterior llegada de Blair Sullivan a la contigua.

– ?Y que le dijo el senor Sullivan?

– Protesto, senoria. Infundada. -La voz del fiscal era firme y petulante-. Solo puede referir lo que el mismo dijo o hizo.

– Se acepta.

– Muy bien -respondio Black con soltura-. ?Mantuvo usted una conversacion con el senor Sullivan?

– Si.

– ?Y cual fue el resultado?

– Me enfureci e intente golpearlo. Luego nos trasladaron a diferentes secciones de la prision.

– ?Que accion emprendio con motivo de aquella conversacion?

– Escribi al senor Cowart, del Miami Journal.

– ?Y que fue lo ultimo que le dijo?

– Le dije que Blair Sullivan habia matado a Joanie Shriver.

– ?Protesto!

– ?Que alega? -El juez alzo la mano-. Prosiga, abogado. Para eso estamos aqui. -Hizo a la defensa un gesto afirmativo con la cabeza.

Por un instante, Black se quedo con la boca entreabierta, como tanteando las corrientes de viento de la sala; de hecho, casi como si pudiera intuir u oler como le iban a ir las cosas.

– No tengo mas preguntas por el momento.

El joven fiscal hizo uso de su turno, claramente contrariado.

– ?Que pruebas tiene usted para demostrar que esta historia es cierta?

– Ninguna. Solo se que el senor Cowart hablo con el senor Sullivan y que luego fue y descubrio el cuchillo.

– ?Espera usted que este tribunal crea que un hombre confeso la autoria de un crimen en una celda de prision?

– Ha ocurrido en otras ocasiones.

– No me vale esa respuesta.

– A mi si.

El fiscal lo fulmino con la mirada.

– Asi pues, cuando usted confeso haber matado a Joanie Shriver, ?tambien decia la verdad?

– No.

– Pero usted estaba bajo juramento, ?no es asi?

– Si.

– Y sabia que le esperaba la pena de muerte si se probaba que usted habia cometido ese crimen, ?verdad?

– Si.

– Y entonces, con la intencion de salvar el pellejo, mintio. Contradictorio, ?no cree?

La pregunta quedo flotando en el aire y Ferguson echo una mirada rapida a Black, que le respondio con una leve sonrisa de complicidad y asintiendo casi imperceptiblemente con la cabeza.

«Sabian que esto iba a ocurrir», penso Cowart.

Ferguson respiro hondo.

– Y ahora estaria dispuesto a mentir para salvar la vida, ?verdad, senor Ferguson? -volvio a preguntar el fiscal son firmeza.

– Si -contesto Ferguson-, lo haria.

– Gracias -dijo Boylan, recogiendo una pila de documentos.

– Pero ahora no estoy mintiendo -anadio Ferguson cuando el fiscal se volvia hacia su asiento, obligandolo a detenerse con torpeza.

– ?Ahora no esta mintiendo?

– No, senor.

– ?Aun cuando su vida depende de ello?

– Mi vida depende de la verdad, senor Boylan.

Parecio que el fiscal iba a abalanzarse sobre Ferguson, pero se contuvo en el ultimo momento.

– En efecto -dijo con sarcasmo-. No hay mas preguntas.

Mientras Ferguson volvia a la mesa de la defensa hubo un silencio.

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