– ?Todavia cree que Ferguson mato a su hija? ?Y que me dice de Sullivan? ?Que me dice de la carta que les envio?
– A estas alturas ya no se que creer. Me temo que mi esposa y yo estamos tan confusos como el que mas. Pero ?sabe?, en lo mas hondo de mi corazon sigo creyendo que lo hizo Ferguson. Jamas olvidare el aspecto que tenia en el juicio.
La senora Shriver trajo un vaso de agua con hielo a su marido. Echo un vistazo a Cowart, con una especie de curiosidad mezclada con ira.
– Lo que no entiendo -dijo- es por que tuvimos que volver a pasar por todo esto. Primero usted, luego sus colegas de la television y la prensa. Fue como si la asesinaran de nuevo, una y otra vez. Llego un momento en que ya no podia encender la television, por miedo a ver su fotografia alli de nuevo. No es que la gente nos lo recordara constantemente; es que nosotros no queriamos olvidar. Pero todo se enredo de una manera incomprensible para mi. Era como si lo unico que importara fuera lo que ese Ferguson decia y lo que ese Sullivan decia, lo que ambos hacian y todo eso; cuando lo unico importante era que me habian robado a mi pequena. Y eso nos dolio, ?sabe, senor Cowart? Nos dolio y aun sigue doliendo, muchisimo. -La mujer sollozaba al hablar, pero las lagrimas no empanaron la claridad de su voz.
Su marido respiro hondo y bebio un largo sorbo de agua.
– Claro que no lo culpamos a usted, senor Cowart -dijo, e hizo una pausa-. Bueno, que diablos, tal vez un poco. No puedo evitarlo, pero pienso que algo ha fallado en el sistema. No es culpa suya, supongo. No tiene la culpa de nada. Como le he dicho antes, era un caso fragil. Tanto que se vino abajo.
El hombreton tomo a su esposa de la mano y, dejando la segadora y a Matthew Cowart en el patio delantero, regresaron a la casa.
Cuando hablo con Ferguson, se vio abrumado por la euforia que rezumaba. Hacia pensar que estaban muy cerca, no que hablaban por telefono separados por cientos de kilometros.
– No sabe cuanto se lo agradezco, senor Cowart. Esto no habria ocurrido sin su ayuda.
– Si que habria ocurrido, tarde o temprano.
– No, senor. Usted fue quien movio todos los hilos. De no haber sido por usted, seguiria en el corredor.
– ?Que va a hacer ahora?
– Tengo planes. Pienso hacer algo con mi vida. Acabar la universidad, tener una profesion. Si, lo conseguire. -Hizo una pausa y luego anadio-: Ahora soy libre para hacer lo que quiera.
La frase le sonaba de algo, pero Cowart no supo precisarlo.
– ?Como van las clases? -pregunto.
– He aprendido mucho. -Rio laconicamente-. Tengo la impresion de que se mucho mas que antes. Si, ahora todo es diferente. Me ha servido de algo.
– ?Va a quedarse en Newark?
– No estoy seguro. Este lugar es incluso mas frio de como lo recordaba. Creo que deberia regresar al Sur.
– ?A Pachoula?
Ferguson vacilo un momento.
– Lo dudo. Mi presencia en ese lugar no fue grata despues de salir del corredor. La gente se quedaba mirandome, cuchicheando a mis espaldas. Muchos me senalaban con el dedo. No podia ir a la tienda sin ver un coche patrulla al salir. Era como si me vigilaran, a la espera de que diese un paso en falso. Llevaba a mi abuela a la misa del domingo y las cabezas se volvian nada mas entrar por la puerta. Intente conseguir un trabajo, pero en cada lugar al que iba acababan de ocupar el puesto vacante un par de minutos antes, tanto si el encargado era negro como si era blanco. Todos me miraban como si fuese una especie de demonio suelto. Pero Florida es grande, senor Cowart. De hecho, el otro dia una iglesia de Ocala me pidio que fuese a hablarles de mis experiencias. Y no es la primera vez que me pasa. Hay muchos lugares en los que no me consideran un perro rabioso. A lo mejor Pachoula es la unica excepcion. Y eso no cambiara mientras Tanny Brown siga alli.
– ?Tendre noticias suyas?
– Claro -respondio Ferguson.
A finales de enero, casi un ano despues de haber recibido la carta de Ferguson, Matthew Cowart obtuvo un premio de la Asociacion de Prensa de Florida por sus articulos. Y a este siguio un premio de la Escuela de Periodismo Penney-Misuri y otro Ernie Pyle de Scripps-Howard.
Al mismo tiempo, el Tribunal Supremo de Florida ratifico la condena y sentencia de Blair Sullivan, de quien Cowart recibio otra llamada a cobro revertido.
– ?Cowart? ?Esta usted ahi?
– Estoy aqui.
– ?Se ha enterado del fallo del tribunal?
– Si. ?Que piensa hacer ahora? Tiene que hablar con un abogado. ?Por que no llama a Roy Black?
– ?Le parece que soy un hombre sin recursos? -Se echo a reir-. ?Un pobre pirado? Es broma. ?Que le hace pensar que no cumplire con mi palabra?
– No se. Tal vez ahora crea que vale la pena vivir.
– Su vida no es la mia.
– Ya -admitio el periodista.
– Y su futuro tampoco es el mio. Quiza piense que no tengo mucho futuro, pero se sorprendera.
– Eso espero.
– ?Sabe una cosa, Cowart? Lo mas gracioso es que me lo estoy pasando muy bien.
– Me alegro.
– ?Y quiere que le diga otra cosa? Pues que volveremos a hablar. Cuando se acerque la hora.
– ?Le han dado ya una fecha?
– No. No entiendo por que tarda tanto el gobernador.
– ?En verdad quiere morir, Sullivan?
– Tengo planes, Cowart. Grandes planes. La muerte es solo una pequena parte de ellos. Volvere a llamar.
Sullivan colgo y Cowart reprimio un escalofrio. Penso que era como hablar con un cadaver.
El 1 de abril, Matthew Cowart recibio el Premio Pulitzer por su destacada cobertura de las noticias locales.
En los viejos tiempos en que los teletipos repiqueteaban en un incesante torrente de palabras, los periodistas se congregaban ritualmente el dia de la entrega de los premios, esperando a que los teletipos trajeran los nombres de los ganadores. La Associated Press y la United Press International solian competir por ver cual de las dos lograba transmitir con mas rapidez los nombres de los ganadores. Los viejos teletipos estaban equipados con campanillas que sonaban cuando llegaba una gran noticia, de manera que se producia un repique casi religioso cuando se daban los nombres de los ganadores. Tenia un halo de romanticismo observar como aquel aparato anunciaba los nombres laureados mientras redactores y periodistas despotricaban o aplaudian. Luego todo esto fue desplazado por la transmision instantanea a traves de lineas informaticas. Ahora los nombres aparecian en las ubicuas pantallas que salpicaban la moderna sala de redaccion. Sin embargo, los aplausos y los grunidos eran los mismos.
Aquella tarde, Cowart habia asistido a un congreso sobre gestion de recursos hidraulicos. Cuando entro en la redaccion, toda la plantilla se levanto para aplaudirlo.
Un fotografo le saco una instantanea mientras le entregaban un vaso con champan y lo empujaban hacia un ordenador para que el mismo leyera las palabras que habia en pantalla. Eran las felicitaciones del director ejecutivo y el redactor jefe. Will Maftin dijo:
– Yo ya lo sabia.
Recibio una avalancha de llamadas de enhorabuena. Tambien lo llamo Roy Black, asi como Ferguson, con quien hablo solo un momento. Y Tanny Brown telefoneo para decirle enigmaticamente: «Bueno, me alegra que alguien se haya beneficiado de todo esto.» Su ex mujer tambien llamo, llorosa de dicha: «Sabia que lo lograrias», dijo. De fondo, Cowart oyo el llanto de un bebe. Su hija chillaba de contenta cuando se puso al telefono, sin
