entender del todo lo que habia ocurrido aunque entusiasmada de todos modos. Lo entrevistaron en tres canales de television local y recibio la llamada de un agente literario, que le propuso que escribiese un libro. El productor que habia comprado los derechos de la biografia de Ferguson tambien llamo.

– ?Senor Cowart? Soy Jeffrey Maynard. Trabajo para la productora Instacom. Estamos deseando rodar una pelicula basada en todo el trabajo que usted ha hecho. -Su voz sonaba nerviosa y entrecortada, como si cada segundo que pasara estuviera lleno de oportunidades desaprovechadas y dinero perdido.

Cowart respondio lentamente:

– Lo siento, senor Maynard, pero…

– No me falle, senor Cowart. ?Que tal si cojo un vuelo a Miami y hablamos? O, mejor aun, venga usted. Nosotros le pagamos el billete, claro.

– No creo que pueda…

– Dejeme decirle una cosa, senor Cowart: hemos hablado con casi todos los jerifaltes, y estamos muy interesados en adquirir los derechos mundiales de su historia. Hablamos de una considerable suma de dinero, y tal vez de la oportunidad que estaba esperando para dejar el periodismo.

– Yo no quiero dejar el periodismo.

– Pensaba que todos los periodistas querian dedicarse a otra cosa.

– Pues ya ve que no es asi.

– Vale, pero me gustaria que nos viesemos.

– Lo pensare, senor Maynard.

– ?Me llamara?

– Por supuesto.

Cowart colgo sin ninguna intencion de llamarlo. Regreso al entusiasmo que invadia la redaccion, para beber champan de un vaso de plastico y disfrutar de las felicitaciones que recibia; el peso de las palmaditas en la espalda y las exclamaciones de jubilo anestesiaban la confusion y los interrogantes.

Pero aquella misma noche, de regreso a casa, se sintio solo.

Entro en su apartamento y penso en Vernon Hawkins, su amigo detective, que habia vivido en soledad con sus recuerdos y su tos perruna. Intento imaginarse a su amigo felicitandolo, y se dijo que Hawkins habria sido el primero en llamarlo, el primero en descorchar una botella de champan de las caras. Pero la imagen no acudia a su mente. Solo lograba recordar al agonizante detective acostado en una cama del hospital, farfullando en medio de aquella neblina de oxigeno y medicamentos:

– ?Cual es el decimo mandamiento de la calle, Matty?

El habia contestado:

– Por Dios, Vernon, no lo se. Descansa un poco.

– El decimo mandamiento es: las cosas nunca son lo que parecen.

– Vernon, ?que cono significa eso?

– Significa que estoy perdiendo la cabeza. Llama a la enfermera, no a la vieja, a la tia buena. Dile que necesito una inyeccion; no importa de que mientras me frote el culo un par de minutos antes de ponermela.

Cowart recordo haber llamado a la joven enfermera y haber visto que Hawkins reia como un atolondrado mientras le ponian la inyeccion, hasta caer en un profundo sueno.

«He ganado, Vernon. Al final lo consegui», le dijo mentalmente. Echo un vistazo al ejemplar de la primera edicion que llevaba bajo el brazo. La fotografia y la cronica quedaban por encima del pliegue: «Galardonado con el Pulitzer el periodista que escribio sobre el corredor de la muerte.»

Se paso casi toda la noche contemplando el techo, mientras la euforia jugueteaba con la duda, hasta que el entusiasmo del premio disipo todas sus preocupaciones y se quedo dormido, drogado con su dosis de exito.

Dos semanas mas tarde, mientras Matthew Cowart seguia en la cresta de la euforia, le llego una segunda noticia: el gobernador habia firmado la orden de ejecucion de Blair Sullivan. Seria en la silla electrica la medianoche del septimo dia a contar desde el siguiente a la notificacion.

Se barajo la posibilidad de que Sullivan evitara la silla si presentaba un recurso de amparo; de hecho, el gobernador mismo lo reconocio al firmar la orden. Pero no hubo ninguna reaccion por parte del preso.

Paso un dia. Luego dos, tres y cuatro. Justo cuando Cowart se sentaba a su mesa de trabajo la manana del quinto dia desde la rubrica de la orden de ejecucion, sono el telefono.

Era el sargento Rogers, desde prision.

– ?Cowart? ?Es usted, amigo?

– Si, sargento. Esperaba su llamada.

– Bueno, se acerca el dia, ?no? -Era una pregunta que no requeria respuesta.

– ?Como esta Sullivan?

– Amigo, ?alguna vez ha ido a las vitrinas de los reptiles en el zoo? ?Ha contemplado las serpientes? No se mueven demasiado, solo los ojos, que lo captan todo. Pues asi esta Sully. Se supone que debemos vigilarlo, pero es el el que nos observa como a la espera de algo. Esta no es como las anteriores ejecuciones que he visto.

– ?Que suele ocurrir?

– En general, el lugar se convierte en un hervidero de abogados, sacerdotes y manifestantes. Todo el mundo esta comunicado, acuden corriendo a diferentes jueces y tribunales, se encuentran con fulano y mengano y hablan sobre esto y lo otro. Luego esta el factor tiempo. Y otra cosa: cuando el estado se dispone a ajusticiar a alguien, el condenado nunca pasa por el trance en completa soledad. La familia, las almas caritativas y otras personas le hablan sobre Dios y justicia y demas, hasta que al pobre le estallan los oidos. Eso es lo normal. Pero esto no es normal. A Sully nadie viene a verlo. Esta solo. Yo aun espero que estalle, tan ensimismado se le ve.

– ?Apelara?

– Dice que no.

– ?Usted que cree?

– Es un hombre de palabra.

– ?Y que dicen los demas?

– Bueno, aqui todos coinciden en que se rendira, tal vez en el ultimo momento, y le pedira a alguien que apele y se quedara a disfrutar de sus diez anos de apelaciones. Las ultimas apuestas son de diez contra cincuenta a que acabara yendo a la silla. Yo tambien aposte algun dinero a esa opcion. En cualquier caso, eso es lo que cree el representante del gobernador. De todos modos, la hora se acerca. Lo cual esta muy bien.

– Por Dios, sargento.

– Ya. Ultimamente tambien oigo hablar mucho de el.

– ?Como van los preparativos?

– Bueno, la silla funciona bien; la probamos esta misma manana. Lo freira en un santiamen, no lo dude. Por cierto, lo trasladaran a una celda incomunicada veinticuatro horas antes. El pedira el menu que quiera, como manda la tradicion. No le rapamos la cabeza ni llevamos a cabo ningun otro preliminar hasta un par de horas antes. Mientras tanto, procuramos que todo sea lo mas normal posible. Los otros tipos del corredor se inquietan mucho; no les gusta ver que un companero se rinde, ?sabe? Cuando Ferguson salio en libertad, a muchos les sirvio de inspiracion, les dio esperanzas. Ahora Sully los tiene cabreados y nerviosos. No se lo que pasara.

– Veo que esto le afecta bastante.

– Sin duda. No obstante, a mi solo me corresponde una parte del trabajito.

– ?Sully ha hablado con alguien?

– No. Por eso lo llamo.

– ?Que pasa?

– Quiere verlo. En persona. Tan pronto sea posible.

– ?A mi?

– Exacto. Supongo que quiere compartir con usted esta pesadilla. Lo ha puesto en su lista de testigos.

– ?Y eso que es?

– ?Usted que cree? Los invitados del estado y de Blair Sullivan a la fiesta de despedida.

– ?Quiere que presencie la ejecucion?

– Exacto.

– Pero… no se si…

– ?Por que no se lo pregunta usted mismo? Senor Cowart, comprendera que no queda mucho tiempo.

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