desde una cabina publica. En su fuero interno, Boris se puso tenso. Era buen deportista, poseia vigor fisico, durante muchos anos habia practicado varias modalidades de atletismo. Debil e indeciso en su vida personal, en la misma medida se mostraba audaz y seguro de si mismo en todo lo relacionado con la resistencia fisica. No obstante, el animo le flaqueaba.
La puerta del ascensor se cerro con un chasquido apenas audible. Y casi en seguida sono el timbre de la puerta. Boris salio al recibidor con pasos suaves y se incrusto en la pared, junto a la percha, escondiendose de la vista del que pudiera entrar. Un nuevo timbrazo estallo justo encima de la cabeza del pintor ensordeciendole. Otro. Y otro. Y al fin se oyo el castanetazo de la llave introducida en la cerradura.
La puerta se abrio lentamente, alguien entro en el piso y encontro a tientas el interruptor. Se oyo un tenue clic pero la luz no ilumino el recibidor. El intruso pulso el interruptor varias veces mas pero el recibidor continuo oscuro como boca de lobo. Avanzo con movimientos cautelosos, tanteando el camino, hacia el salon, y en este momento Boris, cuyos ojos se habian adaptado ya a la oscuridad, se le echo encima bruscamente y le tumbo al suelo. El intruso no pudo ni gritar de la sorpresa. Se derrumbo encima de la alfombra, protegiendose la cabeza con las manos instintivamente. Kartashov, con sus dos metros de estatura y un centenar largo de kilos de peso, le aplasto clavandole la rodilla en el espinazo y retorciendole los brazos detras de la espalda.
– ?Quien eres? ?Quien te ha dado las llaves de mi piso? -inquirio amenazador.
El intruso intento soltarse y el anfitrion no tuvo mas remedio que asestarle un par de guantazos a base de bien. Boris era un luchador experto, sabia como habia que pegar para causar el maximo de dolor sin danar los organos vitales. Muy pronto, la capacidad de resistencia del desconocido se vio reducida a nada. Boris le levanto como un saco lleno de trapos, le sento en un sillon y le quito los finos guantes de cabritilla de las manos inertes, en las que coloco un vaso lleno de un liquido incoloro. Finalmente, encendio la luz.
Su visita era un joven de unos veintidos o veintitres anos, de pelo cortado al estilo militar, cara simpatica aunque algo estropeada por unos ojos demasiado hundidos bajo las cejas y musculatura espectacular. «Un tarzan, este esta hecho un tarzan», lo catalogo para sus adentros Kartashov, palpando con los ojos el cuerpo del muchacho alla donde la chaqueta, desabrochada, dejaba ver el torso cenido por un cisne de punto fino.
El tarzan sorbio el liquido del vaso y se atraganto.
– Pero si es vodka -ronqueo lamiendose el labio ensangrentado.
– ?No me digas? -se refocilo Boris-. Venga, bebetelo; lo que no mata engorda.
El joven intento levantarse del sillon pero el dueno del piso le metio un expeditivo punetazo en la boca que le obligo a volver a tomar asiento.
– ?Que tal? ?Cuando piensas pedirme disculpas?
– Oye, tio, perdona -balbuceo el joven-, he metido la pata. Me habian dicho que no estarias en casa. Te he llamado por telefono y, luego, a la puerta. Crei que no estabas de veras. Pero ?toma!, si estabas.
– ?Ay, que disgusto tan grande! Me has llamado por telefono, me has llamado hasta que las llamadas empezaron a salirte por las orejas, y yo, canalla de mi, me permito estar en casa. Y no me escondo de una femina, tenlo en cuenta. Bien pues, ?que vamos a hacer, campeon de llamadas? ?Avisamos a la policia o charlamos aqui nosotros solitos?
– Oye, tio, la policia no nos hace falta, ?vale? No te he robado nada. Por tu parte, ya me has puesto la cara como un mapa, asi que creo que estamos empatados.
– ?Quien te ha dado las llaves?
– Las compre.
– ?A quien?
– ?Como quieres que lo sepa? Un colega me dijo que tenias el chamizo a tope de trastos, que habia aparatos, parne, ropa nueva, y que estabas de viaje.
– ?Por que sera que ese colega tuyo no ha venido en persona si tengo aqui tantos cachivaches? ?Por que te dio las llaves a ti?
– Necesitaba dinero con urgencia, queria marcharse. Ademas, no era ladron, se le notaba a la legua.
– Pero tu si lo eres, ?verdad?
– Verdad verdura -confirmo el joven mirando a Boris con ojos limpidos-. Oye, tio, dejame marchar, ?eh? Venga, nos decimos adios muy buenas y aqui no ha pasado nada.
– Ya, ?y un jamon! -resoplo Kartashov, y le sacudio un nuevo bofeton-. ?Donde tienes las llaves?
– En el bolsillo.
Boris registro con rapidez los bolsillos de la chaqueta que lucia el tarzan y extrajo las llaves ensartadas en un llavero.
– ?Mira por donde! -silbo-. Pero ?si son las llaves de Vica! ?La has matado? Contesta, ?has matado a Vica?
– ?No conozco a ninguna Vica! -chillo el joven tratando en vano de esquivar un nuevo golpe-. ?Estas chiflado o que? Te lo he dicho claramente: estas llaves, yo las he comprado…
Un nuevo cate no le dejo terminar. El labio partido sangraba cada vez mas, la cara se le habia puesto blanca como la pared.
– ?Por que habeis matado a Vica? ?Que os habia hecho? ?Habla! ?Habla, cabron, punetero! -repetia Boris propinandole metodicamente nuevos sopapos en los puntos mas sensibles, hasta que el joven se desplomo dando de bruces contra la mesita, buscando un punto de apoyo en su pulida superficie.
El pintor se quedo mirandole unos instantes, luego entro en el cuarto de bano, cerro la puerta y se puso a lavarse meticulosamente las manos con jabon. Desde el salon llego un gemido, luego el ruido de unos pasos pesados e inseguros. Finalmente oyo el chasquido de la cerradura. Se enjugo las manos con la toalla, salio sin prisa del cuarto de bano, comprobo que la visita se habia largado y apago la luz. Era la senal que habian convenido.
Unos pocos minutos despues, en el piso entraron el juez de instruccion Olshanski, el experto criminologo Zubov, Nastia y dos testigos jurados.
– ?Donde? -fue lo unico que le pregunto Konstantin Mijailovich.
– En el salon -contesto Boris con identica brevedad-. El sillon, el vaso, la mesita, todo esta como ustedes me han dicho que tenia que estar. Incluso se ha dejado los guantes.
– Estupendo -se froto las manos Olshanski-. Sera mejor que usted y Kamenskaya se retiren a la cocina y nos dejen hacer nuestro trabajo.
– ?Me ha perdonado ya? -pregunto Boris colocando delante de Nastia una taza de cafe humeante.
– No he estado enfadada con usted.
– Me he expresado mal. Usted sospechaba de mi. No lo niegue, saltaba a la vista. ?Ya no soy sospechoso?
– No -le sonrio Nastia-. Ahora se que no tiene nada que ver con la muerte de Vica.
– ?Y aquel chaval si?
– No lo se. Tal vez. Tenia sus llaves, y la milonga que ha largado de que las habia comprado, yo no me la creo.
– Me alegra que ahora seamos aliados.
– ?Por que?
– Usted me gusto mucho ya entonces, la primera vez. ?Recuerda, cuando entro en el piso y se desternillo de risa porque ibamos vestidos absolutamente igual? Entonces pense: «He aqui a alguien que prefiere la sencillez y la comodidad.» Yo tambien soy asi. A Vica le daba rabia a veces, y lo que mas la sacaba de quicio eran mis eternas bambas. Le habia explicado mil veces que no tenia el menor sentido pasear por nuestras calles, tan sucias, con el calzado de piel autentica, que dentro de una semana estaria para tirarlo. La propia idea de que la comodidad fuera en detrimento de la elegancia le resultaba inconcebible. Por eso, cuando vi que iba igual que yo, comoda y bien abrigada, en seguida intui un alma gemela y le tuve simpatia. Pero usted no me creyo y sospecho de mi…
– Esta bien, Boris, pelillos a la mar… Mi trabajo es asi. No crea que me ha hecho gracia tenerle por sospechoso, tambien usted me habia caido bien. Pero en nuestro trabajo los sentimientos personales se llevan mal con las obligaciones profesionales.
– ?Siempre es asi? -pregunto Kartashov lanzandole a Nastia una mirada atenta, como si hubiera captado que detras de esas palabras que se referian a el personalmente se ocultaban otros pensamientos distintos.
