jubilado. Sus seis hijos ya eran mayores, estaban afincados en Moscu, tenian sus propias familias. Tres de los hijos se convirtieron en hombres de negocios. Asi fue como decidieron vender el piso de cuatro habitaciones y construir para el padre una magnifica mansion, donde el hombre, recien enviudado, estuviera comodo y a gusto y adonde podrian llevar a sus familias a darse un chapuzon en el cercano lago, a esquiar, a ponerse a tono en una sauna rustica; en pocas palabras, a descansar como Dios manda.
Grigori Fiodorovich no tenia nada en contra de su decision, todo lo contrario, se alegro de poder realizar al final de sus dias un viejo sueno: una casa con chimenea, biblioteca, mecedora y perros grandes, aprovechando que los negocios de sus hijos les aportaban pingues beneficios. Tras organizar la casa a su criterio y gusto, y disfrutar de comodidad y paz, Smelakov decidio hacer su primer pinito literario. Era otro de sus suenos largamente acariciados. Para empezar, escribio varias cronicas de hechos reales, le cogio, como quien dice, el truquillo a la cosa y se atrevio con una novela corta, en la que narro el consabido caso de Tamara Yeriomina. Lo conto todo tal y como habia sucedido en realidad.
– Y, en realidad, ?en la pared de la cocina habia algo asi?
Nastia le tendio el dibujo que Kartashov habia realizado basandose en las palabras de Vica. Smelakov asintio con la cabeza.
– ?Donde han publicado al final mi novela?
– Me temo que en ninguna parte, Grigori Fiodorovich.
– ?Ha leido el manuscrito, entonces?
– No, no lo he leido.
Smelakov clavo en Nastia una mirada alarmada y suspicaz.
– En este caso, ?como se ha enterado?
– Antes de contestarle, quisiera leerle algo, si usted me lo permite.
Saco del bolso La sonata de la muerte, que previsoramente habia forrado en papel para ocultar el dibujo de la portada, la abrio en uno de los numerosos sitios marcados por una senal y empezo a traducir. Dos parrafos mas tarde levanto la vista hacia Smelakov.
– ?Le gusta?
– ?Que es? -pregunto el hombre con ansiedad-. ?De donde lo ha sacado? Es mi texto, es mi novela. Es la vista que se veia desde la ventana de mi despacho. En los muros desconchados del edificio habia una enorme pancarta con las palabras «Viva el PCUS». Debajo de la pancarta, unos gamberros habian pintado una esvastica. Y debajo de estos alardes artisticos cada sabado aparecia tumbado el mismo borracho, al que luego metian en el calabozo. Cosas asi nadie se las inventa por casualidad, ?no?
– Escuche un poco mas.
Abrio el libro en otra pagina y tradujo un nuevo fragmento.
– No entiendo nada. Es algo sobrenatural. Los nombres estan cambiados, todo en conjunto es distinto pero los detalles, las metaforas, incluso algunas frases, son mios, juraria que si.
– ?En que revista dejo su manuscrito?
– En Cosmos.
– ?A quien en concreto se lo entrego?
– Ahora se lo dire, aqui tengo todos los datos.
Grigori Fiodorovich abrio un cajon de la mesa, hurgo en su interior y saco una tarjeta de visita.
– Aqui tiene -dijo tendiendole la tarjeta a Nastia-. Esta apuntado al dorso, a mano. Se llama Bondarenko. Cuando le lleve el manuscrito, tomo nota de mis senas y me dio su telefono. No encontraba papel para escribirlo, cogio una tarjeta y en el dorso… Dios mio, ?que le pasa? Un momento, un momento -se puso a buscar algo con premura en los bolsillos de su chaqueta de lana-, tenia nitroglicerina…
– No hace falta, no se moleste -dijo Nastia con un hilo de voz guardando la tarjeta en el bolso.
Los dedos se negaban a obedecerle, el cierre se negaba a abrirse.
– Ya ha pasado. El ambiente aqui esta muy cargado.
El dueno de la casa acompano a la pareja hasta el coche. Al respirar el aire humedo y frio, Nastia se sintio mejor.
– Grigori Fiodorovich, ?no le da miedo vivir solo?
– En absoluto. Tengo perros y una escopeta. Hay vecinos cerca.
– Sin embargo…
– Sin embargo, ?que? ?Hay algo que no me dice?
– Es un profesional y coincidira conmigo en que es usted mucho mas peligroso que la hija de Tamara Yeriomina. Sabe mucho mas que ella. Y si alguien le tuvo miedo a Vica, tanto miedo que decidio matarla, tambien usted esta bajo amenaza. Comprendo que mi experiencia no puede compararse a la suya, sabe perfectamente, sin necesidad de que yo se lo explique, lo que tiene que hacer y dejar de hacer. No puedo darle consejos pero si ayudarle si hiciera falta.
– Tiene gracia -sonrio Smelakov-. He estado a punto de decirle lo mismo. Tiene oficio y valor suficientes, es inteligente y, no obstante, no es prudente, un rasgo muy femenino pero que viene al pelo en el trabajo policial. Tampoco yo me tomo la libertad de aconsejarle. Pero si llega el caso, estare dispuesto a ayudarla.
Nastia y Boris hicieron el viaje de vuelta en silencio. Boris sentia el prurito de hacerle decenas de preguntas pero no se atrevia a iniciar la conversacion.
– ?Volvemos al club nautico? -pregunto al final.
– No, seguimos hasta Moscu. -Nastia saco la tarjeta que le habia dado Smelakov-. Intentaremos encontrar la redaccion de la revista Cosmos.
Dio la vuelta a la tarjeta y quedo absorta en sus pensamientos, con la mirada fija en la superficie satinada del papel, sobre la que unas letras doradas rezaban: «VALENTIN PETROVICH KOSAR.»
Para cubrir las apariencias Nastia debia pasar sin falta por la clinica antes de que los medicos del reconocimiento obligatorio terminasen de visitar, y salir de alli a la vista de todo el mundo y luciendo el llamativo tres cuartos colorado. Nastia abandono la clinica sobre las siete de la tarde, vestida igual que por la manana, con su tres cuartos de color rojo encendido y el peludo gorro de zorro. Se habia dado cuenta de que la vigilaban y estaba preparada para que la «acompanasen» hasta su casa. Por ello no llamo a nadie durante el trayecto, para no poner nerviosos a los que la seguian y no darles pie para una nueva sesion nocturna de sustos. Entro en varias tiendas y compro comida anticipando placenteramente la deliciosa cena en que Liosa Chistiakov sabria convertirla.
La visita a la redaccion de la revista Cosmos tuvo un exito tan solo parcial. En efecto, Serguey Bondarenko trabajaba alli, pero en ese momento estaba de baja por enfermedad y se encontraba en casa. Nastia le llamo pero nadie cogio el telefono. Daba pena perder ese dia, el tiempo que habian ganado, pero que se le iba a hacer. Nastia y Kartashov estaban sentados en el coche aparcado junto a la casa de Bondarenko y cada quince minutos le llamaban desde una cabina. Al final, pasadas ya las cinco, se puso una mujer y dijo que Serguey llegaria a eso de las diez. De forma que le toco a Chernyshov encargarse de hablar con Bondarenko. Intentaria dar con el redactor antes de que regresara a casa. Ese dia, cada minuto contaba, mientras «ellos» creian que Nastia se dedicaba a recorrer los despachos de los medicos y el caso se encontraba parado. Al dia siguiente volveria a estar a la vista de todo el mundo y volverian a producirse fugas de informacion, a menos que se le ocurriese una nueva maniobra de distraccion.
El telefono, cuyo timbre habia sido ajustado al minimo volumen, emitio su susurro apenas audible pero Arsen desperto de todos modos. Miro a la pantalla del identificador de llamadas y se apresuro a pulsar un boton para quitar el sonido por completo. Ahora solo un piloto rojo senalaba que alguien intentaba comunicar con su numero. Arsen no descolgo el telefono. A su lado, su mujer estaba durmiendo.
Unos segundos mas tarde, el piloto volvio a parpadear. Cuando llamaron por tercera vez, el reloj marcaba las 2.05. Procurando no hacer ruido, Arsen bajo de la cama y entro de puntillas en el salon. Tres llamadas consecutivas, realizadas en el intervalo de tiempo entre las 2.00 y las 2.05, significaban que se le solicitaba acudir con urgencia a un lugar especificado de antemano. Era la senal con la que el minusvalido le informaba sobre la recepcion de tal solicitud.
Arsen se vistio de prisa, se puso una chaqueta oscura de mucho abrigo, abrio silenciosamente la puerta y salio del piso. Nunca habia podido soportar la suciedad y oscuridad de las calles, pero en momentos como este
