A esas horas el canoneo habia disminuido en intensidad. Solo de vez en cuando tronaba algun disparo que hacia volver espantados a sus sotanos a los ciudadanos que se habian atrevido a salir a la calle. Conforme avanzo la manana acabo enmudeciendo tambien aquel fuego de artilleria esporadico, tal vez porque los insurgentes habian alcanzado los objetivos de su ataque nocturno y esperaban ahora nuevas ordenes del marques de Bolibar.

En el momento en que nos llego el relevo estaba cayendo sobre la ciudad una fuerte tormenta que habia empezado con una borrasca de nieve y acabaria en una tromba de agua. Al cabo de pocos minutos las callejuelas estaban inundadas, y el suelo tan reblandecido que yo me hundia hasta los tobillos en el fango, y temblaba de frio y humedad. Al llegar a mi alojamiento me eche en la cama completamente vestido y dormi durante tres horas. Pero hacia las cinco de la manana, un ordenanza del coronel me desperto para darme la orden de que me presentara inmediatametne en el despacho de Eglofstein.

Cuando sali de la casa, la ciudad estaba sumida en profunda oscuridad. La atmosfera estaba humeda y turbia y el cielo parecia velado por densas nubes. La inquietud y un temor sordo se habian apoderado de mi y me causaban escalofrios. Pues ?que otra cosa podia suponer sino que todo se habia descubierto y que el coronel me mandaba llamar porque yo estaba presente cuando Donop y Brockendorf dieron, en plena noche, la senal del organo?

Caminaba despacio y sin rumbo, vacilaba, daba rodeos, queriendo postergar el momento del encuentro cara a cara con el coronel hasta despues de haber podido hablar con Brockendorf y Donop. Pero no encontre a ninguno de los dos en sus casas; las puertas de sus habitaciones estaban cerradas con llave, y las ventanas sin luz. Tampoco los encontre por el camino; solo algunos espanoles surgian de la oscuridad, hombres y mujeres que, con linternas en las manos, afluian desde todas partes a la iglesia de Nuestra Senora del Pilar para hallar, tras los horrores de aquella noche, consuelo y esperanza en las palabras de la Santa Misa.

Cuando entre con el corazon palpitante en el despacho, encontre reunidos a los oficiales de los regimientos de Nassau y de Hessen que no estaban dt guardia ni se hallaban afuera, en la linea de fortificaciones. En medio de ellos vi a Salignac, con el porte de malhumorado abandono caracteristico de los oficiales veteranos de la vieja guardia del Emperador cuando no se les permitia estar al pie del canon y plantar cara al peligro. Cuando entre me lanzo una mirada desde la espesura gris de sus cejas, una mirada hostil y penetrante, y me parecio como si quisiera decirme que recordaba muy bien el encuentro que habiamos tenido aquella misma noche, pero que yo haria mejor en no mencionarlo.

En la habitacion contigua yacia Gunther en un camastro, gimiendo febril, con el hombro destrozado por una bala. Como el hospital estaba abarrotado de enfermos y heridos, lo habian trasladado alli, y el cirujano del regimiento de Hessen estaba en pie junto a la cama, arrancando anchas tiras de pano de un viejo camison de mujer hecho jirones, para cambiarle el vendaje a Gunther.

Justo despues de mi llego con su galgo italiano el capitan de Hessen conde Schenk zu Castel-Borckenstein, maldiciendo, cojeando, apoyado en su baston, pues aquella noche, durante la atropellada retirada de la luneta Mon Coeur, se habia herido en la pierna izquierda. Se dirigio inmediatamente a Eglofstein y le pregunto, en tono impaciente e irritado, por que se le habia hecho llamar, ya que venia directamente del puesto avanzado, donde su presencia, a no dudar, seria mas util que alli. Eglofstein se encogio de hombros y senalo en silencio al coronel, que, sentado encima de la mesa, despabilaba las velas. Mientras, tambien Brockendorf empezo a poner el grito en el cielo, quejandose de que a sus hombres aun no se les habia asignado alojamiento y estaban de planton en la calle, con el barro hasta las rodillas. Por no tener, no tenian ni capotes secos.

El coronel levanto la cabeza, extendio sobre sus rodillas un plano de la ciudad y sus alrededores e impuso silencio.

Cuando empezo a hablar, oi cuchicheos a mi alrededor, y por unos instantes tuve la sensacion de que todas las miradas se dirigian a mi, como si yo estuviera sentado en el banquillo de los acusados y todos los demas se hubieran reunido para juzgarme. Tambien Donop miraba angustiado al suelo y Eglofstein lanzaba timidas miradas de reojo al camastro donde estaba Gunther herido. Solo Brockendorf conservaba su actitud desafiante y su aire de impaciencia y malhumor, como si hubiese perdido ya demasiado tiempo con aquel asunto.

Pero tras las primeras palabras pronunciadas por el coronel me di cuenta de lo necio que habia sido mi temor. Pues enseguida se vio que no habia descubierto la verdad y seguia creyendo que el traidor era el difunto marques de Bolibar.

Me senti libre de la pesada angustia, y la tension que me habia mantenido tieso y rigido fue aflojando poco a poco. Empezaba a sentir lo agotado que estaba y me deje caer sobre un monton de lena que estaba apilada detras de la estufa.

Oi que el coronel aludia al combate de aquella noche y que elogiaba el buen comportamiento de las tropas de Hessen y la sangre fria demostrada por sus oficiales. De nuestro regimiento no dijo una palabra; los oficiales de Hessen nos miraban con sonrisas burlonas, y Donop, molesto por aquello, le dijo a media voz al capitan Eglofstein:

– Si todos se hubieran portado como nuestro Gunther, no habriamos perdido el bastion.

El teniente von Dubitsch del regimiento Principe Heredero, un individuo obeso con el rostro enrojecido de una cocinera que se pasase todos los dias hirviendo cangrejos, pesco aquellas palabras y le espeto a Donop:

– ?Que quiere decir eso? ?Quiere usted tal vez decir que alguno de nosotros no ha cumplido con su deber?

– Como acaba de decir el coronel -exclamo el capitan Castel-Borckenstein-, ustedes lo han oido, mis granaderos han sido los ultimos en abandonar sus puestos.

Donop no respondio, pero, inclinandose sobre el oido de Eglofstein, susurro lo bastante alto para que los otros pudieran oirlo:

– He llegado justo a tiempo para verlos poner pies en polvorosa. Parecia que llevaban prisa, porque saltaban como los gamos.

A raiz de aquella observacion se desato una disputa general y hubo reparto de improperios. El teniente von Dubitsch, con la cara roja, se despacho a gritos con Donop; se oyeron taconazos, tintineo de espuelas y los ladridos del galgo de Castel-Borckenstein, hasta que por fin el coronel golpeo la mesa con ambos punos e impuso silencio a los contendientes.

Ceso la agitacion; los alborotados oficiales enmudecieron y empezaron a cruzarse miradas de ira y desprecio. Solo Brockendorf se nego a guardar silencio. Habia aprovechado la rina general para desahogar su mal humor, pues la casa donde se alojaba su compania se habia quemado y hasta el momento no se le habia facilitado otra.

– ?Hasta cuando -grito- tendran que acampar mis hombres en la calle, bajo la lluvia? Es una verguenza. ?Esperaremos hasta que se hayan hundido en el cieno?

– He asignado alojamiento a sus hombres hace ya una hora -le corrigio el coronel.

– ?Alojamiento? ?Usted llama a eso alojamiento? Un redil de ovejas y un granero donde no caben ni la cuarta parte de mis hombres y donde les saltan las ratas por encima de las cabezas.

– Hay lugar hasta para dos companias. Pero usted, Brockendorf, siempre tiene que refunfunar…

– Mi coronel, es mi deber…

– Su deber es callarse y respetar mis disposiciones. ?Entendido?

– ?Muy agradecido, mi coronel! -dijo Brockendorf entre dientes, sudando de rabia-. Que la chusma se ahogue en el fango. Que la chusma se hunda en la mugre. Con tal de que los senores del estado mayor, cada uno en su cuarto caliente…

No siguio hablando, se trago lo que iba a decir.

Pues el coronel salto de la mesa, se planto delante de el y, con la cara encendida de ira, los punos cerrados y las venas de la frente hinchadas, le grito:

– Parece, capitan, que el sable le pesa demasiado. El camino hasta el cuerpo de guardia no es largo.

Brockendorf se echo atras, miro fijamente al coronel, bajo la cabeza y callo. El valor y la testarudez lo abandonaban cuando veia perder los estribos al coronel. En torno se habia hecho un silencio sepulcral. El coronel se dio la vuelta lentamente y volvio a su puesto. Durante un minuto no hubo mas que silencio. Nadie se movio, y no se oia mas que el crepitar del fuego y el crujir de los papeles que el coronel tenia entre manos.

El coronel continuo entonces con su informe. Su voz sonaba tranquila, y no se percibia en ella nada de la excitacion de los ultimos minutos.

– La ciudad y su guarnicion -dijo- estan en una situacion muy apurada, si bien no hay que temer en las proximas horas un nuevo ataque del enemigo, pues el marques de Bolibar, que dirigio por medio de senales las ultimas operaciones del enemigo sin salir de la ciudad, ese marques de Bolibar… -aqui el coronel hizo una breve pausa y busco con la vista al capitan Salignac- ha encontrado la muerte, segun fuentes fidedignas, en la explosion del polvorin. En estos momentos, los insurgentes carecen de caudillo y de planes. Y todo depende de que la brigada

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