barranca abajo.
Hice todo lo posible por parecer tranquilo, pero las manos me temblaban de emocion. El hombre que estaba a mi lado movia los labios como si rezara.
Muy cerca de nosotros cayo un disparo, y nos sobresaltamos todos como si fuera la primera vez que oiamos disparar. Pero Salignac siguio avanzando, sin volver apenas la cabeza; la nieve, como una nube blanca, corria tras el.
Desaparecio entre los arboles de un pequeno bosque de castanos, pero a los pocos segundos volvio a asomar.
De nuevo sono un disparo. Otro mas. Un tercero. Salignac seguia firme en la silla. De improviso un hombre salto desde detras de un arbusto e intento agarrarle las bridas. Salignac aflojo las riendas, y de un golpe de sable lo derribo al sucio. El camino estaba despejado. Salignac volaba, cabalgaba como en una pista de carreras, no miraba a derecha ni a izquierda y no veia nada de lo que estaba pasando a su alrededor.
Y, sin embargo, toda la zona estaba en plena agitacion. Los guerrilleros salian de sus trincheras. Por todos lados se le acercaban jinetes, vociferando y a galope tendido. Llegaba a nuestros oidos un intenso tiroteo, azuladas nubeculas de polvora se elevaban en el aire. Salignac atravesaba el tumulto en pie sobre los estribos, blandiendo amenazador el sable. Ya casi habia alcanzado el puente. Entonces… ?por todos los diablos! Ahora me daba cuenta. En el puente habia varios hombres. Seis… ocho… ?no! ?Eran mas de diez! ?Es que no los veia? Ya llegaba frente a ellos; uno le encanono, el caballo alzo las patas delanteras, se encabrito… ?Estaba perdido! Pero no, el caballo salto por encima de los hombres; dos de ellos cayeron al suelo. Salignac cruzo a toda velocidad el puente.
Era todo un espectaculo, un espectaculo terrible y angustioso que me hizo suspender la respiracion. Solo entonces, pasado el primer peligro, me di cuenta de que, en la excitacion, habia agarrado la mano de Thiele y la tenia sujeta convulsivamente. La solte. Salignac estaba en la otra orilla; mas alla se veia el bosque, y con el la salvacion. Pero al instante -a mi lado alguien lanzo un alarido- salio del bosque una escuadrilla de jinetes, dispuesta a cortarle el paso… ?Es que estaba ciego? «?Tuerza!», rugi. «?Tuerza!», aunque sabia perfectamente que no podia oirme. Ya le habian dado alcance. El caballo cayo al suelo y perdi de vista a Salignac. Un torbellino de cabezas, crines de caballo, sables alzados, canones de arcabuces, brazos en alto, una nube de nieve y humo de polvora por encima de todo, un revoltijo de cuerpos humanos luchando, debatiendose, alzandose, cayendo por todos lados… Estaba perdido. La cabalgada habia terminado.
Percibi un leve zumbido, familiar a mis oidos a lo largo de veinte batallas, y me agache. Thiele, que estaba en pie delante de mi, cayo de rodillas sin ruido y se desplomo hacia atras. Una bala perdida lo habia alcanzado.
– ?Thiele! -exclame-. ?Camarada! ?Estas herido?
– ?Me han matado! -gimio el cabo, llevandose la mano al pecho.
Me incline sobre el y le desabroche la guerrera. La sangre le salia a borbotones de la herida.
Lo sostuve por los hombros, lo incorpore, busque con la mano libre alguna tela con que vendarlo y pedi ayuda a los demas.
Pero no me oian. Uno me cogio del brazo.
– ?Mire usted! -grito-. ?Mire usted, mi teniente!
Alla abajo, la escuadrilla se disperso de un golpe. Por el suelo se revolcaban los caballos. Los hombres corrian gritando y con los brazos levantados. Y mas alla, separado de todos, alguien corria erguido sobre la silla, blandiendo el sable. Era el, era Salignac, estaba vivo, habia escapado, y saltaba por encima de las trincheras, de los montones de nieve, de los hombres, los arbustos, las curenas rotas, los muros defensivos, los cestones de zapa, las hogueras llameantes…
Oi a mi lado un estertor.
El cabo Thiele se sostenia sobre ambas manos y miraba a Salignac con ojos vidriosos.
– ?No lo conoce usted? -gimio-. Yo si que lo conozco. A ese no hay bala que lo alcance. Los cuatro elementos han hecho un pacto. El fuego no lo quema, el agua no lo ahoga, el aire no lo asfixia, la tierra no lo aplasta…
El griterio de jubilo de los demas ahogo su murmullo. Hizo una ronca inspiracion y la sangre inundo su camisa y su guerrera.
– ?Ha pasado! ?Se ha salvado! -vitorearon los dragones. Lanzaron sus gorras al aire, agitaron las carabinas, lanzaron gritos de alegria, enloquecidos, cantaron victoria.
– Rece usted por ese alma perdida -fue el ultimo balbuceo que salio de los labios de Thiele-. Rece usted, rece por el Judio Errante. El no puede morir.
La revuelta
Envie a uno de los dragones a la ciudad para informar de inmediato al coronel del curso y desenlace de la mision. Una hora mas tarde llegue yo mismo al despacho. Alli encontre solamente al capitan Castel-Borckenstein, que acababa de recibir ordenes respecto a las proximas misiones de su compania y estaba a punto de marcharse.
Se detuvo un momento en la puerta para preguntarme como habia terminado el asunto y le informe con pocas palabras. Mientras yo hablaba, Eglofstein salio de la habitacion contigua al despacho. Cerro la puerta despacio detras de si, se fue hacia la ventana y me hizo senas de que me aproximara.
– No se que hacer -susurro, lanzando miradas llenas de preocupacion a la puerta de la pequena habitacion-. Esta plantado al lado de la cama, pegado como una lapa, y no hay modo de sacarlo de ahi.
– ?A quien no hay modo de sacar de ahi? -pregunte asombrado.
– Al coronel, ?no comprende usted? Gunther, con la fiebre, no para de hablar de Francoise-Marie.
Me dio un vuelco el corazon. Las palabras murmuradas por Eglofstein sonaron en mis oidos como un toque de alarma. Me di cuenta claramente del peligro de que Gunther, en su estado febril, se delatara a si mismo y a nosotros, pero no sabia como atajarlo. Nos quedamos mirando desconcertados el uno al otro, ambos pensando en los celos del coronel, en su ira ciega, en sus accesos de furor maligno.
– Si se entera de la verdad -dijo Eglofstein-, que Dios se apiade de nosotros y de todo el regimiento. Si se entera, se olvidara de lo peligroso del momento, de lo desesperado de la situacion, de la guerrilla, del asedio que sufre la ciudad, y solo pensara en el modo de tomar sangrienta venganza de todos nosotros.
– ?Y Gunther ya ha pronunciado el nombre de ella?
– Aun no. Aun no. Ahora esta durmiendo, gracias a Dios. Pero antes… Antes no hacia mas que hablar de ella. La renia, la acariciaba, le decia buenas y malas palabras, y el coronel estaba de pie a su lado, esperando que pronunciara el nombre; ni el mismo Satanas espera con mas avidez la perdicion de un alma. ?A donde va, Jochberg? ?Quedese aqui! ?Va a despertarlo!
No hice caso a la advertencia de Eglofstein y entre sin hacer ruido en la alcoba del enfermo.
El teniente Gunther estaba echado en la cama, pero no dormia, sino que charlaba y se reia solo en voz baja. Tenia la cara encendida y los ojos hundidos en las cuencas, como dos cascaras de nuez vacias. El cirujano, que estaba haciendo la ronda en el hospital, habia enviado a uno de sus ayudantes, un individuo joven, imberbe, que lo unico que sabia hacer era ir cambiando los panos humedos de la frente del herido.
El coronel estaba de pie a la cabecera del lecho y cuando entre yo levanto la vista, molesto por la interrupcion. Me acerque a el y le informe de lo que ya sabia: su correo habia pasado felizmente hacia una hora las lineas de la guerrilla.
Me presto atencion, pero sin separar la vista de los labios de Gunther ni por un instante.
– En dieciseis horas la carta habra llegado a manos del general d'Hilliers -murmuro-. Si todo va bien, dentro de tres dias oiremos el fuego de los mosquetes de sus avanzadas. ?No lo cree usted, Jochberg? Son cuarenta leguas, y las carreteras estan bien pavimentadas.
– ?Corazon mio! -exclamo Gunther entretanto, tratando de alcanzar con sus manos descarnadas la imagen de su delirio-. Tienes la piel maravillosamente blanca, como corteza de abedul.
Los labios ferreamente apretados del coronel se contrajeron. Se inclino sobre Gunther y lo miro fijamente, como queriendo arrancarle de la boca el secreto del nombre que aun no habia pronunciado. Pero ya lo sabia, sabia tan bien como yo de quien era la piel blanca como corteza de abedul.
– Hay otras -rio Gunther regocijado para si mismo- que engullen cera, yeso, polvo de caracoles y ancas de rana, o se untan la cara con cien unguentos, pero no les sirve para nada: siguen teniendo la cara llena de