sarpullidos y manchas. Tu, en cambio…
– ?Siga! ?Siga! -se le escapo al coronel. Yo estaba aterrado y al borde de la desesperacion, pues el nombre no podia tardar en salir a la luz, y me parecia proximo el momento del desastre. Pero la fiebre de Gunther jugaba con mi terror y los celos del coronel un travieso juego del gato y el raton.
– ?Vete! -grito violentamente, dandose vuelta en la cama-. Vete, ella no quiere verte. ?Que buscas aqui? Brockendorf, tus pantalones se han vuelto transparentes como el camison de encaje de mi amada. Y eso es de tanto estar sentado en la taberna, te digo. ?Que vino hay en el Pelicano y en el Moro Negro? ?Medico! ?Medico! Por el amor de Dios, ?que has hecho conmigo?
Su voz se enronquecio y el aire salia jadeante de su pecho. Y al mismo tiempo sus manos, sacudidas por los escalofrios, temblaban incesantemente como arbolillos al viento.
– ?Medico! -volvio a llamar, soltando un gran gemido-. Cualquier dia te ahorcaran. ?Lastima, lastima! Creeme, entiendo mucho de fisonomias.
Cayo hacia atras, cerro los ojos agotado, se quedo inmovil y respiro jadeante.
–
– ?Se acaba? -pregunto el coronel, y percibi en su voz el temor brutal de que Gunther pudiera morirse sin llegar a pronunciar el nombre de su amante.
–
Sin duda el coronel se habia olvidado de mi presencia. Solo entonces parecio volver a darse cuenta de que yo estaba alli.
– Esta bien, Jochberg -me dijo con un movimiento afirmativo de la cabeza-. Puede retirarse, dejeme solo.
Vacile. No queria salir. Pero mientras buscaba un pretexto para quedarme, oi pasos y voces en la otra habitacion. La puerta se abrio y entro Eglofstein. Tras el aparecio un individuo alto y escualido en el que reconoci a un cabo del regimiento de Hessen.
– ?No griten! -dijo el coronel, senalando con un gesto al herido-. ?Que pasa, Eglofstein?
– Mi teniente, este hombre es de la compania del teniente Lohwasser, que tiene a su cargo el mantenimiento del orden publico en la ciudad…
– Ya lo se. Lo conozco. ?Que quiere usted, cabo?
– ?Tumultos, desordenes, insubordinaciones, mi coronel! -profirio el hombre, casi sin aliento-. Los espanoles atacan a los guardias y a los centinelas.
Lance a Eglofstein una mirada de admiracion. Pues estaba totalmente seguro de que aquello no era mas que un ardid habilmente tramado y acordado con aquel hombre a fin de sacar por las buenas al coronel de la alcoba de Gunther.
Pero el coronel meneo la cabeza y sonrio burlon.
– ?Que esos buenos cristianos se han rebelado? Cabo, ?quien le envia?
– El teniente Lohwasser.
– Me lo figuraba. Me lo figuraba -dijo el coronel, dirigiendose risueno hacia nosotros-. Lohwasser es un chiflado, no hace mas que ver fantasmas. Manana mandara a alguien a avisarme que ha visto a tres hombres de fuego o a un duende jorobado.
Pero en aquel instante oimos un taconeo afuera, la puerta se abrio de un golpe y el teniente Donop se precipito dentro de la estancia.
– ?Rebelion! -grito, acalorado y sin aliento por la carrera-. En la plaza del mercado han atacado a los guardias.
El coronel dejo de reirse y se puso blanco como el papel. Y en el silencio que se hizo se escucho el balbuceo absurdo de Gunther, que ya era incapaz de distinguir la noche del dia:
– ?Por los clavos de Cristo, encended la luz! ?O es que quereis jugar conmigo a la gallina ciega?
– ?Es que los espanoles se han vuelto locos? -prorrumpio el coronel-. ?Atacar a los centinelas! Por cosas asi se ha ahorcado a centenares. ?Que mosca les ha picado?
– Brockendorf… -empezo Donop y se callo.
– ?Que pasa con Brockendorf? ?Donde esta? ?Donde se ha metido?
– Esta todavia en la iglesia.
– ?En la iglesia? ?Aleluya! ?Es momento de escuchar sermones? ?Es que ha ido a rezar por una buena cosecha de vino mientras los espanoles se amotinan por la calle?
– Brockendorf se ha alojado con su compania en la iglesia de Nuestra Senora.
– En la iglesia… ?Se ha alojado! -el coronel respiro hondo y se puso morado de ira; parecia que en cualquier momento fuera a asfixiarse o a caer al suelo victima de un ataque de apoplejia. Gunther gemia y se revolvia en la cama:
– Que Dios se apiade de mi, me voy a morir. ?Ay, amor mio! ?Hasta siempre!
– Dice… Brockendorf dice que el senor coronel le dio la orden -oso comentar Donop.
– ?Que yo le di la orden? -rugio el coronel-. ?Conque esas tenemos? Ahora ya entiendo por que se amotinan los espanoles.
Hizo un esfuerzo para tranquilizarse y se dirigio al cabo, que aun estaba en la habitacion.
– Vaya corriendo y envieme aqui al momento al capitan Brockendorf. Y usted, Donop, traigame aqui al cura y al alcalde. ?Rapido! ?A que espera? ?Eglofstein!
– ?Si, mi coronel?
– Los canones que hay en las bocacalles ?estan cargados?
– Con bombas de metralla, mi coronel. ?Quiere que…?
– Ni un solo disparo sin orden mia. Dos patrullas de caballeria despejaran las calles.
– ?A tiros de fusil…?
– ?A culatazos en las costillas! -rugio el coronel-. Ni un disparo sin orden mia, ya se lo he dicho. ?Es que quiere usted echarme encima a la guerrilla?
– Comprendido, mi coronel.
– Doble la vigilancia. Tome diez hombres, ocupe el ayuntamiento y arreste a los miembros de la junta, si estan reunidos. ?Jochberg!
– ?Si, mi coronel?
– ?Al capitan Castel-Borckenstein! Que forme con su compania en el patio posterior del cuerpo de guardia. Ni un tiro mientras yo no de la orden. ?Comprendido?
– Si, mi coronel.
– Entonces vaya usted con Dios.
Medio minuto despues nos hallabamos todos en camino hacia nuestros destinos.
Baje a toda prisa por la Calle de los Carmelitas con Eglofstein y sus hombres. A lo lejos, mas alla de las ruinas negruzcas de los muros del convento, vimos escabullirse a dos espanoles que iban armados con lanzas u horquillas. En la esquina se separaban nuestros caminos. Eglofstein ya se iba, pero de repente me vino algo a la mente y retuve al capitan cogiendolo de la mano.
– Mi capitan -dije apresuradamente-, todo ha ido saliendo tal como lo queria el marques de Bolibar.
– Se diria que tiene usted razon, Jochberg -afirmo, queriendo marcharse.
– Escucheme: la primera senal la dio Gunther, lo se. La segunda senal la dimos nosotros: usted y yo, Brockendorf y Donop. La revuelta la ha provocado Brockendorf. Por el amor de Dios, ?donde esta el cuchillo?
– ?De que cuchillo habla, Jochberg?
– La Nochebuena, cuando usted ordeno fusilar al marques de Bolibar, se quedo usted con su punal. Un cuchillo con el mango de marfil y la imagen de la Virgen Maria con Cristo muerto, ?lo recuerda? Es la ultima de las tres senales. ?Donde tiene usted el cuchillo, mi capitan? No puedo estar tranquilo mientras sepa que esta en sus manos.
– El cuchillo… -repitio Eglofstein, pensativo-. El punal… El coronel lo vio y me lo pidio, por el hermoso trabajo del puno. Ya no lo tengo.
Se me quito un peso de encima del corazon al oir aquello.
– Entonces todo esta bien -dije-. Me doy por satisfecho. El coronel no dara la tercera senal, de eso estoy