Mientras estaba en mi puesto vi de improviso una escuadrilla de jinetes que se acercaba al galope a mi barrera. A la cabeza cabalgaba Salignac; los cascos de los caballos retumbaban por toda la calle.
No llevaba casco ni capote, y empunaba el sable desnudo; su bigote gris estaba erizado, y su rostro livido se estremecia de emocion. Salte adelante y me cruce en su camino.
– Perdone usted, mi capitan. Por aqui no puede usted pasar.
– ?Salga de ahi delante! -me grito, deteniendo su caballo muy cerca de mi.
– Esta calle esta cerrada. No puedo hacerme responsable de su vida.
– ?Y a usted que diablos le importa mi vida? ?Cuidese de la suya! ?Fuera de ahi le he dicho!
Espoleo a su caballo y enarbolo el sable por encima de mi cabeza.
– ?He recibido ordenes -exclame-, y son de que…!
– ?Al carajo sus ordenes! ?Deje paso!
Me hice a un lado, y el paso por mi lado como un rayo, con sus hombres.
Ante el portal del convento desmonto de un salto. Tenia la guerrera y las botas totalmente cubiertas de polvo y fango, como si a su lado hubiese estallado una bala de canon. Echo una mirada furiosa en torno suyo.
Brockendorf llego corriendo, sin aliento, desde el otro extremo de la calle.
– ?Salignac! -grito aun desde lejos-. ?Se puede saber que esta buscando usted aqui?
– ?Esta todavia dentro? ?Lo han visto ustedes?
– ?A quien busca? ?Al coronel?
– ?Busco al marques de Bolibar! -grito Salignac. Nunca antes habia percibido yo tanta rabia y odio y desprecio en el sonido de una voz humana.
– ?Al marques de Bolibar? -balbucio Brockendorf desconcertado, y se quedo mirando a Salignac con la boca abierta.
– ?Se ha ido? ?Se ha escapado?
– No lo se -profirio Brockendorf, turbado-. Por este portal no ha salido.
– Entonces todavia esta ahi arriba -exclamo Salignac con el jubilo del diablo al atrapar un alma-. Esta vez no se me escapa.
Se dirigio a sus dragones:
– ?Ya tenemos al traidor! Pie a tierra y detras de mi.
Note inquietud entre los dragones; meneaban las cabezas y miraban indecisos ora a su comandante, ora al convento en llamas.
– ?Salignac! -exclamo Brockendorf, horrorizado por el demencial proposito del capitan-. Va usted a una muerte segura. ?La polvora! El fuego va a…
– ?Adelante! -grito Salignac, sin hacerle caso-. ?El que no sea un cobarde, que venga conmigo!
Cuatro de los dragones, hombres intrepidos y familiarizados con la muerte, veteranos que desde Marengo habian librado cien batallas, desmontaron de un salto, y uno de ellos dijo:
– Camaradas, para los valientes solo hay un cielo. Alli nos encontraremos.
– ?Se han vuelto locos! -rugio Brockendorf.
– ?Viva el Emperador! -grito Salignac, blandiendo su sable. «?Viva el Emperador!», exclamaron los dragones. Y los cinco se precipitaron por el portal y los vimos desaparecer en un torbellino de brasas encendidas.
Nos quedamos todos inmoviles y mudos.
– Retrocedera en cuanto vea como esta la cosa -afirmo Brockendorf al cabo de unos instantes.
– Ese no retrocede -dijo el cabo Thiele a mi espalda-. Ese no, mi capitan.
– De ese infierno no hay alma humana que salga viva -exclamo otro.
– Cierto, no hay alma humana -asintio Thiele.
– Alla va, hacia la muerte, persiguiendo a un fantasma -le dije al oido a Brockendorf-. Y la culpa es nuestra.
– Deberia haberle dicho la verdad -gimio Brockendorf-. ?Que Dios me perdone! Deberia habersela dicho.
– ?Salignac! -grite hacia la boca del incendio- ?Salignac!
Demasiado tarde. No hubo respuesta.
– Parecia -dijo uno- como si ese oficial buscara la muerte.
– ?Aciertas! -exclamo el cabo Thiele-. Aciertas, hijo mio. Conozco al viejo, se muy bien que busca la muerte. ?Santo Dios! ?Que es eso?
Por unos instantes dejamos de vernos los unos a los otros. Una espantosa nube de humo lleno la calle, pero el viento tempestuoso la disipo enseguida. Y luego una explosion breve e intensa que me arrojo al suelo. Los caballos se espantaron y salieron en desbandada calle abajo con sus jinetes. Y despues el silencio, un largo silencio, un silencio sepulcral, hasta que oi bramar a Brockendorf como un demente:
– ?Fuera de aqui! ?Atras! ?Es la polvora!
Volvia encontrarme bajo el arco del portal de la casa de enfrente, no se como llegue tan rapidamente hasta alli. Oi un impresionante zumbido, un trueno, un silbido, una trepidacion que llegaban desde arriba; vigas, piedras, ascuas, trozos de madera ardiendo trazaron un torbellino en el aire y se precipitaron hacia el suelo como una granizada. La pared del convento acababa de reventar, y vi ante mis ojos un mar de llamas.
A traves de la calle acudio hacia mi corriendo el cabo Thiele, haciendome senales con ambos brazos. Se tiro al suelo a mi lado, jadeante. Por todos los lados vi a los hombres aplastados contra la pared de la casa, protegiendose con los brazos contra el humo y las cenizas ardientes que el viento les lanzaba a los ojos. En medio de la calle habia un muerto, estirado debajo de una viga en llamas.
– ?Jochberg! -oi la voz de Brockendorf, pero no lo veia, y tampoco sabia donde se habia refugiado-. ?Donde esta usted? ?Esta vivo?
– ?Estoy aqui! ?Aqui! -clame-. ?Y usted? ?Y Salignac? ?Donde esta? ?Lo ve usted?
– ?Esta muerto! -grito Brockendorf-. De ese infierno no sale nadie vivo.
– ?Salignac! -grite en medio de aquel estruendo infernal, y nos quedamos todos escuchando unos instantes, pero sin esperanza ni fe.
– ?Salignac! -volvi a gritar-. ?Salignac!
– ?Aqui estoy! ?Quien me llama? -se oyo responder, y de repente el capitan surgio de entre el humo y las llamas. Sus ropas humeaban, cubiertas de brasas; la venda de la frente estaba consumida por el fuego; la hoja del sable que empunaba reciamente se habia enrojecido hasta el puno. Pero alli estaba el, mis ojos lo veian y se resistian a creerlo, alli estaba, escupido por el fuego y la muerte y el infierno y la destruccion.
Me lo quede mirando sin articular palabra. Brockendorf prorrumpio en un ruidoso jubilo.
– ?Salignac! ?Esta vivo! -exclamo; en su voz se mezclaban la alegria, el pasmo, la duda y el horror-. ?Le dabamos por muerto, Salignac!
El capitan irguio la cabeza y rio. Aun hoy resuena escalofriante en mis oidos aquella carcajada.
– ?Donde estan los demas? -grito Brockendorf.
– Si el marques de Bolibar estaba ahi arriba, ya no dara la tercera senal.
Entonces una viga se desprendio del techo, giro en el aire y cayo con gran estrepito a los pies de Salignac.
– ?Atras, Salignac! -oi gritar de nuevo a Brockendorf; despues, el estruendo ahogo su voz.
Salignac, tieso y erguido, no se movio. Pero la pared reventada del convento se combo y se vino abajo con un ruido ensordecedor. Brotaron llamas, la calle se cubrio de escombros al rojo vivo. Y, a traves de un torbellino de llamas y de lenguas de fuego, por entre vigas que se venian abajo y piedras que reventaban al estrellarse contra el suelo, vi a Salignac caminando lentamente calle abajo, como si, en medio de la muerte y la destruccion, le sobrara el tiempo.
Una oracion
El teniente Lohwasser del regimiento de Hessen, que vino a las dos de la madrugada con su patrulla para relevarnos, fue el primero en darnos la noticia de que, en la confusion del incendio, los insurgentes habian hecho retroceder a nuestras tropas y se habian apoderado de los puestos avanzados de San Roque, Estrella y Mon Coeur. El regimiento de Hessen, reforzado por las companias de Gunther y Donop, se mantenia aun en la ultima linea de fortificaciones, la cual, atravesada por el arroyo Alear, se alzaba a un tiro de piedra de las murallas.