campesino o arriero espanol. Y, sin embargo, estaba alli todavia, inmovil, mirando fijamente a la pared y dejando pasar el tiempo.
Luego, al oirle murmurar, se me ocurrio, naturalmente, la posibilidad de que hubiera aun otra persona mas en la estancia. Pense en Donop o en alguno de los oficiales de Hessen. ?Quizas el cirujano? ?Pero de que podia hablar aquel hombre con Salignac alli a oscuras, y tan en secreto? Mis ojos escudrinaron en las tinieblas y reconoci el perfil de la mesa y los contornos de la silla sobre cuyo respaldo colgaba el capote de Eglofstein, los dos arcones de roble que encerraban los papeles del regimiento, y tambien, en un rincon, la mesita sobre la que se hallaban el servicio de campo de plata de Eglofstein y la jofaina de loza. Vi todo eso, y tambien la sombria figura de Salignac en el centro del cuarto, pero no pude descubrir ni al cirujano ni a ninguno de los oficiales.
A pesar de la fatiga, senti despertarse mi curiosidad. ?Quien podia ser aquel a quien Salignac se dirigia con tanto enfasis? ?Y donde podia haberse metido aquel enigmatico personaje para que yo no le viera? Cerre los ojos para escuchar mejor. Pero el viento hacia trepidar la puerta y repiqueteaba en las ventanas, ahogando el leve murmullo de Salignac. El fuego de la estufa, que iluminaba una parte de la estancia con palido resplandor, me adormecia. Volvi a tientas a mi lugar, apoye la cabeza en las manos y puede ser que realmente me quedara dormido unos segundos. Hasta que de repente la risa de Salignac me devolvio la conciencia.
Salignac se reia. No, no era una risa alegre. Algo habia en ella, tal vez odio, terquedad, desprecio… No, no era nada de eso… desesperacion, eso era, desesperacion y miedo… No, eso tampoco… furioso sarcasmo, burla feroz… ?No! Aquella risa era desconocida para mi; la entendi tan poco como las palabras que Salignac grito a continuacion al vacio:
– ?Me llamas otra vez? -oi su voz-. ?No, Bondadoso! No espero nada de ti. ?No, Sapientisimo! ?No, Misericordioso! Ya me has enganado demasiadas veces.
Yo estaba pegado a la pared, escuchando y conteniendo la respiracion. Y Salignac seguia hablando.
– De nuevo quieres burlarte de mi infundiendome enganosas esperanzas, de nuevo quieres verme enganado, hundido y sumido en la desesperacion. Conozco tus crueles deseos. Tu, el Justo, haces mas llevadera tu eternidad recreandote con los juegos de tu venganza. No te creo. Se que jamas olvidas.
Callo de pronto, y me parecio como si escuchara una voz que surgia hacia el desde el fragor de la lluvia y el trepidar del viento. Despues, dio un paso hacia adelante, despacio y vacilando.
– ?Lo ordenas? Aun tengo que obedecerte. ?Lo quieres asi? Bueno. Ire. Pero quiero que sepas que el camino que me mandas hacer lo recorrere para otro mas poderoso que tu.
De nuevo se quedo silencioso en la oscuridad, escuchando una respuesta procedente de no se que profundidades o distancias, y de la que no percibi sonido alguno.
Se irguio en medio de la oscuridad.
– Tu voz es como la tormenta, pero no me asusta. Aquel a quien sirvo tiene boca de leon, y su voz truena en mil gargantas sobre los campos ensangrentados del mundo.
El fuego se estremecio de repente dentro de la estufa, me mostro por un segundo el semblante macilento de Salignac en furioso arrebato y lo hizo desaparecer de nuevo en las tinieblas.
– ?Si! ?Es El! -le oi exclamar gozoso-. ?No me mientas! Es el Anunciado. Es el Verdadero. Pues se han cumplido todos los altos signos. Ha llegado desde una isla del mar, y lleva sobre su cabeza las diez coronas, como estaba anunciado. ?Quien puede igualarlo? ?Quien puede combatirlo? Le ha sido dado poder sobre las estirpes de los hombres. Toda la esfera terrestre se admira ante El, y todos los habitantes de la tierra lo adoran.
Al oir esto fui presa del terror, pues reconoci en aquellas palabras la imagen del Anticristo, del enemigo de la humanidad, que se ha de elevar, con sus signos y triunfos, por encima del reino de Dios y su rebano. Ante mis ojos se rompieron los Sellos de la Vida. Y de pronto el caos de los tiempos se ilumino para mi y comprendi su recondito y terrible sentido. Atenazado por el horror, quise levantarme de un salto, quise salir de alli, huir, estar solo… pero no pude mover un miembro, me hallaba desamparado y preso, el peso de una montana me aplastaba el pecho. Y aquella voz en la oscuridad crecio y se hizo mas poderosa y sono llena de jubilo y desafio y rebeldia y triunfo:
– ?Tiembla, desgraciado! El fin de tu reinado se acerca. ?Donde estan los que por ti combaten? ?Donde estan los ciento cuarenta y cuatro mil que llevan tu nombre en sus frentes? No los veo. Pero El ya ha llegado, el Terrible, el Victorioso, y hara pedazos tu reino en esta tierra.
Quise llamar, quise gritar, pero era en vano; era incapaz de proferir sonido alguno, solo un leve gemido se abrio paso a duras penas por mi garganta. Y de nuevo hube de oir aquella voz, que ahogaba el rugido del viento tempestuoso y el fragor de la lluvia que golpeaba incesante los cristales.
– Heme aqui ante ti como entonces. Y como entonces te veo impotente y desalentado. ?Y quien puede impedirme levantar el puno otra vez contra ese semblante que odio…?
Enmudecio bruscamente. Sono un golpe contra la puerta, esta se abrio y la luz de una vela penetro en la estancia.
Eglofstein y el coronel habian entrado en la habitacion.
Por un fragmento de segundo vi aun a Salignac con el puno cerrado en el aire, el rostro desencajado y los ojos clavados en la pared pintada de gris en la que estaba colgada la efigie del Redentor. De inmediato sus rasgos convulsos se serenaron. Bajo el brazo, se dio la vuelta y se dirigio calmosamente hacia el coronel.
Este lo miro frunciendo el ceno.
– ?Salignac! ?Aun esta usted aqui? Le he ordenado que se fuera a su casa y se preparara. El tiempo no pasa en vano. ?Que ha estado usted haciendo hasta ahora?
– He estado rezando, mi coronel -dijo Salignac-. Y ya estoy preparado.
Entretanto, el coronel habia echado una mirada por el cuarto y habia reparado en mi presencia.
– ?Vaya, si esta aqui Jochberg! -dijo sonriente-. Apostaria a que el muchacho se ha quedado dormido detras de la estufa. ?Jochberg, tiene usted pinta de acabar de despertarse!
Yo mismo me sentia como si acabara de despertar de una pesadilla, pese a lo cual negue con la cabeza. Pero el coronel no se ocupo mas de mi y se dirigio de nuevo a Salignac:
– Tenia usted orden de quitarse el uniforme y disfrazarse de campesino o de arriero…
– Mi coronel, ire tal como estoy.
En el rostro del coronel aparecieron sucesivamente el asombro, la consternacion y la ira. Se enfurecio.
– ?Se ha vuelto loco, Salignac? El primer centinela enemigo que lo vea…
– Lo derribo de un golpe.
– El puente de madera sobre el rio Alear esta al alcance del fuego enemigo…
– Pues lo pasare al galope.
El coronel dio un fuerte taconazo en el suelo.
– ?Condenada tozudez! Tiene usted que pasar por Figueras, y la aldea esta ocupada por numerosas fuerzas rebeldes. No podra usted pasar.
Salignac se irguio con altivez.
– ?Pretende usted ensenarme, coronel, a utilizar mi sable?
– ?Salignac! -exclamo el coronel desconcertado y fuera de si-. ?Haga el favor de entrar en razon! La suerte del regimiento, es mas, el exito de la campana entera, dependen del resultado de su mision.
– No padezca por eso, mi coronel -dijo Salignac con completa impasibilidad.
El coronel, furioso, dio unos pasos por el cuarto. Entonces se inmiscuyo Eglofstein:
– Conozco al capitan desde la campana de Prusia Oriental -hizo saber-. Si hay alguien capaz de llegar vivo mas alla de las lineas de la guerrilla, como hay Dios que es este hombre.
El coronel se quedo unos instantes indeciso y pensativo. Luego se encogio de hombros.
– Esta bien -dijo malhumorado-. Al fin y al cabo la manera como llegue al otro lado es asunto suyo y de nadie mas.
Tomo el mapa que estaba sobre la mesa, lo desplego y senalo con el dedo el lugar donde Salignac habria de contactar con la vanguardia del general d'Hilliers.
– Le doy mi mejor caballo, el bayo que lleva la marca de la yeguada de Yvenak. Ponga usted en juego todas sus facultades y cabalgue todo lo que pueda.
Salimos pasando por delante de la habitacion de Gunther, que estaba medio incorporado en la cama. La fiebre parecia haber cedido por un rato.
– ?Como va eso, Gunther? -le pregunto el coronel al pasar.
– Me han herido