Mientras la miro, trato de hallar su punto debil. Su noble cuna (mucho mas que la mia, dicho sea de paso) y la dignidad que aun en esta situacion le concede su condicion de priora y fundadora del convento, la acorazan frente a las acusaciones de las demas monjas. En vano he tratado de hacerla contradecirse, o de sorprenderla con las imputaciones de mayor descredito cuando la veia desfallecer. La presion, lejos de doblegarla, parece estimularla a la resistencia. Y cuando se ha derrumbado ante mi, deshecha en lagrimas, no ha sido nunca para desdecirse o admitir nada, sino para dolerse ante el Altisimo de lo cruel de su fortuna, y para proclamar su incomprension de las razones por las que se ve obligada a pasar esta prueba.

Pero esta tarde tengo una estrategia diferente. Aunque hasta ahora haya aguantado ante mi, atisbo donde esta la medula de su verguenza. Donde sus protestas se debilitan y se quiebra su orgullo. Y creo haber averiguado como acercarme de forma que sus defensas no sean eficaces. Ella me observa como si adivinara que no va a ser un interrogatorio como los anteriores. La dejo saborear esa sensacion, para que el temor mine su fortaleza.

– No teneis buen aspecto, dona Teresa -le digo al fin-. Lo sentiria mucho si el padecimiento que la carcel os provoca fuera debido a mi negligencia, pero vos sabeis que la que lo prolonga es vuestra negativa a colaborar.

– Por favor, decidme en que puedo colaborar -responde, algo mas nerviosa de lo acostumbrado-, que no sea faltando a la verdad de lo sucedido, y os aseguro que no hallareis a nadie mas ni mejor dispuesto.

– Se que vuestra disposicion no es mala -admito, indulgente-. Se que en todo esto fuisteis arrastrada en la direccion erronea por quien tenia la obligacion de guiaros por el recto camino. Pero no podeis aspirar a Salir sin penitencia de este mal paso. Porque inducida o no, vos sabeis que admitisteis lo que no debiais, que quisisteis creer lo que no podia creerse, y que con vos expusisteis asi a la herejia, y al grave pecado que suponia seguirla, a aquellas a quienes teniais bajo vuestra autoridad. Fue del desasosiego nacido del pecado, y de la disolucion del espiritu a que llevo su practica continuada, de donde brotaron los demonios imaginarios a los que vos y vuestras monjas quereis hacer cargar con la responsabilidad de todo el entuerto.

Observo como ha encajado mis palabras. En su mirada hay ahora una especie de horror. Sin duda peca de soberbia, y tengo la conviccion de que ha sucumbido al vicio tanto por engano como por liviandad. Pero la suya es un alma de noble consistencia, y asi como ha cedido a la tentacion, es igualmente capaz de vencerla y regenerarse. Mientras la veo a mi merced, constato con envidia que estoy encausando a alguien que, mas alla de este tropiezo, puede llegar a participar de la Gracia como nunca podre yo mismo. Ahuyento en seguida este pensamiento, que me distrae de mi tarea.

– Entendedme bien -anado, con mi tono mas amable-. No niego que la ofuscacion os haya podido llevar en algun momento a creer cierto lo que solo era una alucinacion. Pero aqui y ahora, y lejos de esas in fluencias nefastas, os sobra seso para percataros de que aquel delirio colectivo no fue la fuente del mal, sino su consecuencia. Tambien sabeis donde y como fallasteis, y, por tanto, que teneis que reconocer para salir todo lo bien parada que en estas circunstancias se os ofrece. Y que no es poco, porque el Santo Oficio no niega su compasion a quienes abjuran de sus errores.

La mujer que tengo ante mi trata de descifrar lo que con tan precisa intencion acabo de decirle y sopesa sus posibilidades. Por fuerza ha de darse cuenta de que no contestar en seguida a mi propuesta atestigua sus dudas y refuerza mi poder sobre ella. Percibo que mi maniobra esta resultando efectiva, pero no me privo de proporcionarle un argumento mas:

Aqui existen ya indicios fuertes de herejia, aunque no sean definitivos. A falta de una confesion prestada de grado, dispongo de un recurso extraordinario para obtenerla. Pero me repugna pensar en la sola posibilidad de aplicarlo en vuestro caso. Primero, por el habito que vestis, y segundo, porque vos no sois quien corrompio, sino una mas de sus victimas.

Ni remotamente contemplo someterla a tormento; no es tanta mi abyeccion, y en mi practica sigo las pautas servidas por Francisco Pena en su comentario al Directorium inquisitorum de Eymeric: «Si el delito se puede probar de otra manera que con la tortura, no debemos recurrir a ella». Se que puedo probar los delitos de esta mujer por la persuasion, porque tiene a quien trasladarle el grueso de la infamia y por fuerza ha de ver la salida que le estoy brindando. Es para ese otro para quien reservo el suplicio, pero ella no puede leer mis pensamientos y mi velada amenaza la inquieta.

– ?Que quereis exactamente que os diga? -murmura.

– Quiero que admitais que recibiais caricias del confesor, que lo banabais y veiais sin ropa y que tomabais los alimentos masticados de su boca.

– Ya he contestado antes a eso -protesta, con voz quebradiza.

– ?Lo admitis, pues?

– Solo admito que hubo caricias y trasiego de bocados, pero no era lubrico su proposito, o asi lo percibia yo. Todo lo interpretaba por mi parte como fruto y expresion de afecto y de confianza paternal, y lo consentia por la reverencia que debia a quien alli estaba, segun designio de mis superiores en la orden, para dirigir mi espiritu y el de las hermanas a mi cargo.

Es lista, eso ya lo tengo sobradamente visto a lo largo de todas las sesiones anteriores. Pero ahora tiene la oportunidad de usar su inteligencia para hacer algo mas que bloquear mis acometidas. La estoy invitando a servirse de ella para escapar a la perdicion, aunque no sea sin quebranto, y tengo que ponerselo lo bastante claro como para que deje de perder el tiempo con esa estrategia obtusa que ni a ella ni a mi nos soluciona nada.

– Eso bien pudo ser -admito-, pero al mismo tiempo colijo que hubo otra cosa, que es la que a mi me importa. Voy a ayudaros. ?En algun momento concebisteis que aquellas acciones pudieran no ser tan paternales, es decir, que el confesor buscara desahogar su avidez carnal, y aun asi consentisteis, en la creencia de que acceder a tal cosa no constituia pecado?

No contesta en seguida. El tiempo discurre lento sobre su silencio y tras sus ojos de gacela acorralada adivino el ajetreo de su cerebro. Procuro que la mirada de los mios le transmita un adarme de confianza, que me sienta de su parte, en lo que mi cometido y el caso me lo permiten.

– No niego -dice al fin, bajando la vista- que en algun momento pasara por mi cabeza esa idea. Ni que fuera lo bastante debil y me hallara tan confusa y fuera de mi que llegara a creer que podia darla por buena. Pero…

– Un momento -la interrumpo-. Admitid, antes de lo que vayais a decir en vuestro descargo, que en esa creencia, inducida por el confesor, consentisteis en prestaros a tales actos y tolerasteis que otras se prestaran.

– Puede ser -dice, doblegandose por primera vez a mi voluntad-. Pero juro que no fue una creencia sostenida y que, al contrario, siempre quise ver que todo era como decia antes, sin malicia ni deseo impuro.

– Ya os he dicho que en eso os creo -asiento, con la magnanimidad a que me invita mi triunfo, tan laboriosamente obtenido-. En fin, declarado vuestro error, solo resta que abjureis ahora de el con toda la firmeza de que seais capaz. Hecho esto, podreis esperar justicia, pero tambien clemencia.

– Si llegue a cometer el error que decis, fruto de la turbacion de mi animo, tened por seguro que abjuro absolutamente, ahora y cuantas veces sean precisas para ser acogida de nuevo como fiel sierva del Senor.

Alza hacia mi sus ojos, deslumbrantes y arrasados en lagrimas. En este momento la admiro, y entiendo la concupiscencia del torpe presbitero con que la Providencia tuvo a bien probarla. Sospecho que podria obligarla a confesar mas culpa, pero no lo necesito para mi recto fin. Estigmatizada debe quedar, porque asi lo justifica su fallo, pero no destruida. Ahora ya la tengo donde debe estar. Y tambien tengo lo que de ella buscaba.

– Amen -concluyo, dando gracias al Senor por haber permitido, una vez mas, que el mas ruin de sus ministros se enaltezca en su servicio.

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