Cuaderno del Inquisidor (2) Despues de repasar las actas de los interrogatorios, y de constatar que me encuentro apenas a un paso de cerrar esta instruccion de la forma mas satisfactoria para restaurar el orden y atajar de raiz el trastorno que lo ha alterado, he salido a dar un paseo por la ciudad. Me gustan sus desniveles y sus callejas, los rincones oscuros y las perspectivas subitas que se ofrecen al paso al transeunte. Por aqui caminaron y aqui vivieron durante siglos los mas abominables infieles: sarracenos y judios. Pero el celo de los inquisidores que me precedieron en el oficio, a lo largo de una centuria larga de trabajos y desvelos, extirpo de esta tierra su simiente, y ahora en Toledo solo se celebra el culto y la indisputada gloria de la religion verdadera.
Sopla limpio el viento que viene del otro lado del rio. Los rufianes buscan el amparo de las sombras y se cuidan de asomar el hocico fuera de ellas, como a su naturaleza corresponde, y las buenas gentes llevan adelante su vida y sus asuntos con modestia y temor de Dios, como tambien debe ser. Los veo doblar la cerviz cuando se cruzan conmigo, sabedores de que por mi mano se administra la siempre justa y medida, pero terrible colera de la Iglesia. Este es el corazon de la Castilla catolica, puntal de la fe en tiempos convulsos, y me enorgullece estar aqui y ser parte de sus huestes.
Dentro de trescientos anos, un extravagante poeta de allende el oceano, deudor a partes iguales de Castilla y de su mayor enemiga, la hereje Inglaterra, dara en escribir sobre los hombres como yo estos aturdidos versos:
Espana de los inquisidores, que padecieron el destino de ser verdugos y hubieran podido ser martires. * Desorientada asercion, que atestigua la ferocidad con que el tiempo desdibuja los contornos de las acciones humanas. No me considero en absoluto un verdugo, y no necesito, para rehusar esa condicion, desfigurar en lo mas minimo la verdad. No consiste mi tarea en acabar la vida de nadie, sino al contrario, en ofrecer la unica posibilidad cabal de proseguirla a aquellos que han acogido dentro de si el halito mortal que infunde el extravio del alma, y que no es otra que el arrepentimiento y la sumision a Dios. Cuando me topo con alguno que prefiere perseverar a todo trance en la muerte eterna del pecado, en ese atestado termina mi mision, pues no se me concedio el poder de castigar las faltas, que solo compete a Dios y al Rey, sino unicamente el de perdonarlas. Es la justicia del Rey la que, por la salud espiritual de su reino, toma a su cargo al infeliz y dispone de el conforme mandan las leyes. Y nadie pretenda ver cinismo en mis palabras, porque como lo digo lo siento: es el hereje contumaz quien se condena a si mismo a la hoguera, y la justicia secular quien tiene a bien prenderla. Yo solo trato de impedir el encuentro de las almas y el fuego. Pero no siempre cabe evitarlo.
Yerra tambien el poeta al suponer que mi destino, o el de los hombres como yo, bien hubiera podido ser el martirio. Esa es suerte reservada a las almas ingenuas y desprendidas, vehementes y un punto iluminadas, que son las que buscan el pretexto y la ocasion de perecer por la fe y aciertan a convencerse de que esa es la mejor manera que tienen de servirla. Por ahi andan, de misioneros en las Indias Occidentales u Orientales, tratando con los salvajes que pueden sellarles el pasaporte a la santidad. Los hombres como yo, en cambio, hemos renunciado a tan sublime senda, porque hay quien debe prestar a la Iglesia el ingrato servicio de asumir labores que en nada predisponen ni contribuyen a alcanzar los altares. Nosotros sabemos, ademas, que no somos ni seremos nunca santos, y que por tanto no debemos malgastar nuestras vidas en la vana persecucion de esa meta. Al contrario que los martires, somos taimados, escepticos y si es preciso malevolos. Al final, todo soldado acaba pareciendose, en el roce del combate, al soldado enemigo con el que cruza su acero, y nosotros contendemos a diario con aquel que es la fuente y la culminacion de toda malevolencia.
Debo decir algo mas, incluso, en lo que a mi respecta en particular. Algo que puede sobrecoger a quien lo lea, como me sobrecogio a mi mismo cuando lo comprendi. se que el mal es consustancial a mi alma, y que haga lo que haga, de ella no lograre arrancarlo. Mis flaquezas son mas fuertes que yo, y se desde hace tiempo que estoy condenado a integrarme, escarnecido y humillado como el que mas, en las legiones de ese principe al que cada dia trato de hurtar subditos. No espero su piedad, como tampoco espero recompensa de Aquel Cuya causa defiendo, porque se que no es del modo incompleto en que lo hago como se le puede complacer y ganar Su misericordia. Pero aunque no sepa enmendarse y por tanto ganar la absolucion, mi espiritu se resiste a dejar de ver que la luz es la luz y la noche es la noche. Y ya que mis actos como hombre me ensucian y denigran, me queda al menos el consuelo de que como ministro de la Iglesia persigo su grandeza y le ofrendo un sacrificio que otros, los justos, nunca podran hacer.
Por eso no temo el juicio de los simples, y no me tiembla el pulso al enfrentarme a las arduas y espinosas rutinas que conlleva mi cometido. Soy quien debe estar aqui, desempenandolo, y no atormenta mi conciencia ninguna de las diligencias que he realizado u ordenado a lo largo de todos estos anos. Me aflige mi vileza; no el haber acertado a dirigir las potencias que de ella brotan contra aquellos que caen bajo mi jurisdiccion. Todas las anagazas, las insidias y aun las crueldades cometidas en el ejercicio de mi cargo y para cumplir sus fines son un triunfo sobre mi propia naturaleza, que me encaminaba a realizarlas sin provecho. Todo el mal que aqui hago, es por la causa del bien. No incrementa, sino que minora mi deuda.
Muy otro es el caso de mis faltas privadas. A menudo me invade la desazon, incluso llego a sentir envidia por aquellos a los que proceso, cuando se derrumban e imploran y obtienen, por alto que sea el precio, el perdon que a mi no me cabe esperar. No puedo acudir al confesor para descargar mi conciencia, porque me consta que significaria el final de todo lo que ahora soy y tengo un miedo insoportable a verme obligado a vivir de otra manera, despojado de mis actuales atribuciones y sometido a impredecibles penurias. Se que en esa menguada circunstancia terminaria quitandome la vida, y asegurando asi mi condenacion. En esta no son mucho mayores mis esperanzas de salvarme, pero queda un resquicio para la duda. Mientras continue aqui, puedo sonar con que encontrare la manera de agradar a Dios lo bastante como para que me perdone, aun impenitente, o bien para que me ilumine y me ayude a vencer al fin la congenita maldad de mi ser.
Pero queden aqui estas miserias. Estoy impaciente por lo que se avecina, y ya empiezo a saborearlo. Ese necio quiso acomodar la fe a su debilidad. Ahora voy a ensenarle que no es tan facil el camino del hombre.