desde lejos grito:

– ?Tonto!

Por la manana vino corriendo al patio, puso su brazo delgado y largo en mi hombro y me dijo en voz baja al oido:

– Perdona por haberte insultado ayer. Yo queria contarte un secreto, pero olvide que eres un chico.

– No necesito tus secretos -le dije-. Tengo la casa llena.

– Ella contuvo la risa a duras penas y volvio a marcharse corriendo, contenta de que poco mas o menos nos hubiesemos reconciliado.

Esta vez llegaba a casa del babazoti cargado de noticias terribles y me sentia como una especie de heroe que acaba de atravesar el reino de la magia. Me deleitaba pensando en la sorpresa que les iba a dar a todos con mis relatos, ignorando que en la vieja casa del abuelo me esperaba una sorpresa inquietante: Margarita.

Nada mas atravesar el umbral del gran porton del patio, alce la cabeza sin querer y la vi por primera vez en una de las ventanas de la segunda planta. Nunca habia visto una cabeza femenina tan hermosa en casa del abuelo, a la que no podia imaginar mas que repleta de tias, letras arabes y comida.

Estaba sentada junto a los tiestos de flores, del todo ajena, ajena hasta el prodigio; ajena y sorprendente como la rosa que se abre de pronto una manana, sin saber como, en una rama llena de espinas.

– ?Quien es esa? -pregunte a la abuela un poco turbado.

– La inquilina. Hace una semana que le hemos alquilado la habitacion de la esquina.

Margarita sonrio entre los tiestos y pregunto:

– ?Es su nieto?

– Si.

Senti que me ardian las orejas y sali del patio a la carrera. Estaba parado en la puerta exterior cuando oi un rumor de alas. Susana, pense.

– ?Ya has venido?

Llevaba un vestido claro que la hacia parecer aun mas delgada y ligera. Tenia el cabello peinado de un modo nuevo.

– Eh -dijo-. Cuentame.

Todo el ansia de contar que habia sentido se desvanecio de pronto.

– ?Que quieres que te cuente? No hay nada que contar.

– ?No hay nada que contar? -exclamo ella con asombro, como si hubiera escuchado la cosa mas increible del mundo.

– Algo de brujeria -dije.

– ?Brujeria? ?Como? Cuentamelo.

– Unos cuantos hechizos.

– ?No quieres hablar?

Guarde silencio.

– ?Por que no quieres hablar? Cuentame lo de la brujeria o lo de los italianos.

Calle.

– Eres tonto de verdad. Extraordinariamente.

– Asi es, extraordinariamente.

De pronto saque del bolsillo la lente redonda y me la puse en el ojo, apretandola entre el pomulo y la ceja. Para conseguir sujetarla debia torcer la cara y mantener el cuello tenso como un palo. A Susana le disgustaba mucho eso.

– ?Que horrible! -dijo.

– Me da la gana.

– ?Por que te pones tan feo?

– Porque quiero.

Comence a moverme lentamente con el cuello rigido y la cara torcida, apretando todos los musculos para que no se me cayera el cristal. Ella me miraba con desprecio. Pero olvide en seguida mi inexplicable enfado contra ella y, con deseos de exhibirme, entre con la lente en el ojo en el cobertizo de los gitanos, entre los gritos de sorpresa, de admiracion y de temor que mi mascarada ocasionaba habitualmente entre ellos. Al salir senti que se me entumecia la cara y que era incapaz de continuar sosteniendo el cristal; asi que me lo quite y lo guarde en el bolsillo.

Susana, al ver que me quitaba la lente, se me acerco de nuevo y me dijo en tono conciliador.

– ?Por que vienes siempre enfurecido de ese barrio tuyo?

La mire con intensidad y note que su semblante limpio estaba mas cerca de la sonrisa que del enojo. Dio un paso mas hacia mi.

– Estoy muy sola aqui. Me aburro.

Comprendio que iba a decir algo y quiso adelantarse a mis palabras de reconciliacion con una sonrisa, pero en ese instante, como impulsado por algo ciego e irresistible, le grite en un tono que a mi mismo me resulto extrano, imitando la voz de los soldados italianos:

– Che putana!

Se llevo la mano a la boca, dio un paso al frente, luego dos mas, se volvio de pronto despues y se marcho corriendo entre los matorrales con sus largas piernas.

Quede solo e inmovil un rato, aturdido. Mi frente estaba cubierta de sudor. Me obligo a volver en mi la voz de la abuela, que me llamaba para almorzar.

Durante los cuatro dias que permaneci esa vez con el babazoti, no volvi a ver a Susana. A veces me parecia sentir un murmullo en algun lugar, que no venia de ninguna direccion precisa, pero no logre verla nunca.

La vieja casa del abuelo se habia vuelto mas diafana, aunque se aproximara el otono, los rosales se agostaran en el patio y el lugar apareciera cada dia mas desierto. Eran las ultimas noches en que los gitanos tocaban sus violines. En el patio oscuro, el abuelo, despues de haber pasado toda la tarde leyendo sus librotes, chupaba la pipa, semitumbado en la otomana. Me sentaba como de costumbre en una silla cerca de el, pero no pensaba tanto en el tabaco y en los libros turcos, pues sucedia que junto a mi estaba sentada Margarita, con su brazo alrededor de mi cuello. El cielo estaba completamente oscuro y de vez en cuando resbalaba por sus abismos alguna estrella.

– Ha caido una estrella -decia Margarita en voz baja-. ?La has visto?

Yo asentia con la cabeza.

En verdad, la caida de una estrella no me causaba en ese momento mas impresion que la de un boton, pues los espesos cabellos de Margarita caian sobre mi cuello y de ellos, lo mismo que de todo su cuerpo, llegaba hasta mi un aroma suave, turbador, que no tenian ni mama, ni la abuela, ni mis tias, que no tenia semejanza con ninguno de los olores placenteros que me gustaban, incluyendo los de los mejores guisos.

Habia refrescado y el abuelo se levantaba de la otomana mas pronto que en las noches de verano. Todos los demas se levantaban tras el; los gitanos guardaban los violines en las fundas y durante un instante se hacia el silencio. Despues relampagueaba en algun extremo del horizonte y la abuela decia:

– Manana tendremos lluvia.

– Buenas noches -decian los gitanos que se retiraban a su alojamiento.

– Buenas noches -decia el apacible marido de Margarita.

– Buenas noches -repetia Margarita con su voz calida.

– Buenas noches -contestaban todos, uno tras otro.

Despues de todos, adormilado, tambien yo decia «buenas noches» y entonces los viejos escalones crujian durante un rato, hasta que todo se tranquilizaba y quedaba envuelto por el sueno.

En ese momento se revitalizaban los techos de la casa. Los movimientos de los ratones, al comienzo timidos y aislados, se volvian progresivamente mas rapidos y arrojados, hasta transformarse en una horda incontenible que se trasladaba con estruendo de un extremo a otro del desvan. A medida que transcurrian los minutos se iban pareciendo mas a las hordas de Gengis Khan, que yo habia visto en el cine. Ahora se agrupaban en las profundidades de Asia (Asia era el techo de Margarita). Sin duda se preparan. Un breve silencio. Segun parece, Gengis Khan pronuncia un discurso. Senala con la mano hacia las fronteras de Europa (el techo del pasillo). Las

Вы читаете Cronica de la ciudad de piedra
Добавить отзыв
ВСЕ ОТЗЫВЫ О КНИГЕ В ИЗБРАННОЕ

0

Вы можете отметить интересные вам фрагменты текста, которые будут доступны по уникальной ссылке в адресной строке браузера.

Отметить Добавить цитату