sobre el techo de su habitacion. Avance lentamente para no hacer ruido y me tumbe boca abajo junto a una grieta. Arrime un ojo y mire.
En el cuarto no habia nadie.
?Donde estaria Margarita? La gran cama estaba cubierta por una colcha y sobre ella se veian prendas de ropa interior dobladas. Escuche un chapoteo y comprendi que se estaba lavando.
Espere mucho tiempo hasta que salio del bano. Iba toda cubierta con un albornoz y tenia el cabello mojado y suelto. Se acerco al espejo, cogio el peine y comenzo a peinarse. Mientras lo hacia, cantaba en voz baja.
Despues cogio la caja de polvos de la comoda, la abrio ante si y comenzo a hacer algo con la esponja.
Cuando se quito el albornoz y se inclino para coger la muda, cerre los ojos. Al abrirlos, los encajes parecian mariposas blancas que se posaban sobre su cuerpo formando ribetes en torno a las piernas, bajo las ingles, sobre el pecho, como las mariposas blancas de los prados que aparecen en primavera y que yo habia perseguido a menudo sin lograr atrapar ninguna.
Mientras permanecia alli tumbado, en mi perturbacion oi la voz de la abuela que me buscaba por la casa y tras ella la de la tia desde el fondo del patio. Me incorpore con cuidado y arrastrandome por las vigas volvi a salir al tejado, para bajar despues por el muro trasero de la casa.
– ?Donde estabas? -me interrogo la abuela-. ?Como te has ensuciado asi?
– En el tejado.
– ?Y que hacias en el tejado, hombre de Dios? Otra vez nos vas a llenar de goteras toda la casa.
– No, abuela, ando con cuidado.
– Anda, cuidadoso -respondio-. Ven a comer.
La abuela siempre olia a pan tierno y cuando tenia hambre me acordaba de ella, con su cuerpo pesado y blanco que hacia crujir quejumbrosamente las viejas maderas de la casa, como si dijeran: «Crac, crac, crac, nos aplastas, abuela querida, nos asfixias».
El abuelo pronuncio aquellas palabras en turco que me parecian tan magicas y todos comenzamos a comer. Note que la abuela estaba enfadada, pues hacia mucho ruido con las sartenes y los cucharones. Es lo que hacia siempre que la martirizaba algun conflicto. Hasta que no pudo contenerse mas y dijo furiosa:
– ?Desvergonzada!
Observe que a los demas no les causaba impresion la exclamacion y continuaban comiendo con sosiego. Al parecer, sabian a quien insultaba la abuela.
– ?Quien es la desvergonzada, abuela? -pregunte yo.
El abuelo la miro a los ojos y ella cabeceo irritada como diciendo: «ya se, ya se».
– A ti no te interesa -me dijo y aparto ruidosamente la sarten.
– Si yo estuviera en tu lugar, se las quitaria de las manos -dijo la mayor de mis tias.
– Solo eso me faltaba, pelearme con las zorras.
Jamas hubiera sido capaz de imaginar que la abuela pudiera pelearse con nadie, despues de haberla visto toda mi vida guisando y haciendo tortas.
– Dejad ya este tema -dijo el abuelo e hizo un gesto con la cabeza en mi direccion. Todos le obedecieron, aunque la abuela parecia continuar con su enfado, pues el ruido de las cacerolas se hacia cada vez mas escandaloso.
– Zorra, mas que zorra -la emprendio de nuevo.
– Haberselas quitado de la cuerda -insistio la tia mayor.
La menor de mis tias abrio el periodico y se puso a leer.
– Deja ese periodico -la hostigo la abuela-. Los periodicos son para los hombres.
La otra rio a carcajadas…
– ?De que te ries? Nosotras estamos angustiadas y tu leyendo periodicos y con risitas.
La tia se levanto y se marcho con el periodico en la mano.
– Hoy las servilletas, manana los cubiertos, pasado las alfombras -continuo la abuela.
Hablaban ya abiertamento de lo sucedido y comprendi de que se trataba. Margarita robaba.
– ?Por que dejas el plato? -me dijo la otra tia.
– Ya no tengo hambre -dije y me levante de la silla.
– No has comido nada. ?No estaras enfermo?
– No.
– Seguro -dijo la abuela-, te habras enfriado. Te pasas todo el dia en lo alto del tejado, como si no tuvieras una casa.
Sin decir una palabra, me fui al cuarto de estar. La tia menor estaba sentada en un rincon y leia el periodico.
– ?Ya te han echado tambien a ti? -dijo sin levantar la cabeza.
No respondi. Reinaba una gran tranquilidad. Desde lo alto del camino de la fortaleza, la cancion del caminante desconocido rodaba por el barranco:
Yo lo escuchaba abstraido. La voz se alejaba progresivamente. La mirada se me habia quedado enganchada en los postes del telefono.
?De que tendria verguenza?
Se percibian los movimientos del otono. Alla abajo, entre las ramas que se desvestian, se deslizo algo. Susana. Ya se habia enterado de mi llegada.
El tic-tac del gran reloj resonaba
