– Es la hecatombe -dijo dona Pino, sin duda por milesima vez.
– ?Va a entrar en razon alguna vez esa gente o no? -grito Xexo dirigiendose a la abuela, como si fuera la representante de la ciudad.
En ese momento, alguien volvio a llamar a la puerta. Era la tia Xemo.
– ?Que os pasa, queridas, que os pasa? -dijo nada mas entrar en el corredor.
La tia Xemo venia raramente a casa de visita: dos o tres veces al ano a lo sumo. Era alta, esbelta y parecia toda huesos. Era famosa en nuestra familia a causa de su mania por la limpieza. La tia Xemo no comia nada que hubiera tocado mano ajena. El pan, los guisos, el cafe, el te: todo lo hacia con sus propias manos. La cuchara, el plato, la taza, el cacillo del cafe, los guardaba aparte en su casa. Cuando iba de visita, envolvia el pan en un panuelo limpio y en otro el cacillo, la taza, la cuchara y el vaso y se los llevaba consigo. Todos conocian la mania de la tia Xemo y nadie se ofendia cuando colocaba en la mesa comun su propio y sencillo alimento.
La tia Xemo escucho en silencio las explicaciones de las mujeres sobre aquel extrano establecimiento.
– ?Maldita sea su estampa! -dijo por fin-; ya dije yo que sucederia. Dije que terminarian abriendolo, ese… como lo llaman, el comedor colectivo.
Hacia tiempo que a la tia Xemo la inquietaba la creacion de comedores colectivos. Para ella no existia una desgracia mayor.
– ?Y por que os preocupais? -grito-. Que se inquiete esa, que su marido es joven -la tia Xemo senalo a la nuera de Nazo-, pase, ?pero vosotras? ?Sois tontas!
La nuera de Nazo comenzo a sonreir y despues, ante la sorpresa de todas, se tapo la boca con la mano y rompio a reir. Nazo le dio un codazo en la cadera.
Las mujeres se dispersaron. La abuela y la tia Xemo ascendieron con parsimonia la escalera de madera, hasta la segunda planta.
– ?Que han de escuchar nuestros oidos, querida Selfixe! -dijo la tia Xemo.
– Ahi tienes, en cuanto te ponen el pie encima, eso es lo que hacen siempre los extranjeros. ?No lo ves? Las mujeres no se atreven a asomarse a las ventanas porque los italianos sacan espejos del bolsillo y les hacen senas con el sol.
– Desde el dia en que llegaron, se vio que eran unos golfos -dijo la tia Xemo-. He visto muchos ejercitos, pero nunca hubiera creido que los soldados pudieran oler a lavanda.
– Si solo fuera eso, pase, pero lo que estan haciendo alli -la abuela dirigio los ojos al campo del aeropuerto- no me gusta nada.
La otra suspiro.
– La guerra se nos viene encima, querida Selfixe.
Entretanto, desde las ventanas, las mujeres continuaban su charla sobre aquella nueva casa que tenia el epiteto extrano de «casa publica». Sobre su tejado caian todos los rayos del cielo; el fuego la abrasaba cientos de veces al dia; cientos de veces quedaba reducida a ruinas y, al parecer, otras tantas se alzaba sobre sus propias cenizas, pues las maldiciones no cesaban. Una nueva ofensiva de las viejas comadres volvio a ocupar las calles y callejas. El viento del norte soplaba constantemente. Agitaba los gorros negros de las comadres y les arrancaba una pequena lagrima que se mecia en la comisura de sus ojos, como un adorno cristalino. Las viejas caminaban sin descanso.
La ciudad se encontraba en un estado verdaderamente febril. No era dificil percibir sus sudores. Los cristales vibraban continuamente. Los hogares gemian. El proyector encendia por las noches su unico ojo. Era el ciclope Polifemo. Sone que caminaba hacia el con una tea encendida en la mano. Iba a abrasarle aquel ojo terrible. Imagine que los alaridos del proyector cegado inundaban la noche.
El tiempo estaba revuelto y todo era inestable. Me acordaba del terreno cambiante que rodeaba la casa del abuelo. Al parecer, la tierra comenzaria pronto a moverse tambien en torno a nuestra casa. Todo el mundo predecia poco mas o menos eso.
Ilir bajaba corriendo por el Callejon de los Locos.
– ?Sabes? -me dijo al entrar-. El mundo es redondo, como una sandia. Lo he visto en casa. Lo ha traido Isa. Es redondo, completamente redondo, y se mueve constantemente.
Necesito un buen rato para explicarme lo que habia visto.
– ?Y por que no se caen? -le pregunte cuando me dijo que debajo de nosotros habia otras ciudades llenas de casas y de gente.
– No lo se -dijo-. Olvide preguntarselo a Isa. El y Javer estaban en casa mirando el mundo redondo. Javer lo empujo una vez con el dedo y dijo: «Pronto se convertira en un matadero».
– ?En un matadero?
– Si. Eso dijo. El mundo se inundara de sangre. Eso dijo.
– ?Y de donde va a salir la sangre? Los campos y las montanas no tienen sangre.
– A lo mejor tienen. Si ellos lo dicen, por algo sera. Cuando Javer dijo que el mundo se va a convertir en un matadero, yo le conte que habiamos estado en el matadero de la ciudad y habiamos visto como mataban las ovejas. Se rio y me dijo: «Pues ya veras cuando lleven los Estados al matadero».
– ?Los Estados? ?Los que aparecen en los sellos de correos?
– Si, eso es.
– ?Y quien los va a degollar?
Ilir se encogio de hombros. -No se lo pregunte.
Pense en el matadero. Hablando del aeropuerto, Xexo habia dicho un dia que los campos y la hierba se cubririan de cemento, de cemento mojado, resbaladizo. Una manguera regaria la ciudad y los Estados, para limpiar la sangre. Quizas eso fuera el comienzo de la carniceria. Lo que se me hacia mas dificil era imaginar como llevarian los Estados al matadero y como serian sus balidos. Aldeanos con pellizas negras, matarifes de blanco. Carneros, ovejas, corderos. Los que miran. Los que esperan. Ha llegado la hora. Francia. Noruega. El patio ensangrentado. Los balidos de Holanda. Luxemburgo como un cordero. Rusia con grandes esquilones. Italia (no se por que) como una cabra. Un mugido aislado; ?de quien?
– Y de esa casa, ?has oido hablar? -me pregunto Ilir.
– He oido que es mala, muy mala.
– ?Sabes? Dicen que hay muchas mujeres guapas alli.
– ?De verdad? Xexo dice que son mujeres malas.
– Pero son guapas.
– ?Guapas? ?Que tonto!
– Tonto, seras tu.
Nos quedamos un momento sin hablar.
Entretanto, la casa de prostitucion continuaba trastornandolo todo. Xexo entraba y salia de nuestra casa trayendo noticias a cual mas increible. El viento no cesaba. No se recordaba un viento asi desde hacia decadas. Decian que el viejo Xivo Gavo habia anotado este hecho en su cronica.
Por aquellos dias se realizo la primera prueba con la sirena de alarma antiaerea. Era la hora de comer cuando empezo a oirse un lamento que ponia la carne de gallina.
– La suegra de Bido Sherif -dijo la abuela-. Asi es como grita ella.
Mama y papa se asomaron a la ventana. El alarido proseguia, pero se trataba de un grito que no era humano. Llegaba a intervalos; habia un momento en que parecia extinguirse, pero justo entonces perforaba el cielo con fuerza renovada. Ni cien suegras de Bido Sherif hubieran podido emitir un lamento asi.
– Es una sirena -dijo papa con voz medrosa-; la oi una vez en Egipto.
La abuela se quedo con la boca abierta.
Asi es como la ciudad tuvo su sirena de alarma.
– Ya tenemos un lamento que nos llore a todos -dijo Xexo cuando vino por la tarde-. Lo que nos faltaba, Selfixe. Ya estamos listas. Ahora vendra el arcangel San Gabriel.
Como si no bastara todo aquello, justo entonces se produjo otro acontecimiento que conmovio lo que habia quedado por conmover: la boda de Argyr Argyri.
Habia observado que las noticias de compromisos o de bodas producian con frecuencia insatisfaccion o perplejidad en algunos y alegria o sonrisa en otros; pero nunca hubiera creido que el anuncio de una boda pudiera caer como una catastrofe negra sobre las cabezas de todos sin excepcion. «Se va a casar Argyr Argyri, ?te has enterado? Anda ya. De verdad que se casa. No digas estupideces. Argyr Argyri se casa. ?Como? Se casa. ?Como,
