– Nada, papa, fuimos solo para ver.
– ?Para ver que?
Las cebolletas se tranquilizaron y sus tallos colgaron flacidamente.
– Nunca mas volvais al matadero -dijo Mane Voco con voz suave.
Sus dedos buscaban algo en el pequeno bolsillo del chaleco. Por fin lo encontro. Medio
– Tomad, idos ambos al cine.
Mane Voco se fue. Poco a poco ibamos saliendo de nuestro desconcierto. La vision del mercado, que atravesabamos ahora, nos tranquilizaba. Sobre los tenderetes, sobre los cestos, sobre los panuelos extendidos, se ofrecia un mundo verde que no existia en nuestras casas. Coles, verduras, cebollas, sonrisas de los valles, leche, rocio matutino, queso, perejil y, en medio de todo aquello, el tintineo del dinero. Preguntas. Respuestas. Preguntas. ?Cuanto? ?Cuanto? ?Cuanto? Murmullos. Maldiciones. «?Que se te atragante! ?Ojala te lo gastes en medicinas!». ?Cuanto veneno resbalaba por la lechuga, por las coles! Y resbalaban los gusanos, resbalaba la muerte. ?Cuanto?
Nos alejamos. Al fondo de la plaza, un soldado italiano tocaba la armonica mirando pasar a las muchachas. Llegamos hasta las carteleras. No habia pelicula.
Regresamos a nuestras casas. Al subir la escalera oi la risa de mi tia, la menor. Xexo y dona Pino estaban aun alli. La tia, sentada en una silla, balanceaba una pierna y reia a carcajadas. Xexo volvio los ojos dos o tres veces hacia la abuela, quien no hizo sino fruncir ligeramente los labios, como diciendo: «Que le vamos a hacer, querida Xexo, asi son las muchachas de ahora».
Llego papa.
– ?Lo has oido? -le dijo la tia en cuanto entro-. En Tirana han atentado contra Victor Manuel.
– Me lo han contado en el cafe.
– El autor del atentado habia escondido el revolver en un ramo de rosas.
– ?Ah, si?
– Manana lo ahorcan. Tiene diecisiete anos.
– ?Oh, esos pobres muchachos! -exclamo la abuela.
– Es la hecatombe.
– ?Que pena que no acertara! -dijo la tia-. Se lo impidieron las rosas.
– ?Que sabes tu de todo eso? -dijo mama casi con reprobacion.
– Lo se -dijo la tia.
Xexo se puso el gorro y, tras despedirse, se fue. Poco despues se marcho tambien dona Pino.
Subi a la segunda planta. Habia cierta animacion en las calles. Regresaban del mercado los ultimos viandantes. Maksut, el hijo de Nazo, llevaba bajo el brazo un repollo, que parecia una cabeza cortada. Tuve la impresion de que sonreia para sus adentros.
Los campesinos habian comenzado a marcharse. Poco mas tarde, las calles de Varosh y de Palorto, las de Hazmurat, de Chetemel y de Zalli, la carretera y el puente del rio se llenarian de sus negras pellizas, que se alejarian y se alejarian en direccion a sus aldeas, que nunca llegaban a verse. Como un caballo amarrado al palenque, esa tarde la ciudad devoraria el verdor que habian traido. Aquella materia verde y suave que habian traido consigo, el rocio de los prados y el resonar de las esquilas, eran demasiado escasos y resultaban incapaces de suavizar tan siquiera un poco su aspereza. Los aldeanos se iban. Sus pellizas negras bailaban ahora bajo el crepusculo. El empedrado despedia las ultimas chispas de irritacion bajo los cascos de los caballos. Era tarde. Debian apresurarse para llegar a sus aldeas. Ni siquiera volvian la cabeza para mirar la ciudad que se quedaba sola con sus piedras. Desde la alta prision de la fortaleza se difundia un tableteo apagado. Como cada tarde, los guardianes comprobaban los barrotes de las ventanas de la carcel, golpeandolos ritmicamente con un hierro.
Contemplaba a los ultimos campesinos que atravesaban ahora el puente del rio y pensaba en lo extrano que resultaba dividir a los hombres en campesinos y ciudadanos. ?Como son las aldeas? ?Donde estan y por que no se ven? En realidad, ni siquiera creia en la existencia de las aldeas. Me parecia que los campesinos que ahora se alejaban simulaban dirigirse a ellas, pero en realidad no iban a ninguna parte; simplemente se desperdigaban para acurrucarse en algun rincon tras los promontorios repletos de arbustos que rodeaban la ciudad y alli esperaban durante una semana, hasta que llegara el siguiente dia de mercado, para llenar de nuevo nuestras calles de verdor, esquilas y rocio.
Me preguntaba por que a los hombres se les habia ocurrido reunir tanta piedra y madera y hacer con ellas muros y tejados de toda clase, para despues darle el nombre de ciudad a todo ese enorme monton de calles, de aleros, de chimeneas y de patios. Pero aun mas incomprensible me resultaba la expresion «ciudad ocupada», pronunciada cada vez con mayor frecuencia en las conversaciones de los mayores. Nuestra ciudad estaba ocupada. Esto significaba que habia en ella soldados extranjeros. Lo sabia, pero lo que me atormentaba era otra cosa. No lograba imaginar la existencia de una ciudad sin ocupar. Ademas, si nuestra ciudad no estuviera ocupada, ?no serian aquellas las mismas calles, las mismas fuentes y tejados, las mismas personas, y no tendria yo el mismo padre y la misma madre y no vendrian de visita Xexo, dona Pino, la tia Xemo y todas las personas que acostumbraban a hacerlo?
– No sois capaces de entender lo que significa una ciudad libre porque estais creciendo en la esclavitud -me dijo una vez Javer cuando se lo pregunte-. Resulta dificil explicarlo, creeme. Todo sera tan distinto entonces, tan hermoso, que al principio nos sentiremos aturdidos.
– ?Tanto vamos a comer?
– Claro que comeremos. Si, si, claro. Pero habra otras muchas cosas. ?Oh, si! Hay otras muchas cosas que yo mismo no se muy bien.
…nos encontramos nuevamente, esta vez en Nuremberg. Acaban de anunciar la alegre noticia de que pronto visitara nuestro pais el gran amigo de Albania, Ettore Mutti [1] , secretario del partido fascista, y nuestra ciudad se apresta a recibirlo. Tribunales. Audiencia. Propiedad. El cadaver de un vecino de nuestra ciudad, L. Xuano, ha sido encontrado en el rio. Asesinado cuando se disponia a testificar en el pleito de los Angoni contra los Karllashe. Este viejo litigio, que se prolonga desde hace sesenta anos, ha ocasionado incontables desgracias a la region. Se ha descubierto que Ahmet Zog, el satrapa esquilmador del pueblo de Albania, habia adquirido en Viena un palacio valorado en ciento ochenta mil
