alrededor. Llevaba puesto un esmoquin y rezumaba elegancia, mas que la propia presidenta. Tenia el pelo peinado hacia atras sujeto en la nuca con un lazo negro. Desde el recogido, suaves rizos oscuros caian sobre sus hombros. Era alta, y cuando se mostro de perfil, John se atraganto con el sorbete.

– Jesus -dijo casi sin voz.

– ?Estas bien? -pregunto Jenny, colocandole la mano con preocupacion en el hombro.

No podia contestar. Solo podia mirarla fijamente, sintiendo como si le hubieran golpeado la frente con un stick. Cuando la habia dejado en el Sea-Tac hacia siete anos, no habia pensado que se volverian a encontrar. Recordo la ultima vez que la habia visto: una munequita voluptuosa con un pequeno vestido rosa. Recordaba bastante mas de ella, y lo que recordo le hizo esbozar una sonrisa. Por razones que no podia recordar en ese momento no habia estado borracho la noche que habia pasado con ella. Pero creia que no tenia importancia si habia bebido o no porque, borracho o sobrio, Georgeanne Howard no era el tipo de mujer que un hombre pudiera olvidar.

– ?Que ocurre, John?

– Ahh… nada. -Miro a Jenny, luego volvio la mirada a la mujer que le habia causado tantas molestias al fugarse de su propia boda. Tras ese desafortunado dia, Virgil Duffy habia desaparecido del pais durante ocho meses. El verano siguiente, los entrenamientos de los Chinooks habian estado llenos de especulaciones. Algunos jugadores pensaban que la novia de Virgil habia sido secuestrada, otros tenian varios tipos de hipotesis sobre su escapada. Y tambien estaba Hugh Miner que creia que en vez de casarse con Virgil ella se habia suicidado en el cuarto de bano y que Virgil lo habia ocultado. Solo John sabia la verdad, pero habia sido el unico de los Chinooks que no habia hablado.

– ?John?

Ella estaba alli, en medio del salon, tan bella como la recordaba. Tal vez mas. Quiza fuera el esmoquin que parecia resaltar las curvas de su cuerpo en vez de ocultarlas. O tal vez era la luz que iluminaba su pelo oscuro, o el definido perfil de esos labios carnosos. No sabia si era solo una de esas cosas o todas a la vez, pero descubrio que cuanto mas la miraba, mas profunda era su curiosidad. Se pregunto que estaria haciendo en Seattle. ?Que habria sido de su vida? ?Habria encontrado a algun ricachon con el que casarse?

– ?John?

Devolvio la atencion a su pareja de esa noche.

– ?Pasa algo? -pregunto ella.

– No. Nada. -Volvio a mirar a Georgeanne otra vez y la observo colocar un bolso negro sobre la mesa. Extendio la mano para estrecharsela a Ruth Harrison. Luego sonrio, agarro el bolso y dando media vuelta, se marcho.

– Disculpame, Jenny -dijo, poniendose en pie-. Vuelvo enseguida.

Siguio a Georgeanne mientras ella se abria paso con dificultad entre las mesas sin perderla de vista.

– Perdon -dijo, abriendose paso a empujones entre dos ancianos.

La alcanzo cuando estaba a punto de abrir una puerta lateral.

– Georgie -dijo cuando la mano de Georgeanne alcanzaba el pomo de laton.

Ella se detuvo, lo miro por encima del hombro y luego se lo quedo mirando durante cinco largos segundos antes de abrir la boca lentamente.

– Creo que nos conocemos -dijo el.

Ella cerro la boca. Sus ojos verdes parecian enormes como si la hubieran sorprendido cometiendo un delito.

– ?No me recuerdas?

Ella no contesto. Solo siguio mirandolo.

– Soy John Kowalsky. Nos conocimos el dia que huiste de tu boda -le explico, aunque se preguntaba como podria olvidarse de ese desastre en particular-. Te recogi y nosotros…

– Si -lo interrumpio ella-. Te recuerdo. -Despues no dijo nada mas, y John se pregunto si su memoria lo estaria enganando porque segun recordaba era una charlatana incorregible.

– Oh, bien -dijo para cubrir el embarazoso silencio que se extendio entre ellos-. ?Que haces en Seattle?

– Trabajo. -Ella respiro profundamente, lo que elevo sus senos, luego dijo a toda prisa al tiempo que expulsaba el aire-. Bueno, tengo que irme -y se giro tan rapidamente que choco contra la puerta cerrada. La madera traqueteo ruidosamente y el bolso se le cayo de la mano, esparciendose parte del contenido por el suelo-. Es que nada me sale bien… -dijo ella entre dientes con el arrastrado acento sureno que John recordaba tan bien, agachandose para recuperar las cosas.

John se acuclillo y recogio un lapiz de labios y una pluma. Se los tendio con la mano abierta.

– Aqui tienes.

Georgeanne levanto la vista y sus ojos se perdieron en los de el. Estuvieron asi varios segundos, luego cogio el lapiz de labios y la pluma. Sus dedos rozaron la palma de su mano.

– Gracias -susurro, y aparto subitamente la mano como si se hubiera quemado. Luego se levanto y abrio la puerta.

– Espera un momento -le dijo el, recogiendo del suelo una chequera que no habian visto. En el tiempo que le llevo recogerla y levantarse, ella se habia esfumado. La puerta se cerro de golpe haciendo que John se sintiera idiota perdido. Ella se habia comportado como si le tuviera miedo. Y la verdad era que aunque no recordaba todos los detalles de la noche que habian pasado juntos, si se acordaria de haberle hecho dano. Antes de admitir siquiera la posibilidad, la descarto por absurda. Ni siquiera borracho como una cuba habria lastimado a una mujer.

Perplejo, se dio la vuelta y camino lentamente hacia la mesa. No podia creer que ella hubiera huido de el. Los recuerdos que tenia de Georgeanne no eran en absoluto desagradables. Habian compartido una noche de sexo salvaje, luego le habia comprado un billete de avion para que se fuera a casa. Bueno, sabia que habia herido sus sentimientos, pero en aquel momento de su vida fue lo mejor que pudo haber hecho.

John miro la chequera que tenia en la mano y la abrio. Se sorprendio de que sus cheques estuvieran pintados con ceras de ninos. Dirigio la mirada a la esquina superior izquierda y todavia se sorprendio mas al ver que su apellido no habia cambiado: seguia siendo Georgeanne Howard y vivia en Bellevue.

Las preguntas se le agolparon en la cabeza, pero no tenia respuesta para ninguna de ellas. Sin importar cual fuera la razon estaba claro que no queria verlo. Se metio la chequera en el bolsillo de la chaqueta. Se la mandaria el lunes por correo.

Georgeanne subio apurada la acera flanqueada por primulas coloridas y pensamientos purpuras. Cerro la mano en el picaporte de la puerta mientras introducia la llave en la cerradura. La caotica mezcla de hortensias que habia plantado delante de la casa se desparramaba por el cesped. Aun se sentia atemorizada y demasiado tensa. Sabia que el miedo no desapareceria hasta estar a salvo en casa.

– Lexie -grito al abrir la puerta. Miro hacia la izquierda y su corazon se calmo un poco. Su hija de seis anos estaba sentada en el sofa rodeada por cuatro perros dalmatas de peluche. En la television Cruella De Vil se reia malvadamente y sus ojos rojos resplandecian mientras conducia el coche por un paisaje nevado. Sentada junto a los peluches, Rhonda, la hija de sus vecinos que hacia de canguro, miro a Georgeanne. El piercing de su nariz atrapo un destello de luz y el pelo rojo le brillo como vino tinto. Rhonda parecia rara, pero era una chica agradable y una canguro maravillosa.

– ?Como fue todo esta noche? -pregunto Rhonda, levantandose.

– Genial -mintio Georgeanne mientras abria el bolso y cogia la cartera.

– ?Que tal con Lexie?

– Se porto muy bien. Jugamos un rato con las Barbies y luego se comio los macarrones con queso y las salchichas que dejaste preparados.

Georgeanne le dio a Rhonda quince dolares.

– Gracias por venir esta noche.

– Cuando quieras. Lexie es una nina bastante tranquila. -Levanto la mano para despedirse-. Nos vemos.

– Adios, Rhonda. -Georgeanne sonrio al apartarse para dejar salir a la canguro. Luego se sento en el sofa de color melocoton con flores verdes al lado de su hija. Respiro profundamente y dejo salir el aire con lentitud.

«El no lo sabe -se dijo a si misma-. Y aunque lo supiera, lo mas probable es que no le importe nada».

– Oye, carino -dijo palmeando a Lexie en el muslo-. Ya estoy en casa.

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