– Lo se. Me gusta esta parte -la informo Lexie sin apartar los ojos de la tele-. Es mi parte favorita. Me gusta Roily, es el mejor. Es el gordito.
Georgeanne le coloco a Lexie varios mechones del pelo detras de la oreja. Queria coger en volandas a su hija y abrazarla con fuerza; en lugar de hacer eso le dijo:
– Si me das un besito, te dejare en paz.
Lexie se giro automaticamente, levanto la cara y fruncio los labios pintados de un color rojo oscuro. Georgeanne la beso, luego sujeto la barbilla de Lexie con la mano.
– ?Has cogido mi barra de labios otra vez?
– No, mami, esta es mia.
– Tu no tienes ninguna tan roja.
– Aja. Teno una.
– ?De donde la sacaste? -Georgeanne miro fijamente la sombra purpura oscura que Lexie se habia aplicado generosamente en los parpados. Brillantes rosetones le coloreaban las mejillas, y estaba literalmente banada en el perfume de Campanilla.
– La encontre.
– No me mientas. Sabes que no me gusta que lo hagas.
El labio inferior de Lexie temblo ligeramente.
– Me olvido de esas cosas -gimio dramaticamente-. ?Creo que necesito una medicina para la memoria!
Georgeanne se mordio el interior de la mejilla para no reirse. Como Mae decia con afecto, Lexie era una cuentista nata. Y por lo que decia Mae, ella conocia muy bien a los cuentistas. Su hermano, Ray, tambien lo habia sido.
– Esas medicinas son inyecciones -le advirtio Georgeanne.
El labio de Lexie dejo de temblar y agrando los ojos.
– Quiza te acuerdes de no coger mis cosas sin tomar medicinas.
– De acuerdo -convino con demasiada facilidad.
– Porque si no lo haces, considerare que has roto nuestro trato -advirtio Georgeanne, en referencia al acuerdo al que habian llegado hacia unos meses. Los fines de semana, Lexie podia vestirse como quisiera y llevar puesto tanto maquillaje como su pequeno corazon deseara. Pero durante la semana tenia que llevar la cara limpia y vestirse con la ropa que su madre escogiera. Hasta ese momento el trato habia funcionado.
Lexie se volvia loca con los cosmeticos. Le encantaban y pensaba que cuanto mas, mejor. Los vecinos se la quedaban mirando cuando montaba la bicicleta por la acera, especialmente si llevaba puesta la boa verde limon que Mae le habia regalado. Llevarla al supermercado o al jardin la solia avergonzar, pero solo tenia que soportarlo los fines de semana. Y era mas facil vivir con el trato que habian hecho que con las luchas que tenian cada manana para que Lexie se vistiera.
La amenaza de no dejarla usar mas maquillaje obtuvo la atencion de Lexie.
– Te lo prometo, mami.
– De acuerdo, pero solo porque estoy loca por ti -dijo Georgeanne, luego la beso en la frente.
– Yo tambien estoy loca por ti -repitio Lexie.
Georgeanne se levanto del sofa.
– Estare en mi dormitorio si me necesitas. -Lexie asintio con la cabeza y volvio a centrar la atencion en los perros dalmatas de la tele.
Georgeanne recorrio el pasillo, paso por dejante de un bano pequeno y luego entro en su dormitorio. Se quito la chaqueta del esmoquin y la dejo caer en una chaise longe de rayas rosas y blancas.
John no sabia nada de Lexie. No podia saberlo. Georgeanne habia reaccionado exageradamente y lo mas probable era que el hubiera pensado que era una lunatica. Pero verle otra vez habia sido todo un shock. Siempre habia intentado evitar a John por todos los medios. No se movia en el mismo circulo social y nunca habia asistido a un partido de los Chinooks, lo cual no era un sacrificio porque encontraba el hockey espantosamente violento. Por temor a toparse con el, Catering Heron nunca proveia a acontecimientos deportivos, lo cual no molestaba a Mae porque odiaba a los deportistas. Pero ni en un millon de anos hubiera pensado que podria encontrarselo en una cena benefica para hospitales.
Georgeanne se dejo caer sobre la colcha de flores que cubria su cama. No le gustaba pensar en John, pero olvidarse de el completamente era imposible. A veces iba por el supermercado y veia su apuesta cara mirandola desde la portada de una revista deportiva. Seattle estaba loco por los Chinooks y por John «Muro» Kowalsky. Durante la temporada de hockey podia verlo en los telediarios nocturnos empujando a otros hombres contra las barreras. Lo veia en los anuncios de television locales y habia visto su cara en una valla publicitaria anunciando leche; eso habia sido una gran sorpresa. Algunas veces el olor de cierta colonia, o el sonido de las olas le recordaban a cierta playa arenosa donde se habia perdido en sus ojos azul oscuro. Los recuerdos ya no le dolian como lo hacian antes. Ni tampoco el corazon. Pero aun asi tuvo que hacer un esfuerzo para apartar las imagenes que invadian su mente. Tenia que olvidarse de ese hombre. No le gustaba recordarlo.
Siempre habia pensado que Seattle era lo suficientemente grande para los dos. Que si hacia todo lo posible por evitarle, nunca se lo encontraria. Pero si bien no habia creido que ocurriria, habia una parte de ella que siempre se habia preguntado que diria el si la viese de nuevo. Por supuesto, habia sabido lo que ella diria. Siempre se habia imaginado actuando con indiferencia. Luego le diria tan fria como una manana de diciembre: «?John? ?John que? Lo siento, no te recuerdo. No es nada personal».
Pero no habia ocurrido asi. Habia oido a alguien llamarla con el nombre que no habia usado en siete anos, el nombre que no asociaba a la mujer que era ahora, y habia mirado al hombre que lo habia usado. Durante unos instantes su cerebro no habia procesado lo que sus ojos habian visto. Luego fue como recibir una jarra de agua fria. Habia aflorado el instinto de proteccion y habia huido literalmente.
No, sin antes haber mirado esos ojos azules y tocado accidentalmente su mano. Habia sentido la calida textura de la palma bajo los dedos, habia visto la sonrisa curiosa de sus labios y habia recordado la caricia de esa boca amoldandose a la suya. Estaba tal y como lo recordaba, pero parecia mayor y la edad le habia grabado multitud de lineas en las comisuras de los ojos. Era todavia muy apuesto y durante unos breves segundos habia olvidado que lo odiaba.
Georgeanne se levanto y se acerco al tocador atravesando la habitacion. Se llevo la mano a la camisa del esmoquin y la desabrocho. La gente a menudo comentaba que Lexie se parecia a Georgeanne, pero Lexie, con el pelo oscuro y los ojos azules, se parecia a su padre. Tenia el mismo tono azul en los ojos y las mismas pestanas largas y gruesas. Su nariz tenia la misma forma y cuando sonreia aparecia un hoyuelo en su mejilla derecha, identico al de John.
Se saco la camisa de los pantalones y se desabrocho los punos. Lexie era lo mas importante de la vida de Georgeanne. Era su corazon y el simple pensamiento de perderla era insoportable. Georgeanne estaba asustada. Mas de lo que lo habia estado en mucho tiempo. Ahora que John sabia que vivia en Seattle podria encontrar a Lexie. Todo lo que tenia que hacer era preguntar en la Fundacion Harrison y daria con Georgeanne.
«Pero, ?por que querria buscarme John?», se pregunto. Se habia deshecho de ella en el aeropuerto siete anos atras cuando era dolorosamente evidente lo que Georgeanne sentia por el. E incluso si el se enteraba de la existencia de su hija, lo mas probable era que no quisiera saber nada de ella. Era una estrella del hockey. ?Para que querria una hijita?
Solo estaba siendo paranoica.
A la manana siguiente Lexie se termino sus cereales y puso la taza en el fregadero. Desde la parte trasera de la casa podia oir a su mama abrir el grifo y supo que tendria que esperar un buen rato antes de que saliesen al parque. A su mama le encantaba tomar largas duchas.
Sono el timbre de la puerta y atraveso el salon arrastrando la boa por el suelo. Se acerco al ventanal delantero y aparto a un lado la cortina. Un hombre en vaqueros y con una camisa de rayas estaba de pie en el porche. Lexie clavo los ojos en el por un momento, luego dejo caer la cortina. Se enredo la boa alrededor de su cuello y atraveso la habitacion hacia la puerta principal. Se suponia que no debia abrir la puerta a los desconocidos, pero aunque el hombre que estaba en el porche llevaba puestas gafas de sol no era un desconocido. Sabia quien era. Lo habia visto en la tele y, el ano anterior, el senor «Muro» y sus amigos habian ido a la escuela para regalar a los ninos camisetas, libretas y otras cosas con sus nombres. Lexie habia estado muy atras y no habia podido quedarse con nada.
