buena como el resto de ella, pero aun tenia cierto encanto.
– Estare encantado -dijo, tomando el bloc y el boli que ella le ofrecia-. Espero que el juegue mejor de lo que lo he estado haciendo yo ultimamente.
– El copiloto me ha comentado que tuviste ciertos problemas en Firestone hace unas semanas.
– Cielo, yo invente los problema en Firestone.
Ella se rio apreciativamente y luego bajo la voz de modo que solo el pudiera oirla.
– Apuesto que has inventado problemas en muchos sitios ademas de los campos de golf.
– Hago todo lo posible -le dedico una sonrisa lenta…
– Podias llamarme y vernos la proxima vez que estes en Los Angeles, ?de acuerdo? -ella garabateo algo en el bloc que el le habia devuelto, arranco la hoja, y se la dio con otra sonrisa.
Cuando se marcho, el metio el papel en el bolsillo de sus vaqueros donde lo empujo contra otra notita que la chica del mostrador de Avis habia metido ella misma cuando dejaba el coche de alquiler en L.A.
Skeet gruno en el asiento junto a la ventana.
– Te apuesto lo que quieras que ni siquiera tiene un sobrino, y si lo tiene, seguro que no sabe ni quien eres.
Dallie abrio el libro Breakfast in Champions de Vonnegut y comenzo a leer. Odiaba hablar con Skeet en los aviones casi mas que cualquier cosa. A Skeet no le gustaba viajar a menos que lo hiciera en coche, a ser posible con ruedas Goodyear y por carreteras interestatales.
Pocas veces tenian que dejar su nuevo Riviera para volar por el pais para jugar un torneo, como este viaje de Atlanta a L.A. y vuelta. La disposicion normalmente espinosa de Skeet, en este momento estaba completamente amargada.
De nuevo miro cenudo a Dallie.
– ?Cuanto tardaremos en llegar a Mobile? Odio estos condenados aviones, y espero que no me sueltes otra vez el rollo de las leyes de la fisica. Sabes que no hay nada mas que aire entre nosotros y el suelo, y el aire no creo que pueda sostener un aparato tan grande aqui arriba.
Dallie cerro ojos y dijo ligeramente:
– Callate, Skeet.
– Espero que no te duermas. ?Maldita sea, Dallie, te lo advierto! Sabes cuanto odio volar. Lo menos que podias hacer es mantenerte despierto y hacerme compania.
– Estoy cansado. No dormi suficiente anoche.
– No es de extranar. Andas de parranda hasta las dos de la manana y llegas cargando a ese saco de huesos sarnoso de perro contigo.
Dallie abrio los ojos y miro a Skeet.
– No creo que Astrid merezca que la llames perro sarnoso.
– ?Ella no! ?El perro, no trates de enganarme! Maldita sea, Dallie, podia oir ese perro callejero gimoteando a traves de la pared del motel.
– ?Que querias que hiciera? -contesto Dallie, girando para mirar a un cenudo Skeet-. ? Dejarle muriendose de hambre en la autopista?
– ?Cuanto dinero has pagado esta manana en el mostrador de recepcion cuando dejabamos el motel?
Dallie murmuro algo que Skeet no pudo oir exactamente.
– ?Que carajo has dicho? -dijo Skeet agresivamente.
– ?He dicho cien! Cien hoy y otros cien el proximo ano cuando vuelva y encuentro el perro en buen estado.
– Maldito tonto -murmuro Skeet-. Tu y tus buenas obras. Has dejado perros callejeros a cargo de directores de moteles en mas de treinta estados. No entiendo ni como pagas la mitad de las manutenciones. Perros callejeros. Y ninos abandonados…
– Nino. Solo fue uno, y lo monte en un autobus en Trailways el mismo dia.
– Tu y tus malditas buenas obras.
La mirada de Dallie barrio lentamente a Skeet de los pies a la cabeza.
– Si -dijo-. Yo y mis malditas buenas obras.
Eso cerro la boca de Skeet un rato, que era exactamente lo que Dallie habia pensado. Abrio el libro por segunda vez, y tres hojas azules dobladas por la mitad cayeron en su regazo. Los desplego mirando los dibujos de Snoopy al principio y la fila de X al final, y empezo a leer.
Sonrio para si mismo, doblo la carta en cuartos, y se la guardo en el bolsillo de la camisa, el lugar mas cercano que podia encontrar de su corazon.
Capitulo 6
La limusina era un Chevrolet de 1971 sin aire acondicionado. Esto era especialmente molesto para Francesca porque el fuerte calor pegajoso parecia haber formado un capullo alrededor de ella. Aunque habia viajado a Estados Unidos antes, se habia limitado a Nueva York y las Hamptons, y seguia demasiado absorta en sus pensamientos para mostrar algun interes en el paisaje poco familiar por el que estaban pasando desde que salieron de Gulfport hacia una hora.
?Como podia haber elegido tan mal su guardarropa? Echo un vistazo con repugnancia a sus pantalones de lana, blancos y pesados y al sueter verde de manga larga de cachemir que atascaba tan incomodamente su piel. ?Era uno de octubre! ?Quien se podria haber imaginado que haria tanto calor?
Despues que casi veinticuatro horas de viaje, sus parpados se cerraban de la fatiga y su cuerpo estaba cubierto de mugre. Habia volado desde Gatwick al JFK de Nueva York, despues a Atlanta, y de alli a Gulfport donde la temperatura era de cuarenta grados a la sombra y en donde el unico conductor que fue capaz de alquilar tenia
