Se inclino sobre su cafe Howard Johnson y miro fijamente por fuera de la ventana interior del restaurante hacia el parking. El sol todavia no habia salido del todo de manera que algunos camioneros aun dormian en sus cabinas y el restaurante estaba casi vacio. Trato de buscar una razon para su humor malisimo. No habia sido una temporada mala, se recordo. Habia ganado unos cuantos torneos y el y el comisionado de la PGA, Deane Beman, no habian charlado mas de dos o tres veces sobre el tema favorito de esta comision…la conducta impropia de un golfista profesional.
– ?Que va a ser? -dijo la camarera que se acerco a su mesa, un panuelo naranja y azul metido en su bolsillo. Era una de esas mujeres limpias y obesas con el pelo arreglado y maquillada, la clase de mujer que se cuidaba y dejaba ver una cara agradable debajo de toda esa grasa.
– Filete frito de la casa -dijo, entregandole el menu-. Y dos huevos con el filete, y otra jarra de cafe.
– ?Lo quieres en una taza o te lo inyecto directamente en las venas?
El rio entre dientes.
– Tu traeme lo que he pedido, cielo, y ya vere como metermelo -maldicion, le gustaban las camareras. Eran las mejores mujeres del mundo. Eran de la calle, listas y descaradas, y cada una de ellas tenia una historia.
Esta camarera en particular le miro un largo momento antes de marcharse, estudiando su cara bonita, se figuraba. Sucedia todo el tiempo, y el generalmente no tenia inconveniente a menos que detras de esa mirada hambrienta quisieran algo mas, algo que el no podia darles.
El Terror de los Lunes regresaba con tremenda fuerza. Apenas esta manana, justo despues de arrastrarse fuera de la cama, estaba debajo de la ducha intentando despejarse y obligando a sus ojos inyectados en sangre permanecer abiertos cuando el Oso habia venido directo hacia el y le habia cuchicheado en el oido.
Dallie habia encendido el grifo del agua fria para librarse de el, pero el Oso seguia alli.
Dallie se sacudio esos pensamientos cuando llego la comida junto con Skeet, que se deslizo en el asiento. Dallie empujo el plato del desayuno a traves de la mesa y aparto la mirada mientras Skeet cogia su tenedor y lo hundia en el filete sangriento.
– ?Como te encuentras hoy, Dallie?
– No puedo quejarme.
– Bebiste bastante anoche.
Dallie gruno.
– He corrido unos pocos kilometros esta manana. He hecho flexiones. Lo he sudado ya.
Skeet lo miro, el cuchillo y el tenedor puestos en equilibrio en sus manos.
– Uh-uhh.
– ?Que demonios se supone que significa eso?
– No significa nada, Dallie, solo que creo que el Terror de los Lunes te ha alcanzado otra vez.
El tomo un sorbo de su taza de cafe.
– Es natural sentirse deprimido hacia el final de temporada… demasiados moteles, demasiado tiempo en la carretera.
– Especialmente cuando te has chupado los kilometros entre todos los Grandes.
– Un torneo es un torneo.
– Mierda de caballo -Skeet volvio al filete. Unos pocos minutos de silencio pasaron entre ellos.
Dallie finalmente hablo.
– ?Crees que Nicklaus tiene alguna vez el Terror de los Lunes?
Skeet movio su tenedor.
– ?Ahora, no empieces con tus pensamientos acerca de Nicklaus otra vez! Cada vez que empiezas a pensar en el, tu juego se va directamente al infierno.
Dallie empujo su taza de cafe y cogio la cuenta.
– ?Me das un par de uppers (pastillas), de acuerdo?
– Vamos, Dallie, pensaba que ya habias dejado ese tema.
– ?Quieres que este despierto hoy en el campo, o no?
– Quiero que permanezcas despierto en el campo, pero no como lo estas haciendo ultimamente.
– ?Deja de sermonearme y dame las jodidas pastillas!
Skeet sacudio la cabeza e hizo lo que le pedia, sacando del bolsillo las pastillas y poniendolas encima de la mesa. Dallie las cogio con rabia. Mientras se las tragaba, no pensaba en la ironica contradiccion que habia entre el cuidado con el que trataba su cuerpo de atleta y el abuso al que lo sometia por las tardes, bebiendo y con la farmacia ambulante que hacia llevar a Skeet.
En este momento, no le importaba realmente. Dallie miro fijamente hacia abajo al dinero que habia tirado sobre la mesa. Cuando nacias un Beaudine, estabas predestinado a no llegar a viejo.
– ?Este vestido es horroroso!
Francesca estudio su reflejo en el largo espejo colocado al final del remolque que servia como provisional camerino. Sus ojos se habian agrandado para la pantalla con sombra ambar y un conjunto grueso de pestanas, y el pelo con raya en el centro, caia liso sobre sus hombros, y algunos rizos le caian hasta las orejas.
El peinado de epoca era bastante bonito y favorecedor, asi que no habia tenido ninguna discursion con el peluquero, pero el vestido era otra historia. A su ojo entendido de moda, el tafetan rosa soso con sus bandas blancas erizadas de encaje que rodeaban la falda se parecia a un petisu excesivamente dulce de fresa.
Le habian apretado el corpino tanto que apenas podia respirar, y el corse levantaba tanto sus pechos que en cualquier momento los pezones saldrian por fuera. El vestido la hacia parecer empalagosa y vulgar, en nada comparado a los hermosos vestidos que Marisa Berenson llevaba en Barry Lyndon.
– No me sienta bien en absoluto, y no me lo voy a poner -dijo firmemente-. Tendras que hacer algo al respecto.
Sally Calaverra corto un trozo de hilo rosa con mas fuerza de lo necesario.
– Este es el vestido que se diseno para esta toma.
Francesca se reprendio por no prestar mas atencion al vestido ayer cuando Sally se lo probaba. Pero estaba tan distraida por su agotamiento y el hecho de que ese Lloyd Byron habia demostrado ser tan desrazonablemente terco cuando se habia quejado acerca de los horribles cuartos que servian de habitaciones que habia visto justo antes de probarse el vestido.
Ahora faltaba menos de una hora para comenzar a filmar la primera de sus tres escenas. Por lo menos los hombres de la compania habian sido utiles, encontrando un espacio mas comodo para ella con un bano privado, trayendole una bandeja de comida junto con esa ginebra con tonica maravillosa con la que habia sonado.
Aunque el 'gallinero de pollos,' con sus ventanas pequenas y muebles amarillos de chapa, era una abominacion, habia dormido como una muerta y sentia realmente un pequeno gusanillo de felicidad por su aventura cuando desperto esa manana… por lo menos hasta que vio su vestido por segunda vez.
Despues de girarse para ver la espalda del vestido, decidio apelar al sentido de Sally del juego limpio.
– Seguramente tienes algo mas. No llevo absolutamente nunca nada rosa.
– Este es el vestido que Lord Byron aprobo, y no hay nada que pueda hacer al respecto -Sally abrocho el ultimo de los corchetes que tenia la espalda, juntando la tela con mas fuerza de la necesaria.
Francesca contuvo el aliento ante la incomoda constriccion.
– ?Por que continuas llamandole asi, Lord Byron? Suena ridiculo.
– Si tienes que hacerme esa pregunta, no debes conocerlo muy bien.
Francesca se nego a permitir que la encargada del guardarropa o el vestido apagaran su entusiasmo. A fin de cuentas, la pobre Sally tenia que trabajar en ese espantoso remolque todo el dia.
Eso volveria a cualquiera amargada. Francesca se recordo que habia conseguido un papel en una prestigiosa pelicula. Ademas, su belleza servia para doblegar a cualquier feo vestido, incluso este. Ademas, tenia que hacer algo para conseguir un hotel. No tenia intencion de pasar otra noche en un lugar que no tenia personal de servicio.
