Jeronimo Tristante
El tesoro de los Nazareos
© 2008
Una figura sentada a la manera del pueblo lakota mira hacia el lago Ontario. Su pelo flota al viento brillando en colores claros y rojizos. Viste como los verdaderos hombres: camisola, pantalon de piel de ciervo y mocasines de gamuza.
Al fondo, al oeste, el sol se pone sobre la inmensa masa de agua. La hierba refleja los rayos del sol del atardecer, ha llegado la estacion de la luz. Mientras el pronuncia una vieja oracion, la brisa agita su luenga barba.
Con los brazos extendidos hacia delante, abre las manos y recita las mismas palabras una y otra vez. Con un tono monocorde, grave, canta mirando al sol:
Que haya salud y curacion para esta Tierra,
que haya belleza encima de mi,
que haya belleza debajo de mi,
que haya belleza en mi,
que haya belleza a todo mi alrededor.
Pido que este mundo se llene de Paz, Amor y Belleza.
Entonces alguien le toca el hombro y lo llama por su nombre indio:
–
El se vuelve y ve a
– Vamos a cenar.
El espigado extranjero se levanta y la sigue colina arriba, en direccion al bosque, caminando sobre la hierba de la suave ladera. La negra melena de la chica se agita al caminar y sus exuberantes formas guian a su marido. Al fondo, el hombre ve a los ninos montando su nuevo potro. El mas pequeno agita un brazo y exclama:
En ese momento, el extranjero que vino del otro lado del mar se siente feliz y satisfecho y se dirige con su familia hacia el mar de tipis que cubren el fondo del valle, junto al rio. Los cuatro sonrien.
A la atencion del reverendisimo e ilustrisimo
Lucca Garesi, de parte de su secretario
y servidor en Cristo Silvio de Agrigento
Admirado y queridisimo padre:
Acabo de llegar al inhospito lugar al que me trajo la mision que me encomendasteis hace tres meses. No quisiera extenderme en la narracion de las penalidades que hemos sufrido en nuestro viaje hasta este pequeno pueblo perdido entre inaccesibles montanas, pero debo hacer constar que el retraso que sufre la mision es ajeno a mi persona y se debe, en su totalidad, al crudo invierno que asola estas tierras.
Hace apenas unos dias que arribamos a este pequeno pueblecito donde reside nuestro hombre y que los lugarenos llaman Benasque o Benas.
El camino hasta aqui ha sido penoso, ya que nos hemos visto obligados a perder jornadas y jornadas buscando refugio en esta o aquella posada o en algun granero o casucha de los paisanos, pues, segun dicen, este esta siendo el invierno mas duro de los ultimos anos. Despues de pasar por Jaca y entrevistarme con Su Majestad el rey Ramiro de Aragon -ya os envie misiva referente a dicho encuentro- y siguiendo vuestras sabias instrucciones, prescindi de la escolta armada que me acompanaba y reduje mi comitiva a mi criado, el fiel Tomas; un caballerizo que nos cuida las monturas, Arrigo, y el bravo sargento de vuestra guardia, Giovanno de Trieste. Todos vestimos ropas seglares para pasar inadvertidos, aunque luego hare una aclaracion al respecto.
No se si es debido a que me crie en la calida Silicia, pero desde el primer momento me resulto trabajoso avanzar por estos valles aislados con la sempiterna presencia de la nieve, el granizo o la lluvia. Las ultimas jornadas se me hicieron especialmente duras, pues el camino transcurre por un encajado canon por el que fluye el rio Esera. Este pasaje, apenas un estrecho sendero excavado en la piedra, es el unico acceso al valle en el que se situa nuestro destino, de manera que nuestro avance sobre dicho lecho rocoso enteramente cubierto de hielo se hizo lento y arduo. Hasta perdimos una mula que resbalo y cayo al rio con uno de mis arcones. Aun recuerdo los berridos de la pobre bestia en el lecho pedregoso del arroyo donde yacia con las dos patas traseras fracturadas. Los guias tardaron varias horas en recuperar mis humildes pertenencias; la mayoria de ellas quedaron mojadas o estropeadas para siempre.
Raro era el dia en que podiamos caminar sin tener que refugiarnos aqui o alla segun las instrucciones de nuestros guias. Por poner un ejemplo, perdimos mas de seis jornadas en un pueblo cercano a Benasque que llaman El Run, donde nos sorprendio una nevada que hubiera hecho desesperar al mas paciente de los cristianos. En otra ocasion, el penoso paso de las bestias entre la nieve nos hizo perder tanto tiempo que cayo la noche y aun nos hallabamos a mas de una legua del cobertizo que hacia las veces de posada. Pasamos la madrugada bajo unos inmensos abetos sin poder hacer fuego por el viento y, a resultas de aquello, mi querido Tomas cogio tal pulmonia con fiebre y flemas que perdimos mas de una semana esperando a que se recuperara en el pueblo siguiente. Alli, bajo los cuidados y tisanas de la posadera, que supo hacerle sudar aquellos malos humores, pudo recuperarse con garantias de seguir el camino. A pesar de ello, aun arrastra una tos que, espero, mejore en primavera.
Hace ahora cinco jornadas de mi llegada a este pequeno pueblo donde, nada mas entrar, nos sorprendio una profusa nevada. Solo hay una posada donde nos refugiamos y nos pusimos al dia con los parroquianos, que nos vieron como una novedad en su rutinaria vida invernal. El posadero me cedio su propio cuarto, donde comparto un aceptable lecho con Tomas. Disponemos de un arcon para guardar nuestros ropajes y de un brasero que nos permite pasar las frias noches. Al soldado y al mulero se les encontro acomodo en el establo con las bestias. Esta es una pequena localidad de apenas doscientas almas que viven de lo que da el campo, del ganado y, algunos, del trasiego de mercancias con el cercano reino de Francia. En invierno, la actividad se reduce al minimo. Mas arriba se ve otro pueblo llamado Cerler. Me hubiera gustado visitarlo, pero, segun me cuentan, el camino que comunica con dicha localidad esta cerrado por la nieve. Quiza pueda hacerlo en primavera. A pesar de todo, los lugarenos se mueven por la zona con cierta facilidad, sobre todo unos que llaman recaderos que van de una granja a otra o de este pueblo a aquel y no se arredran por la nieve o el mal tiempo, ya que conocen todos los caminos y los mejores pasos.
Muchos fueron los parroquianos que pasaron por la posada a echar unos vinos, mas para inspeccionar a los extranjeros que para otra cosa, por lo que no me resulto dificil identificar a nuestro hombre, sobre todo pagando jarras de cerveza a unos y otros. Hace dos anos llego un forastero y compro unas tierras mas arriba, en el remoto valle de Estos. Tomo como guardas a un matrimonio del lugar que subieron con el para ayudarle en las tareas agricolas y en el manejo del ganado. Habitan una casa junto a la suya.
Estos pobres lugarenos se quedaron sin sacerdote alla por noviembre, ya que el cura se les murio de una
