infeccion -las malas lenguas dicen que del mal frances-. Tienen una pequena iglesia dedicada a san Pedro y llevaban mas de tres meses sin oir misa y sin confesarse o comulgar. Una comitiva de cinco vecinos vino a verme y me rogaron que atendiera sus almas; vamos, que me habian descubierto como hombre de iglesia. Son mas listos de lo que parece, asi que, una vez perdido el factor sorpresa, entendi que no era util seguir fingiendome seglar, por lo que celebre misa y les escuche en confesion.
Una parroquiana a la que confese, la cual pecaba con el hermano de su marido, me proporciono la informacion que me faltaba: nuestro hombre, el forastero, no tiene mujer ni se le conoce. Se sabe que tiene buena bolsa, pues llego, busco un terreno de su agrado y lo compro sin regateos. Adquirio una docena de vacas de las buenas y un toro excelente; tampoco escatimo gastos para construir su casa ni para hacerse con saludables gallinas, conejos y ovejas.
Dijo que venia del otro lado de los Pirineos, de la zona que llaman el Languedoc, y a pesar de que no se relaciona en demasia con la gente del pueblo -excepto con el matrimonio que le guarda la hacienda-, suele bajar al mercado los domingos, oye misa si la hay y trata con amabilidad a los vecinos con los que ha tenido algun negocio. Segun se dice, es de trato facil, aunque le agrada perderse en sus tierras y se dedica a sus dominios y su ganado. Le gusta cazar.
Manana es el dia. No se muy bien como, pero los lugarenos predicen el tiempo con una fiabilidad pasmosa. Miran al cielo, sea de dia o de noche, otean el viento y al rato te dicen «hara bueno» o «va a nevar durante tres dias», y aciertan. Manana por la manana dicen que hara un dia soleado, por lo que podremos acercarnos al valle de Estos para entrevistarnos con nuestro hombre. Espero que Nuestra Senora me ayude e ilumine en esta mision de la que depende el futuro de Nuestra Santa Madre Iglesia. Os mantendre informado.
Vuestro humilde servidor en Cristo,
Silvio de Agrigento
Rara avis
– Debo
– No os falta razon, mi senor -contesto Tomas montado en su muia.
La manana era extranamente soleada, al menos tras tantas jornadas de nieve y frio. El guia los habia conducido por un angosto camino que ascendia por un inmenso valle. Abajo, a la derecha, el rio. Amplias masas de coniferas jalonaban las laderas. No tardaron mucho en llegar a un valle que se abria hacia la izquierda: Estos, lo llamaban. El silencio alli arriba era sepulcral. Pronto, en un par de semanas a lo sumo, comenzarian a cantar los pajaros, o eso habia dicho el paisano que los guiaba. Al parecer, los lugarenos estaban contentos porque la llegada de la primavera era inminente.
Tras una hora y media de camino llegaron a una pequena planicie, una suerte de ensanchamiento en el cerrado camino siempre rodeado de verde espesura. A la derecha se adivinaban tres construcciones, una especie de gran establo y dos casas de madera, una de ellas mas grande y la otra de dimensiones mas reducidas. Segun dijo el guia, esta ultima era la de los guardas, Matias y Eufrasia.
Un enorme mastin ladraba atado a la valla de un corral.
El lugareno que les asistia en aquella mision bajo de su muia y se encamino hacia la mas pequena de las viviendas. Un hombre de talle recio y rostro coloradote salio de la misma e intercambio saludos con el recien llegado. Enseguida, tras hablar con el guia, se dirigio hacia la pequena comitiva formada por cuatro extranjeros. La mujer aparecio bajo la puerta de su casa y permanecio expectante.
– Siganme sus eminencias -dijo Matias a los recien llegados sin distinguir al diacono de sus sirvientes.
Silvio de Agrigento descabalgo e indico a sus subordinados que hicieran lo mismo.
Mientras Matias llamaba a la puerta de la casa de su amo, el enviado de Roma echo un vistazo a las altas y nevadas cumbres que rodeaban aquel valle. Percibio una intensa sensacion de paz.
En un momento, el guarda de aquella alejada finca dijo:
– Pasad, pasad.
El mulero quedo fuera con las bestias mientras el sargento y Tomas acompanaron a su amo al interior de la confortable casa de madera instalada sobre recios cimientos de piedra. Un hombre permanecia sentado frente a un acogedor y calido fuego. Leia un libro de pequeno tamano, quizas un breviario.
– Adelante, adelante -dijo levantandose-. Bienvenidos a mi humilde morada.
Silvio de Agrigento comprobo que su anfitrion era bien parecido, de unos treinta y tantos anos, y que, pese a vestir un tosco jubon de cuero con calzas de lana y polainas de piel de vaca, conservaba un aire que delataba ciertas maneras cortesanas. Era el hombre, sin duda.
– Soy Silvio de Agrigento -dijo a manera de presentacion el enviado del cardenal Garesi-. Estos son mis criados.
– Es un honor. Pier de Cernay -contesto el dueno de la casa iluminando su rostro con una amplia sonrisa-. ?Eufrasia, vino para nuestros invitados!
La mujer, que habia salido de la nada, se apresuro a servir vino caliente con canela a los huespedes de su amo. Silvio de Agrigento tomo asiento junto al dueno de la casa. La estancia en la que se hallaban ocupaba toda la planta baja de la vivienda, era una especie de acogedor salon a la vez que cocina, pues tenia fogones y una inmensa mesa de roble presidia el amplio cuarto. El suelo de juncos habia sido cambiado recientemente y olia a hierbas aromaticas.
– ?Y bien? -espeto el dueno de la casa sin previo aviso.
– Excelente vino -dijo el clerigo intentando ganar tiempo.
No sabia como empezar. Se hizo un embarazoso silencio.
– Somos viajeros.
– ?Aqui? -pregunto De Cernay-. Estos caminos no llevan a ninguna parte, al menos en invierno. Todos los pasos a Francia estan cerrados. ?Por que venis a verme a mi precisamente?
– No, no, simplemente busco aire puro para mi torturado pecho; los medicos…
– ?Aire puro en esta epoca del ano? ?Con este frio? En otro momento, en otra estacion, no digo que no, los aires de este lugar son de beatifico efecto para la salud en primavera, en verano y en otono. Sin embargo, ?en pleno invierno? Para coger una pulmonia quiza sean buenos. Habeis esperado cinco dias en el pueblo a que mejorase el tiempo para subir a verme.
– Estais aislado aqui arriba. ?De donde sacais esa idea? -repuso Silvio de Agrigento.
– Aqui lo sabemos todo. Matias va y viene al pueblo, se encuentra a otros vecinos… en fin, que aqui todo se sabe. La llegada de tan ilustres viajeros no pasa desapercibida en un pueblecito como este. Ademas, en esta epoca del ano poco mas podemos hacer que cuidar del ganado resguardado en los establos y echar unos vinos con los vecinos. Cotillear, ya sabe vuecencia.
– No sois hombre sociable en demasia.
– Si, se que habeis hecho preguntas sobre mi. Digamos que vivo y dejo vivir.
Silvio de Agrigento se sintio en desventaja al comprobar que habia perdido el factor sorpresa. Entonces, miro a sus dos sirvientes y dijo:
– Dejadnos a solas.
Los dos hombres salieron de la estancia intercambiando miradas de recelo.
Pier de Cernay hizo un gesto con la testa a su ama, que salio del cuarto acompanada por Matias, su marido.
Otro embarazoso silencio.
Los dos hombres se miraron a la cara como estudiandose mutuamente. El de Agrigento leyo cierto temor en el rostro de su adversario.
– La Santa Madre Iglesia os necesita -dijo de golpe.
Pier estallo en una violenta carcajada. Despues de echar un trago de vino contesto:
– ?A mi, a un pequeno e insignificante propietario de cuatro tierras perdidas en mitad de los Pirineos?
