volvio a la mesa y tras servirse un buen vaso de vino dijo:

– ?De que se trata?

Milites Templi

La Eufrasia entro en la estancia sirviendo un capon asado con verduras cuyo aroma hizo estremecer el malparado estomago de Silvio de Agrigento. Una vez que la sirvienta salio de la estancia, el anfitrion hizo los honores y el cura comenzo a hablar entre bocado y bocado:

– ?Sabeis que es el Temple? -pregunto.

– Pues claro, es una orden militar. Goza del favor del pueblo, los he visto en la tierra de mi madre, el Languedoc, donde han conseguido muchas adhesiones en poco tiempo, la verdad.

– Si, han progresado mucho en apenas veinte anos. ?No conoceis a ningun templario?

– No, no conozco a ninguno personalmente.

– ?Os suena el nombre de Jean de Rossal?

– Claro -respondio sonriente Arriaga-, fue mi companero de estudios. Crecimos juntos.

– ?Habeis mantenido contacto durante todos estos anos?

– Si, hasta que tuve que esconderme. Nos escribiamos a veces y en una ocasion vino a verme a las tierras de mi padre. Hace tiempo que le perdi la pista.

– Bien, bien. Eso esta bien.

– ?Que ha hecho mi buen amigo que importuna a la Iglesia?

– El, nada. Su padre, Jacques de Rossal, de Flandes, es uno de los nueve caballeros que fundaron la Orden de los Pobres Caballeros de Cristo, los templarios.

– Que hace unos anos vuestro amigo profeso en dicha milicia. Esta al mando de una pequena encomienda no muy lejos de Paris. Vuestra cercania a el nos puede resultar extremadamente util.

– Vaya, cuando era joven era bastante mundano. Me sorprende. No me lo imagino como un monje guerrero de costumbres asceticas.

– No creais todo lo que se dice sobre los caballeros templarios.

– Parece que no les quereis bien.

– No tengo nada en contra de ellos.

– Salvo…

– Salvo que es muy probable que mi senor, el cardenal Garesi, termine siendo Papa. Eso sucedera cuando Nuestro Sagrado Hacedor llame a su lado a nuestro querido Inocencio, claro, pero para ello se hace necesario que se cumpla un pequeno detalle.

Un silencio se hizo entre los dos hombres.

– Y bien, ?cual es? -dijo el aragones.

– Que la Santa Madre Iglesia siga existiendo.

– ??Como?!

– Ois bien. Nos tememos que una oscura conspiracion se cierne sobre la Obra de Dios.

– ?Y pensais que los templarios…? -Silvio de Agrigento asintio-. No digais tonterias, domine. Nuestra Iglesia ha pervivido durante mil cien anos, sobrevivio a la persecucion de los cesares, al fin del milenio, a las ansias del emperador de Germania y de los reyes de Francia. ?Como van los templarios a amenazar su continuidad?

– El asunto es serio. Escuchad con atencion.

Arriaga sirvio dos vasos de vino y aguardo expectante a que su interlocutor comenzara a hablar.

– Desde hace un tiempo hemos venido notando movimientos un tanto… extranos. Mirad, hacia el ano 1120, nueve caballeros fundaron el Temple de Jerusalen.

– ?Y?

– Que lo hicieron al amparo del monarca de dicha ciudad, Balduino II, y este los alojo en sus propios aposentos, en una parte de la mezquita de al-Aqsa, en lo que anteriormente fue el Templo de Salomon, de ahi que se les llame templarios. Alli hay unas caballerizas enormes bajo las cuales deben de estar las ruinas del templo de los judios. Oficialmente, su proposito era proteger a los peregrinos de Tierra Santa, vigilar los caminos y defender a los necesitados de los ataques de esos malditos musulmanes, a los que Dios confunda.

– Me parece loable.

– ?Con nueve caballeros? ?Sabeis de la extension de aquellas tierras?

– He visto caballeros que tenian a su servicio a mas de tres mil hombres.

– Ya, de acuerdo -repuso el clerigo-. Pero ?sabeis lo que hicieron estos nueve hombres durante nueve anos? ?Acaso pensais que se dedicaron a salir por los caminos a tragar polvo y luchar por los desposeidos? No, querido amigo, no. Pasaron casi nueve anos excavando bajo las citadas caballerizas, las que hay sobre el templo; sabed que esas cuadras son inmensas, pueden albergar mas de tres mil bestias.

– ?Excavando para que?

– Es un misterio. Ademas, durante esos nueve anos no aceptaron nuevos miembros. ?No hubiera sido mas logico acoger a todos aquellos caballeros que quisieran profesar para hacer la guerra de Dios como hacen las otras ordenes?

– Si, eso es raro.

– Aun hay mas. De pronto, a los nueve anos de haber comenzado a excavar, cambiaron su comportamiento. El jefe de este grupo, un tal Hugues de Payns, viajo a Occidente acompanado de cinco caballeros. Visitaron a Bernardo de Claraval buscando su apoyo, querian que les diera legitimidad. Lo consiguieron. Mas tarde De Payns acudio a visitar al Papa, que lo recibio con honores. ?Ya veis! ?A una orden integrada por nueve hombres! Aquello parecia mas un negocio particular que una orden militar. El caso es que en aquel momento ocurrio algo extrano: el actual Papa (por aquellos dias un cardenal de futuro prometedor) y su mano derecha, mi senor, el ilustrisimo Lucca Garesi, servian a Honorio II, el pontifice en aquellos azarosos tiempos. Hugues de Payns venia recomendado por Bernardo de Claraval, el joven y prometedor abad que comenzaba a influir en toda la cristiandad. Entonces, Honorio hizo salir a todo el mundo para poder hablar a solas con el noble franco. Durante la conversacion se escucharon voces y gritos; Hugues de Payns hablo altaneramente al Pontifice; no se oyo lo que le decia pero el tono no era el correcto, en eso coincide todo el mundo. Cuando el De Payns se fue acompanado por sus cinco caballeros, Honorio II se encerro sin querer hablar con nadie y tras unos dias convoco a toda prisa un concilio y reconocio a la orden oficialmente. Segun me conto mi senor, todos veian con buenos ojos el que unos caballeros lo abandonaran todo para defender los Santos Lugares, asi que no extrano demasiado que el Papa les otorgara su favor. Hasta aqui el negocio no es tan raro, pero, de pronto, los nueve templarios cambiaron de tactica y aceptaron nuevos freires en la orden. Hugues de Payns recorrio Europa y las adhesiones se contaron por cientos; especialmente entre gente noble que donaba sus posesiones a la orden. Volvio a Palestina con mas de trescientos caballeros. Florecieron en apenas unos anos. Asi, estos monjes que tambien son soldados han ido progresando de manera espectacular hasta que, hace cosa de un ano, su Gran Maestre, el sustituto de De Payns…

– Ese Hugues, ?ya no es el mandamas?

– Murio hace tres anos.

– Entendido.

– Lo sustituyo un tal Robert de Craon. Bien, pues decia que este nuevo Gran Maestre de la orden visito a Su Santidad hara cosa de ano y medio y, una vez mas, fue recibido a solas por el Sumo Pontifice; en este caso nuestro actual Santo Padre Inocencio II. Nada ha trascendido de la reunion pero mi senor, Lucca Garesi, y un servidor comprobamos horrorizados que Inocencio se acostaba sin cenar. Esa noche sufrio un ataque de fiebre que lo tuvo sumido entre delirios varios dias. En cuanto se hallo repuesto encargo una bula que fue promulgada de inmediato: Onme datum Optimi. Esta bula es la carta magna de la orden. En ella, Inocencio II libera al Temple de toda sujecion a la autoridad eclesiastica, excepto la del Papa, y concede ademas otros importantes privilegios que han escandalizado al resto de ordenes y a la Iglesia toda.

– ?Privilegios? ?Como cuales?

– En primer lugar se les permite conservar el botin tomado a los sarracenos.

– Me parece razonable.

– La orden se situa bajo la tutela exclusiva de la Santa Sede, de forma que unicamente depende de la

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