embozados.
– ?Dejadle! -grito una voz desde la puerta.
Todos se giraron y vieron una figura con los brazos en jarras plantada en el umbral de la puerta. Tras el se adivinaba a un clerigo empequenecido por el miedo farfullando excusas para salir de alli.
– ?Y quien lo manda? -dijo el que dirigia a los otros dos matones.
– Rodrigo Arriaga.
El inmovilizado amante puso cara de sorpresa.
– Mirad, caballero -espeto el jefe de los matarifes-, nosotros somos los hermanos Valdivia y se nos importan un carajo las tribulaciones de este miserable que al parecer se ha estado jodiendo a la moza del farmaceutico, a la que dicho sea de paso, este no le daba su racion diaria… ya me entendeis.
Los Valdivia rieron al unisono la ocurrencia.
– ?Como, no os consiento…! -intento protestar el abuelo.
– ?Callad! -dijo el bandido de mayor entendimiento-. Mirad, Arriaga o como quiera que os llameis, a nosotros se nos ha encargado un trabajo y vivimos de nuestra buena fama. Nunca hemos dejado de cumplir un encargo y el dia que lo hagamos correremos el riesgo de quedarnos sin sustento. La competencia es mucha en este quehacer nuestro, asi que daos la vuelta y salvad el pellejo… ?Ah!, y cambiadle la sotana al cura ese, que desde aqui se evidencia que se ha cagado de miedo.
Una vez mas, los Valdivia prorrumpieron en una sonora risotada.
– Bien, sea como quereis -dijo el embozado girandose para partir. Entonces, cuando parecia que se iba y que la vida de Toribio no valia un maravedi, un punal salido de no se sabe donde surco el aire atravesando el gaznate del mayor de los Valdivia.
Mientras corria hacia los dos que quedaban, Arriaga lanzo una pequena hacha de combate en la semipenumbra del cuarto que se clavo en el pecho del que afectaba a la hombria del preso, y antes de que segara la garganta al tercero, Toribio acerto a propinarle tal golpe en la cabeza al unico superviviente de los captores que lo dejo sin sentido y descerebrado. Antes de que tocara el suelo estaba muerto.
– ?Subete los pantalones! -dijo Rodrigo Arriaga a Toribio por todo saludo.
– ?Mi senor! -dijo el «folgador» lanzandose a los brazos de su salvador.
El cura, Silvio de Agrigento, vomitaba apoyando la mano en la pared del pasillo, y el burlado farmaceutico juraba vender su alma bien cara en un rincon, armado con un ridiculo punal engarzado en pedreria. La joven yacia acurrucada junto a su marido.
Entonces aparecio un pisaverde en la puerta con unas flores en la mano y un laud en la otra diciendo:
– Ya estoy aqui, querida…
– Pardiez -dijo Toribio algo enfadado-. ?Quien es este lechuguino?
Todos miraron a la dama.
– ?Eso, eso! ?Quien es este? -grito el cornudo.
– Querido farmaceutico, amado Toribio y distinguida dama -dijo Arriaga tomando la palabra con aire docto-. Bueno, mejor, otrora distinguida. Si alguno de los aqui presentes se hubiera molestado en proceder con cierta inteligencia y hubiera dado, como yo, unas monedas al posadero, habria averiguado que aqui esta moza, a pesar de sus dieciocho abriles, se ve en esta posada con cinco varones distintos y ninguno de ellos es su marido.
El viejo permanecia con los ojos como platos.
– Solo los domingos reposan sus activas nalgas porque va a misa. Los lunes, dia de descanso de este local (en el que, por cierto, se come a las mil maravillas), jode con el posadero en pago por el alquiler de este cuarto por el resto de la semana.
– ?Y me deciais que cuidabais a vuestra madre! -gritaba el corrido marido.
– Os lo puedo explicar querido, os lo puedo explicar… -gemia ella.
En eso, y tras escuchar los pasos alborotados del juglar que corria escaleras abajo, Arriaga tomo a Toribio por el brazo y le dijo:
– Vamos a echar unas jarras y a llamar al alguacil, que el abuelo la mata.
Cuando bajaban abrazados por la angosta escalera se cruzaron con el posadero y dos criados que subian a impedir que el abuelo estrangulara a su esforzada esposa. Se sintieron aliviados por ello.
– ?Y yo me tomaba las pocimas para satisfacerte, puta! ?Y deciais que estabais cansada! -gritaba fuera de si el pobre anciano.
Tras cabalgar mas de tres leguas poniendo tierra por medio y sin mediar palabra, llegaron a una venta que les parecio acogedora. Se sentaron a una mesa del fondo y pidieron tres jarras de cerveza y un par de capones asados para el esforzado amante. A pesar de haber echado ya unos tragos, a Silvio de Agrigento no le volvia la sangre al cuerpo. Parecia palido, incluso ligeramente verdoso.
– Silvio de Agrigento -dijo Arriaga a modo de presentacion-. Este es Toribio Castro, de Monzon.
Los dos viejos amigos chocaron sus jarras y el cura hizo otro tanto, aunque con menos entusiasmo.
– ?Os creia muerto, pardiez! -dijo Toribio.
– He estado oculto.
– ?Donde? No os veia desde que volvimos de Tierra Santa.
El cura expulso la cerveza de su boca y espeto:
– Pero… ?como? ?Habeis estado en Tierra Santa?
Los dos amigos miraron a de Agrigento como al que interrumpe una conversacion sin haber sido invitado a ello y continuaron a lo suyo sin hacerle caso.
– Compre unas tierras alla arriba, en Benas.
– Ah -asintio el otro.
– Pero ?habeis estado en Palestina? ?Como no me lo dijisteis? Eso es fundamental para la mision -volvio a interrumpir el sacerdote.
– ?Quien es esta mosca cojonera? -dijo Toribio.
– Me llamo Silvio de Agr…
– Oi vuestro nombre en las presentaciones. Me refiero a que hace aqui este cuervo.
– Cumplo una mision para el -contesto Arriaga.
– Como en los viejos tiempos.
– Como en los viejos tiempos, si.
– ?Cuando estuvisteis en Jerusalen? No debiais habermelo ocultado -inquirio el cura.
Arriaga lo miro con cara de fastidio y anadio:
– No me lo preguntasteis. Cuando mi querido rey Alfonso mando a sus perros tras de mi, pense en escapar a un lugar donde no me siguieran sus secuaces. Tierra Santa esta lejos y alli no llegaba la mano del muy canalla de mi Rey. El bueno de Toribio, mi mano derecha en mil batallas, me acompano. Alli purgue mis penas por haber llevado a mi Aurora a una muerte inmerecida.
– Y yo hice cuentas con el Todopoderoso por ciertas correrias que de joven…
– Veo que volveis a estar en deuda con nuestro Creador -interrumpio Rodrigo.
Toribio solto una tremenda carcajada.
– Tiran mas dos tetas…
Entonces Arriaga repuso:
– Nunca me explicare vuestro exito con las mujeres. Aqui mi fiel Toribio es capaz de atraerlas como la mierda a las moscas, domine. No se le escapa una: solteras, casadas, mozas, puras y hasta monjas. Ricas, pobres, esclavas y moras. Es un don.
– Eso decia mi abuelo, si -anadio Toribio pasandose el dorso de la mano por el morro tras apurar su jarra.
Silvio de Agrigento no podia creer que aquel energumeno poco agraciado, de torso ancho, piernas cortas y con un rostro no muy favorecido, fuera un galan con las damas. Una sola ceja surcaba su frente y mas que nariz lucia algo parecido a un pegote de arcilla en la cara. Entonces, temiendo que el amigo de Arriaga le leyera el pensamiento, anadio:
– ?Y era Toribio vuestro escudero, Arriaga?
– Algo asi. Comenzo siendolo. Pero acabamos siendo amigos de veras.
– ?Cual es el negocio que teneis con el cura? -pregunto el antiguo escudero.
